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El chef del tráfico

el 09 ene 2011 / 08:14 h.

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Después de compatibilizar durante doce años la cocina de su casa en El Cerro con la del Ayuntamiento en Plaza Nueva el libro de recetas de Fran -a quien pocos, muy pocos llaman Francisco- Fernández, delegado municipal de Movilidad, está repleto de fórmulas que tienen un cierto sabor agridulce. Unas veces no se eligieron bien los ingredientes y se echó a perder todo el proceso, como en los planes de aparcamientos; en otros casos el tiempo de cocción ha sido excesivo, como los pasos inferiores o la implantación de los carriles bus; en algunas ocasiones han sido las formas del cocinero las que le han perdido, como en sus actuaciones en Policía, Tussam, la grúa o el taxi; y en otras, por último, ha sido la presentación la que ha empañado un buen resultado, como con los sentidos únicos, algunas de las peatonalizaciones o la implantación del Metrocentro.

El caso es que en 17 años de cargos institucionales, hay decenas de recetas y algunos proyectos que han transformado la movilidad. Y en casi todos hay un pero. No hay en su trayectoria política un equivalente a su célebre atún engazpachado, el plato que incluso le valió un trofeo a este aficionado a la cocina. Para poder interpretar todo este recetario, que arranca hace 30 años cuando Fran entró en política y que tiene en el Plan Centro (de momento) su última página, hay que hacer un esfuerzo de imaginación. Tratar de visualizar, tras la imagen actual de un concejal de 1,90 con una talla 47 de pie, la estampa de un joven de 14 años que entró con pantalones cortos en 1979 en una sede del PSOE para "cambiar el mundo" y que peleaba por un campo de fútbol en El Cerro.

De ahí se fue a Madrid con la Ejecutiva Federal de Juventudes Socialistas para volver luego a un barrio en el que es un referente del PSOE orgánico e institucional desde hace años. Pero el verdadero punto de inflexión le llega en 1993. La imagen es mucho más fácil de visualizar ahora. Principalmente porque no ha cambiado. Fue entonces cuando Fran se convirtió en el escudero de Alfredo Sánchez Monteseirín, a quien acompañó en su etapa en la Diputación, en su campaña en 1999 y en sus tres mandatos como alcalde. No sólo ha estado en la cocina de muchas de las decisiones que se han tomado en este tiempo, sino que ha quedado ya casi como el último superviviente en la Corporación del núcleo de confianza que siempre ha arropado al regidor.

Entre ambos ha existido una complicidad especial, que les ha proporcionado un apoyo mutuo ante las numerosas embestidas internas y externas y los ha convertido en algunos momentos en dos piezas de una misma figura. Ambos comparten erosión, desgaste y una larga lista de adversarios dentro y fuera del partido. Incluso para los dos existe una expresión similar que define ciertas decisiones o actitudes desconcertantes, a veces incluso para su entorno: Están "las cosas de Alfredo", y están las "cosas del Fran". Pero, por encima de todo, los dos se sienten protagonistas de un periodo de transformación de la ciudad sin precedentes.

Tal vez sea esa sensación la que le permite conservar intacto ese instinto de supervivencia político con el que encara cualquier debate o conflicto por muy hostil que sea el ambiente o muy consistentes que sean los argumentos de su rival. Quizá sea eso lo que le lleve a asumir el coste de no pasar todo el tiempo necesario con sus tres hijas o el de tener que convertir cualquier pequeño placer en una odisea. Como su última escapada un fin de semana a Santander en coche para el concierto de Miguel Ríos, su tradicional ruta a pie hasta la ermita del Rocío o alguna tarde de sufrimiento bético. Desde hace unas semanas parece haber sumado una nueva afición: contar las personas que acuden al Centro para demostrar que quien ha demonizado el plan de tráfico del Centro se equivocó, y que su receta sí ha funcionado. Pero la pregunta clave para cualquier cocinero es si realmente prueba sus platos.

En su casa sí. Deja las cosas congeladas para cuando tiene tiempo de comer en familia. En el Ayuntamiento sólo a veces. Como concejal obviamente usa el coche oficial para casi todo. El resto del tiempo: o a pie, en Metro (para poder presumir orgulloso de las paradas de su barrio) o incluso, según él mismo admite, en Sevici. El autobús, eso sí, poquito, poquito. Treinta años en política sirven para saber que nadie es imprescindible. Aun así pocos habrán escuchado a Fran una insinuación de que piense en dejar la política o de que no quiera seguir como concejal, aunque, eso sí, no está en sus manos ni en las de su gran valedor Monteseirín. Pero su libro de recetas no está completo. Y aún quiere encontrar su atún engazpachado.

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