Local

El bramido del dinosaurio

A sus 86 años aún sigue arrancando titulares, proponiendo que se cuelgue a los nacionalistas... y aunque no manda ni en su partido ni en Gobierno alguno, Fraga sigue causando un gran respeto.

el 25 sep 2009 / 10:10 h.

Manuel Fraga
"Es evidente que uno no puede seguir a los 83 años". Lo dijo Manuel Fraga Iribarne hace tres, pero por lo que parece él persevera en aquello del "consejos vendo y para mí no tengo". A sus 86 noviembres sigue arrancando titulares, proponiendo que se cuelgue a los nacionalistas, insistiendo en que la República hizo "más barrabasadas" que Franco y abogando, a contracorriente, por la reforma urgente de la Constitución.

Hoy Fraga es un patriarca renqueante, un cazador en zapatillas que no manda ni en su partido ni enGobierno alguno, pero
a quien se le escucha. Unos, por respeto; otros, porque temen el respeto que despierta. Por
eso, susurran en Génova, Rajoy se echa a temblar cuando defiende el liderazgo de Gallardón. Aún es capaz de movilizar a sus filas con un golpe de bastón.

Siempre ha sido así: un hombre con ansias de poder, con una rancia concepción de la jerarquía. Hijo de campesino gallego venido amás en Cuba y de una vasco-francesa, guarda en su corazón dos vocaciones frustradas: la religiosa y la militar. El verano del 36 lo dedicó a hacer ejercicios espirituales y decidió hacerse cura, pero le pudo el Derecho. En la universidad perteneció a las milicias, pero el idilio con el ejército quedó en "un hermoso poso de disciplina, austeridad y obediencia".

Si en algo triunfó fue como jurista: opositó y se convirtió en letrado de las Cortes con el número uno, y con el mismo puesto se hizo diplomático y logró la cátedra de Derecho Político en Valencia. Ahí tomó conciencia de que "los líderes naturales están llamados a la vida pública". Y como se veía líder, allá que se embarcó. Corría el año 1948. Joven melindroso con sus superiores y recio con los alumnos, ganó enteros en la política madrileña tras su traslado a laComplutense, y así fue como en 1962 Franco lo nombró ministro de Información y Turismo. Creó los Paradores Nacionales, acuñó el Spain is differenty aprobó la primera ley de prensa que evitaba la censura previa. Eran tiempos en los que defendía por "simpático" el "movimiento social" del levantamiento franquista, un régimen que, aún ahora, se niega a condenar, ni siquiera a revisar. Estuvo presente en las sentencias a muerte de todos los ejecutados del momento, que transmitía sin sentimiento en su papel de portavoz. Aún con flequillo y agilidad se bañó en Palomares, donde no había pasado más que un bombardero estadounidense con bombas de hidrógeno. Pero lo que hoy pocos recuerdan es que también fue la conciencia -adormecida y laxa, pero conciencia- del régimen, el defensor de la apertura paulatina, el opositor al poder soterrado del Opus -su formación era jesuítica- y el enemigo de Falange a la que, dicen que a la fuerza, se acabó sumando. Susmovimientos sibilinos contra Carrero Blanco le costaron la cabeza en 1969.

Dolido con el núcleo duro del franquismo, jugó a ser director general de Cervezas El Águila y embajador en Londres. De allí regresó para ser vicepresidente con Arias. En sus manos quedó la reforma política de un país cambiante, y ahí dejo ver que también podía tener una cara buena: permitió el primer congreso de UGT en la clandestinidad; fue el primero en presentar a Carrillo en sociedad, y aprobó la primera ley de amnistía. Por eso muchos de los que peinan canas se niegan a llamarlo "fascista". Fraga fue padre de la Constitución y hoy dice que es un "convencido de la democracia". Lo demostró al crear AP, el embrionario PP, con los que pasó su travesía del desierto como jefe perenne de la oposición, y buscó un retiro dorado en su Galicia, 16 años de caciquismo, de feísmo urbanístico, dicen los críticos; de progreso y galleguismo moderado, dicen los suyos. Al señor senador los achaques le tienen mermadas las fuerzas, pero no por eso deja de mirar los escotes de las diputadas y gritar que la ley de matrimonios gays es "asquerosa".

Lo que no hace es oír la Cope, a la que odia. Sus cercanos dicen que no hay que fiarse de su quietud de tortuga, pues todo lomira, todo lo analiza, todo lo escruta. Mientras queden mecheros con su cara en las gasolineras de España, seguirá pidiendo guerra.

  • 1