Cultura

El camino a Nápoles pasa por Itálica

Un cinturón de historia, leyenda, ocio y naturaleza rodea la ciudad de Nápoles y la conecta con la Hispania romana y, más concretamente, con los dos emperadores que nacieron a las puertas de Sevilla: Trajano y Adriano, los emperadores de la Bética, sin cuyo legado no puede entenderse el discreto encanto del Sur de Italia.

el 16 sep 2009 / 02:12 h.

Un cinturón de historia, leyenda, ocio y naturaleza rodea la ciudad de Nápoles y la conecta con la Hispania romana y, más concretamente, con los dos emperadores que nacieron a las puertas de Sevilla: Trajano y Adriano, los emperadores de la Bética, sin cuyo legado no puede entenderse el discreto encanto del Sur de Italia.

El reputado arquitecto Francesco Venezia recibe a la cronista a las puertas del histórico Hotel Vesuvio de Nápoles. Llega con su pulcrísimo dandismo y sus maneras de bon vivant. Trae Venezia, con la magia de su discurso improvisado y sus recomendaciones a vuela pluma, la llave que abre una de las puertas que conduce a la Nápoles oculta, la que convive con los circuitos turísticos en un discreto segundo plano, consciente de la supremacía de los gigantes de Pompeya y Herculano, diminuta y escondida en los recodos de carreteras estrechas y ascendentes, que bordean los más bellos acantilados que se extienden a occidente del golfo de Nápoles, donde se hacen realidad las leyendas que sitúan a los emperadores andaluces en este entorno.

Y es en este círculo arqueológico alrededor de Nápoles donde se encuentra la primera recomendación del profesor, que conduce directamente a la Piscina Mirabilis, una cisterna romana -impresionante, profunda, misteriosa- escondida en una de esas cuestas alambicadas que conforman la ciudad de Bacoli, a unos escasos 20 kilómetros de Nápoles. El taxista se pierde, pregunta a los pocos paseantes que muestra Bacoli un día atenazado por la densidad de unas nubes negrísimas, a tempranísima hora de la mañana. La Piscina Mirabilis está al final de la calle del mismo nombre, y en la puerta, una muestra más de la autenticidad del lugar, de su situación en las antípodas del parque temático, no hay centros de interpretación, ni taquilla, tampoco folletos informativos ni tienda de souvenirs. Una cancela cerrada y un cartel. El que indica que volvamos la calle abajo, en busca del número 7, donde se debe preguntar por la signora Giovanna, que deja sus quehaceres en una antigua pila de lavar para abrirnos la puerta y esperar a que los turistas (pocos) profanen con sus flashes ese pedazo de historia.

No hay mucho más que la impresión general y la sensación de pequeña aventura que deja el despedir a la señora Giovanna y pasearse por ese templo subterráneo transido de humedad que surtía de agua a toda la comarca. El verdadero camino a Itálica parte de la vecina Baia, también accesible después de recorrer estrechas y abalconadas carreteras a bordo de un viejo taxi.

Nullus in orbe sinus Baiis praelucet amoenis (Ningún golfo del mundo resplandece más que la amena Baia). La frase es de Horacio, que seguramente pronunció estas palabras desde lo alto de la colina sobre la que hoy se desparrama hacia el mar el impresionante Parque Arqueológico de Baia, ruinas de unas extensísimas termas -lo que hoy, sin duda, sería un resort de lujo- que intentan desafiar a la amenazante vegetación que lo rodea.

Lo más sorprendente, lo realmente encantador, es que no hay un sólo visitante merodeando por sus villas y edificios termales conectados con el mar (en Pompeya y Herculano, los dos colosos atrapados en el tiempo que quedan en el mundo, las hordas de turistas, manadas de adolescentes en viaje de fin de curso, sus reclamos turísticos, centros de recepción, tiendas y ruido, disipan la magia del tiempo detenido). No es más bello que Pompeya, es cierto, ni más extenso que Herculano, pero las termas de Baia guardan un silencio místico, el susurro de un siglo corriendo detrás de otro.

periplo. Estas paradas en el viacrucis de la Campania parten de Nápoles, una ciudad muy visitada, pero no sólo por derecho propio, sino también como punto de partida hacia otros destinos cercanos. La capital campana posee también un vastísimo patrimonio artístico y arquitectónico. De hecho, Nápoles es particularmente famosa por sus castillos (tiene cuatro) y palacios (el impresionante Capodimonte, con una colección pictórica que puede competir con cualquier gran museo del mundo; y el palacio Real de Carlos III). El Castel dell'Ovo (Castillo del Huevo) es parte del bellísimo panorama del Golfo. Se llama así porque, según la leyenda, Virgilio escondió en el interior del castillo un huevo para soportar la estructura del edificio, y que, de romperse, provocaría el hundimiento de la fortaleza, y que la ciudad sufriera grandes catástrofes.

Pero siguiendo con la Nápoles menos visitada, hay un camino opuesto al anterior, que parte de la capital en dirección a Salerno y conduce a los templos de Paestum, justo al lado de la playa. La presencia del mar, sin embargo, no se observa en este paseo por las ruinas más importantes de templos dóricos del mundo, pero se siente el ruido del oleaje, las ráfagas de olor a sal. Se yerguen majestuosos delante del mar los templos de Neptuno y Ceres (siglo VII a. C.), que también pueden ser visitados en silencio, ante la presencia apenas de un puñado de turistas bien informados. Sin embargo, algunos de sus tesoros más bellos se encuentran a pocos metros del recinto arqueológico, justo cruzando una calle: el Museo Arqueológico de Paestum, que conserva alguna de las obras más importantes del Sur de Italia. Sirva como ejemplo la deliciosa tomba dil tuffatore (tumba del nadador), cuyas lápidas conservan unos maravillosos frescos del siglo V a.C.

Se quedan atrás los lugares reales borbónicos: Caserta (la ciudad del gladiador Espartaco), con un impresionante palacio real construido a imitación de Versalles; San Leucio y Carditello. En el camino a Bacoli, hemos dejado a un lado la cueva de la Sibila en Cumas y, de vuelta a Nápoles, un paseo por su casco antiguo, desde Spaccanapoli a piazza Mercato. Pero ésa es otra historia, otro de los múltiples viajes que permite esta región que presume de su pasado español y se multiplica en sus diferentes personalidades.

Benevento, la otra patria de Trajano

La verdadera conexión en-tre la Bética romana (más concretamente Itálica, en Sevilla) y la región de la Campania, se produce en Benevento, una ciudad de unos 60.000 habitantes cuya asociación de empresarios acaba de firmar un convenio de colaboración para el desarrollo de proyectos culturales con la Confederación de Empresarios de Sevilla. El primero de ellos es el llamado Proyecto Arco de Trajano, que pretende unir culturalmente las dos villas a través del monumento insignia de esta ciudad.

Benevento es la legendaria ciudad de la bruja (Strega) en Italia. Dicen los historiadores que cuando se fundó la ciudad, "sólo había dos cosas en Benevento: brujas y el Arco de Trajano". Para visitar el grandioso arco, hay que partir de la plaza Giacomo Matteoti, donde se concentran diez mil años de historia. Benevento fue, en época romana, la ciudad gemela de Roma, y por este enclave confluían todas los caminos más importantes: la Via Apia, Via Latina y Via Inatsia. En este mágico punto, con la plaza mirando en tres direcciones -y también, extraño en Italia, ausente de turistas en masa- se encuentra la iglesia de Santa Sofía, una obra maestra medieval en cuyo interior, por los pasillos y claustros de su monasterio, se encuentra un destartalado pero sorprendente museo arqueológico, con piezas revueltas y mal colocadas que hablan hasta de vestigios egipcios en la zona (con impresionantes esculturas funerarias procedentes de un templo dedicado a la diosa Isis en este lugtar). Sin embargo, es al final de esa bella calle peatonal (Via Garibaldi), donde se alza el Arco de Trajano, con sus 15 metros de altura, que ha sobrevivido intacto con las decoraciones escultóricas que festejan las hazañas del emperador.

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