Local

El día en que la Giralda silba

Sucede todos los años en la onomástica de San Pedro. Por unos minutos cesa el trajín que envuelve al primer monumento de la ciudad. Los enjambres de turistas que esperan entrar en la Catedral levantan la mirada con expresión de asombro. Es el día en que la Giralda silba. Foto: Javier Cuesta.

el 15 sep 2009 / 07:09 h.

TAGS:

Sucede todos los años en la onomástica de San Pedro. Por unos minutos cesa el trajín que envuelve al primer monumento de la ciudad. Los enjambres de turistas que esperan entrar en la Catedral levantan la mirada con expresión de asombro. Es el día en que la Giralda silba.

Quizás por su brevedad -la ceremonia en sí apenas dura cinco minutos-, quizás por el desconocimiento que de ella tienen aún muchos sevillanos, no es una tradición que venga recogida con letras grandes en las guías de la ciudad.

De ahí que a muchos turistas y visitantes les pille casi siempre por sorpresa y asistan con expresión de asombro a tan ceremonioso ritual en las alturas. La liturgia se repite hasta en tres ocasiones, la última de ellas, la más multitudinaria, a las doce del mediodía de ayer: volteo de campanas desde el campanario de la Giralda, toque lastimero de clarines y penachos de plumas de la banda del Sol al viento.

605 años de historia contemplan a una tradición, siempre ligada a la noche de San Pedro, cuya primera referencia se remonta a 1403, cuando el infante don Fernando, al regresar victorioso de la toma de Antequera, ordenó celebrar regocijos desde la Giralda.

Desde entonces, esta costumbre sólo se ha visto interrumpida en dos cortos periodos, entre 1839 y 1865, y más recientemente, a partir de 1961 y hasta 1985. Un año después, en 1986, las Lágrimas de San Pedro volvían a sonar desde la Giralda gracias, especialmente, a los desvelos del tabernero Rogelio Gómez y del recordado padre Estudillo.

Después de rendir honores al Santísimo y a la Virgen de los Reyes, en la capilla Real catedralicia, los clarineros de la Banda del Sol ascienden las rampas de la Giralda para acceder al campanario.

Un volteo solemne de campanas de tres minutos precede al toque lastimero de los clarines. Hecho el silencio, la pequeña melodía se repite tres veces, en recuerdo de las tres negaciones de San Pedro, por cada cara del campanario: comenzando hacia el Alcázar, siguiendo hacia el Aljarafe, después hacia la calle Alemanes y concluyendo hacia la plaza de la Virgen de los Reyes.

Durante el tiempo, breve e intenso, en que el toque de clarines corta el aire de la mañana, la ciudad parece detenerse a los pies de la Giralda. Todos buscan con la mirada el cuerpo de campanas renacentista intentando adivinar en las alturas la silueta de las guerreras azules y de los cascos de plumas al viento. San Pedro llora sus negaciones. La Giralda tararea a los cuatro vientos los ecos del lastimero llanto del apóstol. Fugaz costumbre de seis siglos de historia.

  • 1