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El drama de San Fernando

En realidad Fernando III, más que luchar contra el islam, luchó contra los almohades sin importarle contar para ello con socios tan islámicos como Alhamar de Arjona o el rey de Baeza. Terminó con dos siglos y medio de oleadas atlarianas, arribadas a la Península...

el 16 sep 2009 / 03:30 h.

En realidad Fernando III, más que luchar contra el islam, luchó contra los almohades sin importarle contar para ello con socios tan islámicos como Alhamar de Arjona o el rey de Baeza. Terminó con dos siglos y medio de oleadas atlarianas, arribadas a la Península Ibérica pretextando ayudar a Almutamid para, en vez de eso, llevárselo prisionero y quedarse. Prácticamente no libró ninguna batalla -quien recuerde una, que la diga-, tomando Jaén, Córdoba y Sevilla por capitulaciones; realmente dejó que en Castilla gobernara su madre y aquí su hijo; su epitafio lo llama Señor de las tres religiones.

Mientras a su primo San Luis, que se pasó la mitad de su vida peleando en Palestina y Túnez, el estereotipo histórico lo presenta cuidando a los enfermos, el que se le confeccionó aquí a Fernando lo mostró con la espada desnuda. A aquel no tardaron ni 20 años en canonizarlo; el patrón de Sevilla hubo de esperar 420 para que le pusieran la corona de la santidad, en medio del reinado más desastroso de la Historia de España -el de Carlos II- y cuando ya la Casa de Austria se había visto obligada a entregar a su doncella, la infanta María Teresa, al dragón francés.

O sea, cuando España había dejado de ser San Jorge se resaltaba una espada que sólo serviría en adelante para rumiar los sueños. Así pues, la figura de Fernando III, con el globo terráqueo en una mano y el mandoble en la otra, no era ya el símbolo de la batalla misma sino el del paisaje después de la batalla. Juan Goytisolo, en el libro del mismo nombre, viene a decir que esos escenarios son peores que el propio drama lo cual es relativo. A aquellos en los que se ha vencido, el tiempo los convierte en sitios pacíficos y melancólicos; en cambio los paisajes de la derrota suelen transformarse en novelón soporífero para consumo interno.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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