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El cobrador de billetes

el 27 dic 2009 / 09:59 h.

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Gerardo Díaz Ferrán.

Un seis y un siete formarán hoy una pareja en la tarta de cumpleaños de Gerardo Díaz Ferrán. Seguro que le sabe amarga. Quizás eche la vista atrás y recuerde cómo, siendo estudiante y en fechas vacacionales, cobraba los billetes a los pasajeros en la empresa de autobuses de su padre. Entonces tenía vehículos en los andenes, ahora no tiene aviones en las puertas de embarque. Sigue viajando, eso sí, y si usted lo hace con él, su principal compañía, la turística Marsans, le regalará un jamón.

Que es un gran empresario no cabe la menor duda, y como otros miles en nuestro país sufre las consecuencias de la crisis. Pero, a diferencia de éstos, él preside la CEOE, y si como tal debe dar ejemplo, bienvenido sea para que florezcan muchos emprendedores, pero que Dios nos coja a clientes y trabajadores confesados si los patronos aprenden de su líder la lección Air Comet.

Díaz Ferrán es a Gonzalo Pascual lo que Isabel a Fernando, tanto monta... Se conocieron a principios de los sesenta cuando ambos estudiaban Ingeniería Técnica Industrial. Siendo aún veinteañeros, montaron, con ayuda paterna, la primera de una treintena de aventuras, la empresa de transporte de viajeros Trapsa, y sólo un cuatrienio después forjarían la agencia mayorista Trapsatur, el origen de un imperio turístico. Cuatro décadas de fidelidad suma un matrimonio empresarial que parece predestinado. Nacieron en el mismo mes del mismo año, uno Capricornio, el otro Sagitario.

De la mano siempre, y tan enamorados. A nuestro patrón le gusta figurar, ser portavoz, representar. Desde que se gestara la CEOE, allá por 1977, participó activamente en sus asambleas como voz del transporte, cuya asociación Asintra le catapultó a la cúpula de la patronal madrileña CEIM y de la Cámara de Comercio de Madrid. Pero 2007 sería el año de Díaz Ferrán. El presidente de la CEOE, José María Cuevas, enferma (falleció en octubre de 2008) y le elige, a dedo, previo cambio de los estatutos, como sucesor, aunque mediaron elecciones en las que tuvo como contrincante al presidente de la CEA, Santiago Herrero, quien a sabiendas de que iba a perder, se presentó. Nueve a dos.

Era una auténtica revolución para la CEOE, donde, por presidir la CEIM, ya era vicepresidente. No era un directivo a sueldo, como sí Cuevas y Herrero, sino un empresario con empresas, y si éstos podían dedicarle a la patronal las 24 horas del día, él tenía que compaginarlas con la gestión de su grupo. Y he aquí que ese no sólo soy sino que ejerzo de presidente y, además, he sido agraciado con el don de la ubicuidad le granjearon su primer traspiés ante la incompatibilidad manifiesta con quien fuera secretario general de la CEOE durante 23 años, Juan Jiménez Aguilar, un espadachín siempre a la sombra de Cuevas. Su salida fue muy tensa, incluso le dio un infarto tras una asamblea, si bien aceptó su despido tras una indemnización de dos millones.

No sería el único tropiezo. Así, en campaña electoral se le ocurrió presentar a Pedro Solbes como el próximo ministro de Economía, dando a entender que el PP perdería los comicios. Después, a micrófono cerrado, se le oyó decir que el principal problema de España eran los años de Zapatero, zanjando así las veladas críticas de la oposición, que lo acusaba de estar excesivamente cercano al Gobierno. Y por último, se le escapó que Esperanza Aguirre, con quien muestra una sintonía manifiesta, era "cojonuda".

Pero por la boca muere el pez. En su primer discurso al tomar las riendas de la CEOE aseguró tan pancho que la mejor empresa pública es la que no existe. Pues claro, hombre, sólo hay que recordar que su grupo creció a golpe de privatizaciones, entre ellas las de Marsans y Aerolíneas Argentinas, sin olvidar que es el erario público el que está pagando el fiasco de Air Comet. Cuando ante millones de españoles reveló por televisión que había hipotecado su casa para hacer frente a la crisis de la aerolínea, sonó tan teatral que hasta un líder sindical presente dijo, sin mencionarlo, que se puede tener hipoteca a la vez que varios Mercedes en el garaje.

No sólo este fracaso empaña su imagen y la de la patronal. Por un lado, la expropiación de Aerolíneas Argentinas por parte del Gobierno Kirchner, con una querella pendiente por presuntos delitos de fraude fiscal y uso fraudulento de fondos públicos. Por otro, el impago de un crédito a Caja Madrid, en la que es consejero y de la que, pese a ser moroso, se ha negado a dimitir. Y por último, una sentencia que le obliga a pagar la revisión salarial pactada en convenio colectivo, un absoluto mazazo para un presidente de la CEOE que, en el terreno laboral, estaba experimentando con gaseosa y no ha sabido encauzar el diálogo social ni tampoco sacudirse el sambenito del despido libre.

En público todos los patronos hacen piña, aunque sotto voce las cosas cambian. Muchos cuestionan su labor y querrían una dimisión irrevocable -la de hace dos semanas fue una farsa- de este amable abuelo cazador y amante del esquí y de los puros habanos que vendía billetes de autobús y hoy no pocos se lo pagarían para que saliera, y volando, de la CEOE. Que no sea en Air Comet, en la que -confesó- ni él mismo hubiera viajado, aunque siguió ejerciendo de cobrador.

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