Cultura

El 'Boss' ruge en Sevilla

Treinta mil personas vibran en el estadio Olímpico de La Cartuja durante las más de tres horas de concierto de un inagotable Bruce Springsteen, que se presentó en la capital hispalense en un estado de forma impecable.

el 16 sep 2009 / 06:23 h.

VIDEO: Antonio Acedo

He aquí una receta para no morir de viejo: Una vez en la vida hay que escuchar a Bruce Springsteen cantando Badlands. Más de 30.000 personas en Sevilla regresaron ayer noche a sus casas con esa cruz marcada en la lista de cosas que uno debe hacer en este mundo antes de morirse. Para todos esos fans, en esta categoría de imprescindibles, ya sólo hay una cosa que supere el rugido de Badlands, el primer trueno que anoche sonó en el estadio de la Cartuja: Haberla escuchado por primera vez en 1978 en un tugurio de New Jersey, donde el Boss compuso su cuarto álbum, Darkness on the Edge of Town.

Pero antes de que eso ocurriera, la banda quiso presentarse personalmente a la ciudad. Pasadas las diez de la noche, Nils Lofgren caminó solo hacia el centro del escenario, sin guitarra, cargado con un acordeón, tocando los primeros acordes de Sevilla tiene un color especial. Tres días antes, en Bilbao, Lofgren se había marcado la misma performance con Desde Santurce a Bilbao. El efecto debió ser parecido: el público se sintió aludido, entusiasmado y pletórico, y ya no se despegó de la escena durante las tres horas que duró el concierto.

Bruce apareció flanqueado por su dos pretorianos del rock, Steve Van Zandt, el pirata, Little Steve y su guitarra, a la derecha, y el mastodonte Clarence Clemons a la izquierda, el reverendo Clemons, un negro que mide dos metros y va cubierto por un sombrero de cowboy y una gabardina larga, y que porta el mejor saxo de la historia del rock. Todos los componentes uniformados de negro -porque el rock no tiene color, ¿lo saben, no?-. En un cuarto de hora, la E Street Band ya había logrado la rendición incondicional del público, primero con Badlands, y después con Hungry Hearts, que la gente coreó como si a todos ellos les hubieran robado el amor de sus vidas.

Y, sin embargo, el Boss no volvería a desempolvar sus obras de arte hasta muy avanzado el concierto. Cuando llevaba una hora rugiendo, se acercó a la primera fila y recogió con sus manos todos los cartones y cartulinas que le enseñaban sus fans, en cada una una canción, una súplica, un ruego. Y en la última recta final, encadenó un clásico tras otro: Waiting on a the sunny day, 41 shots, Lonesome Day, The Rising, Seven nights to Rock, Bobby Jean... Hizo algo memorable con She is the one, algo que no está en su disco Born to run, y desgranó la lírica de Youngstown como si acabara de volver a su casa después de 30 años de gira, pero con la misma edad con la que la escribió.

Pero con esa artillería fusiló el concierto cerca de la una de la mañana. Antes, eligó un repertorio distinto al del último recital, y reescribió las canciones sobre la marcha, porque para eso es dueño de un estilo al que le escuecen los corsés. Dedicó diez minutos a contar la historia del bandido Pete, Outlaw Pete, el primer sencillo de su último álbum Working on a dream, que es una película del oeste en sonidos de rock escandaloso.

El calor le apretó las cuerdas vocales al Boss, que canta ronco y profundo, y saca el eco de las alcantarillas de América. "¿Tenéis mucho calor?", preguntó en español, de rodillas, y leyendo una chuleta escrita en el suelo del escenario, mientras cantaba Working on a dream, "¿tenéis mucho calor? ¡Vamos a sacarle el espíritu a la música. Nosotros ponemos la música y necesitamos que Sevilla ponga el ruido!". Ahí está una leyenda del rock chapurreando el español para que el público no piense que está hecho del vinilo de los discos y del polvo de la música. Volvió a hacerlo más tarde, al sentarse en el escenario, de espaldas a la gente, que le rodeó con los brazos hasta lograr casi que desapareciera en abrazos. O cuando subió a un niño al escenario, le cogió pipas de la bolsa y le invitó a cantar con él Waiting for a sunny day. Aunque el chico no se la sabía, dentro de una década se verá por televisión o en You Tube, y conseguirá ligar con su primera chica. Casi al final sacó a una chica a bailar Dancing in the dark.

Las canciones de Bruce empiezan casi siempre por un principio melódico, puramente instrumental, algo que los expertos llaman un riff, como el solo de guitarra que tocó Lofgren durante Johnny 99, en otro de los momentos históricos de la noche.

En directo, Bruce Springsteen no se parece a los músicos que un día le inspiraron. No es como Woody Guthrie, no lleva colgada al cuello una guitarra con un letrero que diga: "Esta máquina mata fascistas". Porque Bruce no es el blues. Tampoco se sienta en el escenario ni reclina la voz hasta apoyarla en la nostalgia, ni entona cabizbajo ni deja pasar tres baladas seguidas en su repertorio. Sabe que si lo hiciera, el público se distraería de la música y empezarían a pensar en sus vidas, a acordarse de que el tiempo ha pasado y de que siguen escuchando las mismas canciones que hace 20 años, sólo que ahora son más viejos y más feos, y no se han convertido en los tipos que un día creyeron que llegarían a convertirse. Bruce no se parece al viejo Pete Seeger ni tampoco a Hank Williams. No, porque Bruce no es el country. Tampoco hace gárgaras con la melodía como Roy Orbison, no abusa de las composiciones líricas en acústico, como Bob Dylan, y, afortunadamente, no se comporta como Dylan delante de 30.000 fans. Bruce tampoco es el folk.

Bruce Springsteen se parece a Bruce Springsteen. Ese tipo, que el mes que viene cumplirá 60 años subido a un escenario, con los mismos amigos con los que lleva tocando desde 1972 -la incombustible E Street Band- ? ese tío que ayer rompió los acordes de su guitarra frente a 30.000 personas que coreaban su nombre es clavado, clavadísimo a aquel chaval de 26 años que a mediados de los ochenta le gritó al presidente Reagan: Nací en los Estados Unidos de América / No tengo trabajo en los Estados Unidos / Nací en los Estados Unidos / Y sólo soy un tío que hace rock en los Estados Unidos. Bruce es el maldito rock and roll, por si alguien lo dudaba aún.

A la una de la mañana, con este cronista amargado y hundido ante el ordenador, el Boss rogaba aún al público que le dejara marchar, pero acto seguido arrancaba rugidos del mástil de su guitarra. Tocó Twist and Shout, incluso escupió los primeros acordes de La Bamba. Seguramente el 50% de los asistentes ayer no había nacido cuando Bruce escribió Born to Run, el 60% no había perdido la virginidad cuando estrenó Thunder Road... Y aún así, le veneran como una tormenta de rock.

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