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El dinero y la vieja Europa

Muchos, todos en realidad, aún no sabemos en qué sentido la nueva vuelta de tuerca de la crisis financiera que hemos padecido esta semana ?pintada con los apropiados colores dramáticos que corresponden a la caída de un gigante como Lehman Brothers? supone un punto de inflexión.

el 15 sep 2009 / 12:00 h.

Muchos, todos en realidad, aún no sabemos en qué sentido la nueva vuelta de tuerca de la crisis financiera que hemos padecido esta semana ?pintada con los apropiados colores dramáticos que corresponden a la caída de un gigante como Lehman Brothers? supone un punto de inflexión.

Esto es, siendo conscientes de que hemos asistido a un episodio de envergadura, no somos capaces de decir si esto es sólo el inicio de una tormenta de quiebras en el sector bancario mundial o si este demuestra tener las espaldas mejor cubiertas que el americano. El comportamiento errático de las autoridades americanas tampoco nos permiten saber si la próxima corporación agonizante será rescatada o no: si le tocará ser AIG o Lehman.

O lo que es más importante, trece meses después de prender la actual crisis financiera internacional nos enfrentamos a un escenario en el que casi ningún analista está en condiciones de vaticinar si esto está empezando o está empezando a amainar. La incertidumbre, por supuesto, también se cuela en los despachos en que se elabora la política económica de los gobiernos.

Como contrapartida, esta crisis, al menos por lo que respecta al lugar de su origen, se diferencia de los grandes batacazos que marcaron el siglo pasado por el hecho de que los culpables están razonablemente bien identificados, casi con nombres y apellidos.

A juicio de muchos, entre los que nos encontramos, la culpa de la cosa, como en una mezcla de tragedia griega y película de mafiosos, debe atribuirse en esencia a la arrogancia y ceguera de los altos empleados de las instituciones financieras, combinada con la impotencia amable de las autoridades (monetarias); de un Greenspan que ponía gesto serio a la hora de mover los tipos de interés pero que se ha dedicado a mirar para otro lado cuando las entidades bajo su supervisión, y con la bendición de las agencias de rating, se atiborraban de títulos dudosos.

Si lo anterior es cierto, uno sacaría dos consecuencias de ello. La primera es que, frente al americano, el regulador financiero europeo, y el Banco de España en particular, es mucho más intolerante con las operaciones y productos dudosos, poniéndosele los pelos como escarpias cuando oye hablar de innovaciones financieras. Por eso, si los bancos españoles se salvan hasta ahora se debe en buena medida al papel de controlador de la autoridad monetaria nacional, que desaconsejó y prohibió, según los casos, la inversión en productos contaminados.

La segunda consecuencia tiene que ver con el nuevo papel que deben asumir, a partir de ahora, las grandes autoridades monetarias. Muy bien podría ser que el nuevo modelo se fundase en la práctica en seguir dejando hacer al mundo financiero una vez que se pase el chaparrón, pero entonces ya no podrán seguir reclamando el respeto y la imparcialidad en que se fundan.

También podría ser que el nuevo modelo de vigilancia de la Reserva Federal mimetice los usos más prudentes del Banco de España. Aunque esta profunda reconversión no la ve uno nada clara; es muy duro volver al viejo y menos glamouroso negocio de competir por captar depósitos de clientes e incrementar las redes de oficinas. Más todavía si tienes una elevada probabilidad de que el regulador, que no reguló, proceda a rescatarte.

Catedrático de Hacienda Pública

jsanchezm@uma.es

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