Local

El cuerpo y el alma

En medio del camino de nuestro mortecino Siglo de las Luces, como un submarino viniendo de las aguas profundas de la antigüedad, emergió en Europa el concepto de arte pero no cristalizó en una Sevilla, alejada de los grandes caminos geográficos y mentales...

el 16 sep 2009 / 01:06 h.

En medio del camino de nuestro mortecino Siglo de las Luces, como un submarino viniendo de las aguas profundas de la antigüedad, emergió en Europa el concepto de arte pero no cristalizó en una Sevilla, alejada de los grandes caminos geográficos y mentales; y ahí -porque a falta de pan, buenas son tortas- cuanto la pasada grandeza produjo fue retorcido, domesticado, convertido en mínimo arroyo y, por último, traducido en reclamo de viajeros ahítos de exotismo y lectores en casa con idénticos afanes. Nadie se preocupó, por tanto, de incorporar todo aquello al alto patrimonio, al acervo destinado a servir de referencia, de modelo, de partera de cánones.

Quedó el inmenso patrimonio encomendado sólo al amor de las gentes que, sumidas en el mondo cane pisado por la Ilustración y el Romanticismo, seguían necesitando, año tras año, pruebas evidente por tangibles de que existía la comprensión de los defectos, el perdón por lo mal hecho, la esperanza de otra cosa, salvación interior negada por la norma social o por la ley impuesta contra toda ley, el analgésico que mantenía sedado el espíritu. Así adquirieron las obras de arte del barroco la cualidad de llama que indica el territorio arcano libre de decadencia, el resplandor de lo sagrado.

Otra vida de latitud y longitud desconocidas y no conocibles pero ansiadas como cauces de la intuición y el sentimiento. Eso era lo que la gente, cargada con el haz del tiempo a sus espaldas, veía en las venas de las manos y los pies de los Cristos; por esa razón escuchaba tictacs y palpitaciones mínimas en el pecho de las Vírgenes. Por eso fue moldeando sus imágenes a su imagen y las hizo semejantes a su semejanza hasta infundirles el soplo vital. Hasta lograr que cada una de ellas fuera imagen alta y tierna del consuelo, aurora de sus mares de tristeza. Sevilla, territorio maldito del teatro, con locales cerrados duranta. Seguro que habrá quien le suene a venganza.

Antonio Zoido es escritor e historiador

  • 1