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El estancamiento de Sierpes

Una miniatura del Beato de Liébana muestra a San Isidoro en su sede con un río a sus pies; la iglesia seguramente se levantaba donde ahora lo hace la del Salvador y el río discurría por el trazado de la calle Sierpes...

el 15 sep 2009 / 11:05 h.

Una miniatura del Beato de Liébana muestra a San Isidoro en su sede con un río a sus pies; la iglesia seguramente se levantaba donde ahora lo hace la del Salvador y el río discurría por el trazado de la calle Sierpes, que ahora no corre, que está estancada como una charca y se conforma con echar días fuera mientras llora por la clientela perdida. Evidentemente esta Sierpes no es como la Kartnerstrasse de Viena, ni como el parisino Foubourg Saint Honoré, ni igual que la Kalverstraat de Ámsterdam o la Via Margutta de Roma. Ni como Drottningatan en Estocolmo o New Bond Street de Londres; no lo es, pero lo fue.

Eso lo sabe aquél que se acerca a la literatura, desde Cervantes a Juan Ramón Jiménez o a Somerset Maugham, quien hojea la Tipografía Hispalense de Francisco Escudero y Perosso, quien lee las visiones de Richard Ford, Davillier y otros cien viajeros románticos, quien aún recuerda los teatros, los cines, el frontón, los billares, los casinos, los bares y cafés, las librerías y los tebeos extendidos en el suelo? Nada más penoso cuando se pregunta a alguien cómo le va que escuchar por respuesta "aquí, echando días fuera", como si los días fueran infinitos, el tiempo estuviera quieto o se pudiera desmoronar igual que las migajas de pan para los gorriones. En Sierpes se quejan de que la gente se ha ido pero nadie se pregunta quien fue el que se llevó todo lo demás.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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