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“Rajoy cree que resistir es vencer, pero la gente necesita soluciones ahora”

Entrevista a Alfonso Guerra, exvicepresidente del Gobierno.

el 02 jun 2013 / 21:12 h.

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Alfonso Guerra cumplió el jueves 73 años, de los que 35 ha ocupado un escaño y ocho en la vicepresidencia de un Gobierno que empezó socialista y acabó en otra cosa. Así que nadie puede esperar pillarle en un desliz. Se las sabe todas. Es la astucia con corbata. Esta semana ha atrapado –y devuelto– todas las hachas que le lanzaban tras presentar Una página difícil de arrancar, el tercer volumen de sus memorias, en el que relata cómo los reformistas del PSOE lograron, a base de adulación, desviar a Felipe González de la esencia socialista y, de paso, sacudírselo a él de encima. Fue el fin del tándem imbatible que formaron en los años 80 y de una relación en la que llegaron a prometerse que, en caso de faltar uno, el otro se ocuparía de los hijos. –Felipe González “duda” de si dedicar su tiempo a leer su libro. –Es un honor para mí que aún no tenga decidido si lo va a leer o no. Felipe ha sido el mejor presidente que ha tenido España y si decide leer mis memorias, me parecerá fantástico. –Me temo que su duda es sinónimo de desinterés. –Mi libro tiene mucho interés. –Tiene interés saber el origen de su separación. Y no lo cuenta. –No hubo una caída del caballo. Hubo una operación política del sector económico del Gobierno liderado por Carlos Solchaga que quiso que el partido se moviera, creyeron que yo era el obstáculo y empezó un desapego que fui viendo hasta el punto en que creí que debía dimitir de la vicepresidencia, y así lo hice. –Dos amigos hablan, haya la operación que haya. –Hablamos miles de veces. En aquella época le repetía: “Siempre has caminado por el centro de la calle sin ir a la acera de un lado ni del otro. En cuanto te subas a una, los de la otra no van a estar de acuerdo”. Pero poco a poco se fue acercando a una acera. –¿A la acera del socialismo glamuroso? –A lo que yo llamo el social-liberalismo, con el que Felipe terminó coincidiendo. –Es la historia de su ninguneo. –Es la historia de una evolución ideológica de un sector del partido socialista que viene de lejos, de Tony Blair y su tercera vía, una cucharada de aceite de ricino para hacer tragar el capitalismo. –El adiós a una amistad. –Todos se empeñan en considerar que la discrepancia política debe matar la amistad y eso es un error. La vida no se agota en la política. Yo he tenido, y tengo, amigos extraordinarios que han sido mis adversarios, como Fernando Abril Martorell. –Disculpe, se rompió usted el calcáneo en un accidente doméstico y cuenta que Felipe ni le llamó. –Lo cuento porque me lo preguntan. Pero no se ha perdido la amistad. Cuando nos vemos, nos saludamos afectuosamente. Yo no estoy dispuesto a negarle la amistad. –Así queda como el héroe trágico, el guardián de las esencias... –Soy más modesto que todo eso. Reiteradamente hablo de mi escasa importancia, de mi mediocridad. Tengo un concepto de mí mismo peor que el de mi peor enemigo. Yo soy un paria. No soy tan inteligente como creen muchos. –Hay quien asegura que era el lado oscuro de aquel PSOE, el lobo del aparato de Ferraz. –¿Qué aparato? ¡Si no teníamos aparato! Aquel PSOE era el único partido del mundo que entraba en un congreso sin saber cómo iba a salir. Era fresco, lleno de pureza, aunque eso significaba que se te podía escapar de las manos. Y se escapó en el 28° Congreso. –Maquiavélico, le definían. –Maquiavelo vivió en una Florencia en la que los cardenales eran asesinos y él no mató a nadie. Fue el creador del concepto del Estado moderno. Si me llaman maquiavélico para identificarme con esa maldad, adelante. –De momento, ha soltado que Garzón intentó cobrar en B antes de entrar en el Gobierno. Y él lo niega. –Lo que digo es que una vez ofrecido que fuera legal y con factura, no aceptó. Él sabe que yo cuento la verdad. Y me he quedado corto... Hay una segunda parte, la de la resolución del problema, pero como yo no estaba, no lo puedo contar. –¿Usted ni sobres, ni B, ni mano en la caja? –No me he enriquecido ni en política ni fuera de la política, aunque me tentaron algunas empresas importantes extranjeras que se montaban aquí. Pero no es para mí. Si me tocan 18.000 euros en la lotería me hacen un favor, pero si me tocan tres millones me arruinan la vida. –Ahora reclama el espíritu de la transición. Pero aquello tuvo algo de barrer bajo la alfombra y ahora... –Esa frase no me gusta. Se hizo una ley de amnistía. ¡Una ley! Hoy hay un tema que asuela el país: el desempleo. Merecería que estuviéramos dispuestos a renunciar un poco para que seis millones de españoles tuvieran trabajo. ¿No es posible ponerse de acuerdo? En eso echo en falta el espíritu que dominó la transición. La oposición ha ofrecido reiteradamente un pacto, pero el Gobierno va a esperar a ver si dentro de 15 años la economía mejora. Mientras, se pudrirán una serie de generaciones. –¿Eso percibe desde su escaño del Congreso? –Percibo que Rajoy está todo el día sesteando. Yo le llamo Mister Do Nothing, que así llamaban a Herbert Hoover, el presidente antecesor de Roosevelt. Y él lo reconoce. Ha salido y ha dicho: “Señores, hay que esperar a que la economía mejore hacia el final de la legislatura y, entonces, a lo mejor se crea empleo. Paciencia”. ¿Cómo puede pedir paciencia? Debería mover con una palanca todo lo que pueda. La gente necesita soluciones ahora. Él cree que resistir es vencer. Pero en este año y medio de Gobierno se han perdido un millón y medio de trabajos, casi todos por despidos masivos que se podrían haber evitado. Imagen-CUADERNO-ALFONSO-GUE–¿Tiene usted la solución? –La tengo. Es muy sencilla. Un empresario presenta una reducción del 20% de la plantilla porque ha visto reducido sus ingresos un 20%. Y yo le digo: reduzca el tiempo de trabajo un 20% y el salario en proporción. De esos salarios, va a pagar la mitad, porque la otra la pone el Estado. El trabajador gana más que con el subsidio de desempleo y tiene más tiempo libre. Y para el Estado supone menos que pagar el subsidio. Además, si calculamos lo que hubiera dejado de cobrar por el IRPF y por las cotizaciones de la Seguridad Social, y lo que hubiera pagado en formación, para el Estado es baratísimo. Alemania ha evitado un millón de despidos con este procedimiento. –Con la edad, dice, comprende más y juzga menos. –Lo intento. Hay un tiempo en que eres Sancho el Bravo, luego te conviertes en Sancho el Fuerte, y terminas como Sancho Panza. Y yo estoy en esto último, aunque no me gusta comer... –Bien. Entonces, ¿por qué no comprende el anhelo soberanista de Cataluña? –De Cataluña, no. De los políticos catalanes. –El millón y medio que salió a la calle el 11-S no eran políticos catalanes. –Ese millón y medio estaba organizado, ¿no? –Respondió y responde, en gran medida, a aspiraciones de base. –¡Eso es radicalmente falso! Los movimientos de base son para que les escuche un poder que no les escucha. Y aquí el que ha montado el chiringuito se llama Artur Mas, que reivindica ser el máximo representante del Estado para decir “pero me voy”, lo cual es una incongruencia de Woody Allen. En Cataluña hay un nacionalismo orgánico al que se han sumado partidos, algunas instituciones y el nacionalismo mediático. ¡Pero si Mas se presentó con ese programa y perdió 12 diputados! –Si se celebra una consulta podría cerciorarse de las voluntades. –Es fácil producir la confusión de la gente diciéndole “esto es lo democrático”. Nosotros no vivimos en la etapa de Robespierre, ¿verdad? Donde uno dice lo que hay que hacer y ya está. La convivencia pacífica, no salvaje, se hace a través de normas. Y las normas, aprobadas por Cataluña con más votos que en Madrid, dicen que la Constitución establece que esta es la estructura del Estado. Un representante político que estuvo en la negociación del Estatut dijo que fue un intento de cambiar la Constitución por la puerta de atrás. ¡Por la puerta de atrás no se cambian las Constituciones! Se cambian presentando un texto para ver si tiene o no apoyos. Todo lo demás no es democrático. –El derecho de los pueblos a decidir sí lo es, ¿no? –El derecho a decidir –que no existe en ningún manual– es el derecho a que los demás no decidan, a que fuera de Cataluña no se pueda decidir sobre la estructura del Estado. Si cambia la Constitución y se acuerda que la legitimidad y la soberanía es solo de una parte y no del todo, será así; pero se debe hacer siguiendo las reglas. Lo demás es engañar a la gente. A ver si tiene la deferencia de contestarme a esta pregunta, ¿cree que Cataluña ha tenido alguna vez un poder autónomo superior al que tiene en la actualidad? –Déjeme que le haga otra. ¿Sabe quien dijo la frase: “Hemos reconocido la diversidad de identidades, pero no queremos conocerlas”? –No tengo ni la menor idea. –Felipe González, que estuvo como usted en la cocina de las autonomías. –¿Y? A mí no me gusta el nacionalismo porque es excluyente. Yo puedo conocer la realidad de Cataluña sin vivir en ella. ¿Hay un fuego de la verdad y los demás somos todos extranjeros que no podemos opinar? ¡No, hombre, no! Un intelectual del nacionalismo orgánico ha dicho que ha llegado el momento de que el que no sea independentista será considerado un traidor. Eso es el nacionalismo. –Y entretanto hay algunos sustos. Usted ha sufrido un cáncer de próstata. –Yo soy un poco bulldózer. El día que el médico me dijo “tiene usted un cáncer”, le pregunté: “¿Tiene solución?”. Me dio tres salidas: dejarlo estar, radiaciones y quimioterapia, y una cirugía muy agresiva. Le pregunté: “Si fuera su hermano, ¿qué le diría?”. “Cirugía”, contestó. Pues vámonos. Pasé 10 días malos y me fui con la sonda a dirigir dos sesiones. –¿No le cambió la mirada? –Yo conservo las mismas aspiraciones que cuando era niño. He tenido mucha suerte. Nací en una familia muy humilde, de 13 hermanos. Pasamos necesidad, había que hacer cola para conseguir un bote de leche durante horas, pero nos divertíamos muchísimo. Y ahora soy padre de dos hijos encantadores, cultos e interesantes. Pero sigo mirando la vida con los mismos ojos de aquel niño. A mí me interesa todo. –A Felipe le acabaron interesando la poda de bonsáis y el diseño de joyas. –Lo primero me parece bueno para la higiene mental, lo segundo me gusta menos. En mi caso, leo mucho y de todo, y oigo música clásica pero también Radiohead y Phoenix. –¡Qué moderno! –Y compré mi primer ordenador el mismo año en que salió, en 1985. Recuerdo que mi hijo tenía 6 años... También tengo iPad y un iPhone con una descarga de aplicaciones muy potente. Lo que no estoy es en Twitter. –Usted en Twitter sería un peligro. Dejaría ir el veneno. –¿Cómo se atreve? Dejaría ir mi bondad y la poca inteligencia que tengo. –Dice que lo que le ha movido es el conocimiento, la búsqueda del amor y la piedad por los desamparados. –Esas han sido mis pasiones, sí. Yo habría dado bastantes cosas por conversar con Camus, con Proust y con Leopardi. De Leopardi es A Silvia, uno de los poemas más hermosos que he leído, dedicado a la hija de su cochero, que murió a los 20 años de tuberculosis y de la que estaba enamorado. –Leopardi tuvo una complicada relación con el otro sexo. ¿Ha conocido usted el amor en mayúsculas? –He conocido profundamente el amor. Y en cuanto a la piedad... –¿Sí? –La siento todos los días. El corazón de un socialista es un corazón dividido. Una parte siempre debe estar entregada a las personas que sufren. Hoy tres personas tienen la misma riqueza que los presupuestos de 54 países donde viven 600 millones de personas. Eso me causa un profundo dolor.

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