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El embrujo de las dos mujeres que venían sin peinar

el 19 may 2012 / 19:05 h.

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El comisario Cassinello acompaña a Rainiero de Mónaco y su hija Carolina. / El Correo
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Nadie podía imaginar, ni siquiera Carolina de Mónaco, que la verdadera Reina de Corazones llegaría a Sevilla justo una semana después que ella. Quizá ni siquiera lo sabía la propia interesada. Pero lo cierto es que algo se mascaba en la Expo en vísperas de esa visita casi mágica en cuya víspera bailaron los derviches; esos danzarines místicos venidos de Turquía en plan peonza y con la cabecita inclinada, cuyo contacto con lo sagrado proviene precisamente de girar y girar. Tanto es así que, pasados los meses, rumoreaban las malas lenguas que uno de esos derviches había salido escopetado por efecto de la fuerza centrífuga y había sido visto dando vueltas por las inmediaciones del puerto pesquero de Sancti Patri, Chiclana, espantando a los camarones. Por supuesto era mentira, pero podría haber sido verdad, porque la aparición de los grandes personajes de la historia siempre ha ido precedida (véanse Julio César o Abenámar) por grandes fenómenos en el cielo, los mares y la tierra. La pregunta es qué personaje era ese. Y la respuesta solo podía ser una: desde luego, no Carolina de Mónaco.

Los Grimaldi al completo, salvo Estefanía que se había quedado en casa oyendo música, visitaron la Expo el 16 de mayo; una jornada preciosa por cierto porque fue la primera vez que un país iberoamericano, en este caso el paraguayo, celebraba su jornada nacional con bailes y espectáculos musicales, y no en plan callado y sequerón como venía siendo costumbre. ¿Vendrá de ahí la expresión guay del Paraguay? Y otra pregunta todavía más trascendental: ¿Por qué no se peinó Carolina de Mónaco? La crónica que publicó El Correo sobre aquel acontecimiento ocultaba, bajo su apariencia ecuánime y objetiva, tres toneladas de mandanga pura. Si la expresión princesa de Mónaco se hubiese cambiado por la de adefesio, la descripción no podría haber sido más acertada: desaliñada, sin maquillaje, con los pelos revueltos, enmascarada tras unas gafas oscuras y con un semblante que habría hecho parecer un animador de tómbola a Santiago Martín, El Viti. Ni pendientes, ni collar, ni maquillaje... ni una palabra. Pero no ella: Rainiero y Alberto, más de lo mismo. Una visita "sumamente sobria", se dijo. Por lo visto, hicieron todo el recorrido por la Expo con el comisario Cassinello y no le preguntaron nada de nada. Y eso que no estaba subtitulada.

La que sí que tuvo muchísima gracia, como siempre durante toda la Exposición, fue la Reina. Por aquellos días había un problemón tremendo con el Pabellón de Bolivia, porque tenían allí el gusto de agasajar a los visitantes con una infusión muy suya, el mate de coca, y entre los prejuicios y la tradición inquisitorial española se acabó prohibiéndoles que lo hicieran. Se enfadaron horrores, como es natural. Y entonces ocurrió que Sofía se plantó en La Paz, la capital boliviana, y allí que le brindaron (y ella se echó al coleto sin dudarlo) semejante copón de mate de coca, saliendo la mar de sonriente en la foto oficial y acabando de una vez por todas con las reticencias. La Reina sí que iba bien peinada, no como su prima de Mónaco. Ni como la otra gran despeinada de aquella semana, en la Expo 92. En esta ocasión, se trataba de una invitada muy especial cuyo nombre era y es, precisamente, ese: La Scapigliata, la mujer despeinada. Un delicioso dibujo de Leonardo da Vinci que destacaba entre lo más selecto de la madre de todas las exposiciones de la Isla de la Cartuja: Arte y cultura en torno a 1492. Impresionante compendio de maravillas que inauguró el entonces presidente del Gobierno, Felipe González, en el monasterio: la tienda de campaña de Carlos V (nada de una quechua), obras de Miguel Ángel, ilustraciones de Boticelli, La divina comedia de Dante, esculturas africanas, la ropa del rey Boabdil, joyas, armaduras...

Esa inauguración fue el 18 de mayo, día en el que se produjo una anécdota singularísima, según cuenta El Correo del día siguiente: Una anciana visitante cayó en un repentino y emocionado llanto al apercibirse de que una piedra exhibida en el pabellón israelí, que perteneció al Arco de los Peregrinos hace dos mil años, había sido pisada por Jesucristo. La visitante pasó su mano repetidas veces por la piedra, la besó y terminó dejando caer la señalización que indicaba su procedencia. La señora se quedó tan sorprendida como ese estudiante sevillano de Derecho al que días antes, el 14, le tocó un viaje a Malasia por ser el visitante número 275.000 que entraba en ese pabellón nacional. El periódico lo contaba con gracia, diciendo que ese día estaba allí nada menos que el primer ministro malayo, Seri Mahatiar, y había que decorar la situación cn algún galardón de ese tipo. Pero bueno, tanto celo pusieron los pobres que un poco más y le toca al propio primer ministro, en plan viaje de vuelta gratis. Contó el afortunado, Enrique García, que había ido a despejarse porque al día siguiente tenía un examen de Penal. El caso es que su presencia coincidió con una jornada bonita dedicada a Bélgica, cuyos príncipes Alberto y_Paola visitaron la Andalucía de los Niños. Esas cosas gustan mucho a los belgas, no hay más que ver la Mini Europa que tienen montada a los pies del Atomium según se sale de Bruselas, entre cuyos monumentos se ve la Plaza de_Toros de la Maestranza, con sonido ambiente y un torito que se mueve y todo. Córrase un tupido capote sobre ello.

Ese día, lo más cerca que los periodistas sevillanos lograron estar de tan ilustre parejita fue charlando con unas bordadoras que hacían encajes de bolillos, gran afición de ese país, con lo que Cassinello aprovechó para echar una bronca a la organización. Se ve que el mal humor le duró todavía cuando vinieron Rainiero, Alberto y Estefanía en plan men in black, porque cuando llegó la hora de los discursos, él, reputadísimo diplomático (lo que significa no dar puntada sin hilo), recordó que la Isla de la Cartuja es más grande que Mónaco, por más que luego, para dar coba, matizara que ello demuestra que "no hace falta la desmesura para ser hermoso". Pero el picotazo estaba dado y a saber si no fue eso lo que se estuvo guardando el heredero hasta que se vengó con la candidatura de Madrid a los Juegos Olímpicos. Pero nada de esto acabaría importando:_pelillos a la mar, que se podría haber dicho de una semana de grandes damas despeinadas. Porque el día 20 por la noche, un soberano tacón dejó su impronta en el aeropuerto de San Pablo poco antes de que su dueña, junto a su entonces esposo, acudiese a un concierto en la Catedral. Al día siguiente visitaría la Expo. Y desde luego que no se pudo poner un pero al peinado de esta exquisita Ladi Di cuya espera fue, sin duda, lo más exquisito de la semana.

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