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El coleccionista de crepúsculos

El primer comisario de la Expo dice que el mundo está más falto de honestidad que de amor.

el 22 abr 2012 / 17:10 h.

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Se hizo sevillano paseando a sus hijos los domingos por el Parque de María Luisa, aunque sea ceutí según el dicho (esa memez de que uno es del lugar donde estudió el bachillerato). Pero la verdad de Manuel Olivencia se encuentra en su Ronda natal. En ella, agarrada a la cornisa del Tajo, está su casa, y siempre que vuelve (que es siempre que puede) se asoma allí a ver despeñarse las tardes con desgana y a observar reverentemente las puestas de sol. Que él sepa, no colecciona otra cosa. No se pierde ni una, y todas se le hacen diferentes entre sí porque cada día suceden en un punto distinto, y también cada día el cielo es único, con su color y sus nubes, como diferente es de un día a otro quien las mira. A sus espaldas queda, durante ese ritual, un azulejo con una frase de Rilke copiada de una carta tremenda que el poeta escribió a su paso por esa sierra, y que dice: Aquí el aire es fuerte y las montañas son como para entonar salmos. “Alguna meditación poética tengo sobre este asunto”, confiesa él. “Sobre todo, la pregunta de cuántas puestas de sol en mi vejez me quedan.” Y entonces sonríe con esa apacible y cordial desdicha que le achina los ojos y anuncia su hospitalidad.

Esa sonrisa suya es probablemente la imagen más agradable de cuantas produjeron los preparativos de la Expo 92. Una fiesta cuyo símbolo, la esfera armilar, se decía que representaba una Tierra de color rojo, cuando en realidad era un sol de plástico que le pusieron al comisario para que pudiese mirar el crepúsculo cada tarde, aunque fuese de mentirijilla, mientras andaba preso de los discursos, las entrevistas, los actos sociales, los prolegómenos, los navajazos traperos políticos... durante los siete años que se pasó con la mente puesta en la Sevilla del futuro y el alma colgando del Tajo eterno de Ronda.

Manuel Olivencia se describe como persona de placeres sencillos, “lo cual es una ventaja enorme porque son baratísimos”. Por ejemplo, parar el coche en alguna venta del camino entre Ronda y Sevilla, El Cortijo tal vez, y tomarse un café o endiñarse una comida casera; y allí, hablar con la gente del campo, cruzar dos palabras, compartir con ellos ese crepitar de la verdad que arde en el alma del jurista y el campesino, cuando ambos lo son de los pies a la cabeza, y que está alimentado por tres leños: Vivir honestamente, no hacer daño a nadie y dar a cada uno lo suyo, los preceptos del Derecho Romano. Este triunvirato moral se lo enseñó su padre, abogado, mucho antes de matricularse él en la Facultad de Derecho de Sevilla. Y todavía hoy, con 82 años y medio, es la regla con la que mide todas sus decisiones en la vida. Pensando en ello, admite que en este mundo puede ser que falte amor (el primer mandato divino), pero sobre todo falta honestidad, que es más que el amor a su juicio, porque abarca todos los aspectos de la vida.

En una de esas ventas del camino hay un cartel que le hace mucha gracia, y que reza: Prohibido hablar de cómo está la cosa. Como es hombre culto y sensible, cuando piensa al mismo tiempo en la decencia y en los mercados no se acuerda de las agencias de especulación, sino de un tipo del siglo XVII que fue quien mejor describió en su opinión la ética en los negocios, sin ser jurista ni mercantilista: el sevillano Fray Tomás de Mercado, que escribió su famosa Suma de Tratos y Contratos con lo mucho que aprendió escuchando en confesión a los mercaderes de Sevilla y América, cuando iban a preguntarle si era pecado comprar a uno y vender a cinco. Habrá quien considere que ponerse a hablar de esto en el perfil de un antiguo comisario de la Expo es una digresión, pudiendo hablar de Curro y de Jacinto, como todo el mundo. Y es verdad. Es una digresión; no hay otro camino que los desvíos (que no desvaríos), para acceder a la memoria exacta de los hombres de alma longeva y fecunda. Gracias, además, a estos rodeos, la conclusión a la que llega Olivencia es a que la cosa sí que tiene arreglo, en particular para los coleccionistas de crepúsculos, que es el tema de hoy.

Alguna vez ocurre en la honda noche que se despierta el viento, como un niño, y pasa la alameda, solitario, quedo, quedo, llegando hasta la aldea. Y a tientas va marchando hasta el estanque y se para después a oír en torno: y las casas están pálidas todas, y las encinas mudas, escribió Rilke. Fíjese qué afición más baratita. A esa hora que dice el poeta, Olivencia está escuchando la Séptima de Beethoven, mientras trabaja en casa. “Y si acaso, un rioja”, dice, pellizcando el aire, pillín y achinado. “Una copita de rioja, solo una.” Qué gran comisario se perdió el Imperio Romano. Qué gran cónsul se perdió Sevilla.

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