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"El Central hoy es mucho más que un teatro, es un lugar de encuentro"

Manuel Llanes, Director del Teatro Central. Llegó de Granada en 1987 para trabajar en la Expo'92. No sabía entonces que acabaría dirigiendo durante 20 años el escenario más inquieto del Sur.

el 19 abr 2012 / 19:31 h.

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El director del Teatro Central de la Isla de la Cartuja, Manuel Llanes.

20 años después de su puesta en marcha, el Teatro Central continúa siendo una isla o, si se quiere ser más optimista, un faro que alumbra la nueva creación en Andalucía y un foco al que acuden algunos de los nombres más inquietos de cuantos coexisten en el panorama actual vinculados a a esta disciplina. Su director, Manuel Llanes, lleva dos décadas al frente del escenario de la Cartuja, un regalo de la Expo'92 erigido con el paso del tiempo en uno de los más longevos y beneficiosos activos de su palmarés. El tópico de si no existiera habría que inventarlo sería hoy inútil. Por fortuna, el Central es un escenario consolidado y con un público más que fiel, militante.

-Lleva usted 20 años al frente del Central. ¿Dónde estaba antes del 92?
-Dirigía el Festival de Teatro de Granada y era profesor de Teoría de la Literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de esta ciudad. Me llamaron en el 87 para trabajar en la programación de la Expo'92. Poco después me nombraron responsable del Teatro Central. Era el primer espacio de nueva planta dedicado a la creación contemporánea en Andalucía y, como puede imaginar, el reto era fascinante.

-Vaticino que este teatro acabará jubilándole...
-Quizás no vaya desencaminado. Para mí el Central es un teatro de largo recorrido. El territorio de la nueva creación es un lugar tan frágil que hay que mimarlo día a día y siempre exige nuevos retos. Por ejemplo, habría que irse planteando hacer coproducciones entre artistas nacionales e internacionales y situar mejor el nombre del Central en la geografía nacional e internacional. Me gustaría intentar hacer de él un centro de alto rendimiento.

-Si el Central estuviera, pongamos por caso, en la calle Torneo, ¿recibíría más público del que se acerca hasta la Cartuja?
-Probablemente. El ser humano tiene una tendencia natural a la comodidad. Pero dicho esto también añadiré que nosotros tenemos la facilidad del aparcamiento. Y algo mucho más importante: el Central no es sólo un teatro, es un lugar de encuentro entre los creadores y el público. Si por ejemplo, Alberto San Juan y Guillermo Toledo acaban de actuar, luego casi seguro que acabarán dialogando con los espectadores en el bar.

-¿Nunca barajó equilibrar las propuestas más arriesgadas con una programación abiertamente popular?
-No tengo nada contra lo comercial, contra propuestas más asequibles de las que nosotros proponemos. Pero el Central es un escenario con una filosofía muy bien definida. El espíritu de los descubrimientos de la Expo'92 y el del descubrimiento de las nuevas artes escénicas maridaron muy bien en este edificio, algo a lo que ayudó sin duda su bautizo a cargo de Albert Vidal y su Canto telúrico a los cimientos del Teatro Central.

-El aluvión de compañías andaluzas que han ido colándose en la programación en los últimos años obedece a la constatación de un hecho o... ¿a una cuota local obligada?
-Lo primero, por descontado. Lo segundo, en absoluto. De todas formas yo prefiero pensar que el Central ha ayudado a aumentar el imaginario del espectador y de las compañías sugiriéndoles que otro teatro es posible. Luego están las colaboraciones que hemos inspirado. Juan Luis Matilla acabó trabajando con Sasha Waltz e Histrión de Granada trabaja actualmente con Daniele Veronese.

-¿Qué espectáculo de los que han pasado por aquí sería hoy irrepetible?
-Dos en concreto. El de Patrice Chéreau con el que inauguramos la primera temporada pos-Expo, En la soledad en los campos de algodón. Y el excepcional y carísimo Negro sobre blanco, un montaje multimedia de Heiner Goebbels con el Ensemble Modern de Frankfurt.

-Hay nombres muy fieles en el pasado al Central y que llevan mucho tiempo sin aparecer como La Fura dels Baus o la Socìetas Raffaello Sanzio...
-Unos van otros vienen. Los primeros que cita puede pasar que vuelvan pronto, los segundos, ¡ya me gustaría!, pero han crecido tanto que presupuestariamente es imposible para nosotros.

-¿Nunca fue una aspiración suya asentar en el Central una compañía de teatro propia?
-Sería muy complicado. Para ello tendríamos que tener una sala de ensayos permanente y esa hipotética compañía debería disponer de una organización propia y un equipo de producción que asegurara más de una producción al año. Y giras. Hoy por hoy eso es imposible.

-¿El perfil del asiduo al Central derriba el mito del típico gafapasta?
-¡Totalmente! Hace 12 años un señor mayor que venía a casi todo me dijo: "Si me llegan a contar hace unos años que yo iba a estar esperando qué día programan danza contemporánea en el Central nunca me lo hubiera creído". Y el otro día, viendo a Animalario con su espectáculo más difícil el 70% era gente joven por debajo de los 30 años. El perfil de nuestros fieles, como puede intuir, es amplísimo.

-¿Padece estrés el director del Teatro Central?
-Mi trabajo aquí es apasionante y estresante a la vez. Me siento un intermediador entre los artistas y el público y esa situación a mí me encanta, está llena de buenos momentos.

-Hace años un articulista de un periódico de la ciudad censuró que hubiera "demasiados desnudos" en la programación que usted confecciona...
-[risas] Que yo recuerde esta temporada no ha habido ni uno solo. De todas formas, si dramatúrgicamente es coherente no veo ningún inconveniente en que se muestre. Hay imágenes mucho más agresivas en los informativos.

-Hace unos días estuvo aquí Animalario, un grupo firmememente progresista. ¿No tiene la derecha política artillería cultural para defender sus recortes sociales?
-Ni he visto que existan ni me han llegado noticias de ello. Hay algunos cantantes de pop que actúan en unos y otros mítines. Pero de todos modos jamás les he visto decir ‘¡viva el copago sanitario!

-¿Qué teatreros quieren más al Central?
-Muchos, sin lugar a dudas. Este escenario tiene grandísimos amigos como Mario Gas (del Teatro Español), Álex Rigola (hasta hace poco director del Teatre Lliure), el músico Carles Santos, el coreógrafo Jan Fabre. La lista es, créame, muy extensa.

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