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El campeón de los ‘bombones coloraos’

Rafael Algarín. Pin de Oro de Los Palacios y Villafranca al cultivo de tomates. Este agricultor saca de sus invernaderos la décima parte de la producción local en la tierra del ‘bombón colorao’.

el 09 feb 2015 / 12:00 h.

Rafael Algarín junto a las tomateras de sus invernaderos en Los Palacios. Rafael Algarín junto a las tomateras de sus invernaderos en Los Palacios. Cuando el pueblo de Los Palacios y Villafranca tenía la mitad de todo –de gente, de casas, de tráfico–, hace casi cuarenta años, Rafael Algarín, con pantalones cortos, sembraba tomates en la actual barriada de Los Ratones, una de las más populosas. No había solares aún, sino manchones de una tierra tan fértil que la sabrosa memoria de quienes han seguido cultivando tomates hasta hoy reconoce que como aquellos, ninguno. Los manchones de entonces ocupaban muchas viviendas de ahora y el palenque estaba más cerca. Con el tiempo, todo se multiplicó, incluso la producción del que aquí llaman bombón colorao, que se siembra con mimo en las arenas que limitan con la marisma, aunque la mayoría no echan raíces en la propia tierra, sino en sacas de turba acondicionadas para las plantas, que crecen atadas bajo el plástico de los invernaderos hasta haberse convertido en el principal cultivo de un municipio que siempre presumió de ser despensa sevillana. «Está demostrado que la clave no es la tierra en sí, sino el clima», asegura Algarín, que recorre orgulloso las cuatro hectáreas donde no sólo lleva décadas trabajando él, sino la media docena de empleados que precisa para sembrar 16.000 metros cuadrados de invernadero dedicados en exclusiva al tomate. Solo en su campo se produce una décima parte de los tomates que cada año salen de Los Palacios y Villafranca. «El año pasado superamos los 400.000 kilos», señala este palaciego que lleva su género a la mayor cooperativa local, la de Las Nieves, en un pueblo que produce al año más de cinco millones de kilos de tomates. En las últimas décadas menguaron los agricultores, pero aumentó la diversidad de productos del campo –hoy también destacan las patatas y los calabacines, después de que pasara la era de los claveles–; así como la oferta y la demanda, pero el tomate –al que aquí se rinde culto desde el siglo XVII, según confirmaban documentos del Archivo de Indias desempolvados por Julio Mayo cuando el Ayuntamiento quiso barnizar su producto estrella de historicismo– ha continuado siendo el campeón del manchón palaciego. A su cultivo se dedican también los jóvenes que regresaron del boom del ladrillo al campo familiar. Antes de la crisis, el Ayuntamiento soñó con una Denominación de Origen, con un Agrópolis en las tierras municipales de El Palmar y una comercialización del tomate palaciego a nivel internacional. La crisis, sin embargo, ha bajado los sueños a ras de terrón. Pero al menos se ha conseguido una Marca Colectiva con el nombre de Tomate de Los Palacios; una Asociación de Productores del Tomate integrada por todas las cooperativas locales que lucha por la Indicación Geográfica Protegida; y se ha instaurado como fiesta consolidada un Día del Tomate a finales de mayo, en cuyos fastos del año pasado le impusieron a Rafael Algarín un merecido Pin de Oro por ser uno de los agricultores más destacados del municipio. «Aquí hay cientos de agricultores buenísimos, que crían unos tomates para quitarse el sombrero», se quita importancia Algarín. Pero ninguno cría tantos tomates como él. Para ello se necesita inversión, riego controlado, calefacción asistida en cada uno de los invernaderos, regar de madrugada –pues la tarifa eléctrica diurna es insostenible para los agricultores– y mucho tiempo. «El dueño es el único que no puede tener horarios», recuerda este manchonero que reclama más rigor a las instituciones para impulsar una verdadera comercialización del tomate palaciego, homogeneizado en sabor y tamaño, más allá de nuestras fronteras. «Haría falta ponernos manos a la obra, aunque fuéramos solo unos pocos, pero es que llevamos diez años diciéndolo y no nos ponemos en serio, y eso que el Ayuntamiento intenta tirar del carro». El último gran impulso que recibió el tomate palaciego fue la fritada que consiguió colarse como Récord Guiness cuando el jurado aterrizado directamente de Londres comprobó que aquellos 2.662 kilos que dio de sí un perol hiperbólico cocinado por los mejores restaurantes de la localidad había desbancado, con creces, al elaborado años atrás por un pueblo norteamericano. Pero Los Palacios y Villafranca es también famoso por el sabor intenso de sus sandías, si bien han sido más mediáticas en las últimas décadas esas sandías gigantes que protagonizan con su exageración de 60 kilos los días previos a la feria de agosto o, incluso, calabazas de 90. En cualquier caso, para Algarín esos productos, «están acabados para el gran mercado». Él también siembra sandías y ciruelos y uvas, pero el futuro, por estos lares, se pinta de rojo tomate.

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