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El diablo está en la Catedral

En la Plaza del Triunfo hay dos estatuas que sonríen. Una es la Inmaculada; la otra, el diablo. Desde los muros de la Catedral, los rostros del mal acechan. ¿Seguro que sólo se trata de meros desagües y adornos?

el 07 dic 2009 / 18:17 h.

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En la misma esquina de la Catedral que mira hacia el Monumento a la Inmaculada, una terrorífica cabeza sobresale a escasa altura de entre las piedras del templo. Está coronada por la cornamenta de un macho cabrío y arde sobre un lecho de llamas. Si se mira de frente, su rostro refleja un dolor de siglos y la debilidad que suele mostrar el mal cuando se arrostra sin miedo, cara a cara; pero contemplada desde abajo, a ras de calle, lo que ofrece es una escalofriante y destemplada carcajada. Al pasar por allí, recuerde detenerse en esa esquina y anotar luego sus impresiones. Es probable que se la encuentre como en la foto de la página principal de esta web: con una paloma defecando encima. Lo mismo es la famosa paloma de la paz.

Hoy, El Correo recorre las gradas catedralicias con el escritor sevillano e investigador de lo oculto José Manuel García Bautista, quien acaba de presentar Lugares embrujados y malditos, la última entrega de la Guía Secreta de Sevilla, de la que es coautor junto con Jordi Fernández. José Manuel explicaba que el perímetro de la Catedral también ha conocido historias extraordinarias a lo largo del tiempo. Cierto día de 1464, al salir de misa de doce, la gente observó cómo los árboles del Alcázar salían volando arrancados de raíz, sin que hubiera tornado ni nada por el estilo; los arcos del acueducto se vinieron abajo, una torre del Alcázar quedó cortada como a cuchillo, mientras "hombres armados" sobrevolaban el lugar. Un fenómeno, dice García Bautista, "documentado históricamente por los cronistas de cámara del rey Enrique IV, el sacerdote Diego Enríquez del Castillo y el licenciado Alonso de Palencia". Algo similar a lo que cuenta que sucedió en el siglo XVIII, cuando los testigos no dijeron haber visto guerreros en el aire, sino a varios santos en esferas luminosas.

De entre el medio centenar de esculturas demoníacas que envuelven la Catedral de Sevilla, muchas de ellas sirven para evacuar el agua de lluvia. De ahí les viene su nombre de gárgolas, de la palabra latina gargula, garganta. Pero además de esta función de drenaje, la tradición les atribuye otras dos: una, la de funcionar como guardia de élite para proteger el templo de las fuerzas del mal acechantes en el exterior; otra, la de prevenir a los creyentes contra el poder de seducción del Maligno, mostrando cómo las almas apropiadas por él, deformadas hasta lo grotesco, se quedan fuera del seno de la Iglesia en un tormento eterno.

Fíjense en los nueve dragones que vigilan el friso del Sagrario y en las parejas de esta especie que hacen de centinelas junto a los portones que dan a la Avenida. Entre las puertas del Bautismo y de la Asunción, observará toda una legión de demonios. A la vuelta, en el lado de la Plaza del Triunfo, están las representaciones más terroríficas: calaveras, monstruos en la Puerta del Príncipe; almas en pena trepando por la de la Campanilla. ¿Cuál es el mensaje real de toda esta legión de seres formidables y corruptos?

Ya lo decía el teólogo de la Casa Pontificia Joseph Marie Martin Cottier: "Debemos tomar al demonio muy en serio." Si no está usted por esa labor, pero aun así le atrae la idea de ver monstruos en la Catedral, conténtese con el lagarto del Patio de los Naranjos. Es feo, pero entrañable.

De utilidad:

Qué: Gárgolas, otras figuras monstruosas y signos extraños en la Catedral.
Por qué: Para drenar el agua de lluvia, para advertir a los feligreses y para proteger el templo del mal. Hay una cuarta versión: los masones que la construyeron dejaron mensajes ocultos mediante esa iconografía maldita. A saber.
Cómo: Si quiere su propia gárgola, vaya a cualquier marmolista sevillano, encárguelas en una afamada casa de Teruel (Estecha Diseño, 687 501747) o pásese por la Rue d’Arcole cuando vaya a París. Las hay monísimas.

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