Cultura

"El estilo y el oficio del escritor tienen algo de timo al lector"

El autor granadino-argentino regresa a la narrativa breve con ‘Hacerse el muerto' (Páginas de Espuma).

el 17 oct 2011 / 20:40 h.

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-Con este libro ha sido usted hasta portada de suplementos. ¿Es señal de que el cuento ya no tiene razones para quejarse?

-Ojalá sea así. Lo que dice tiene algo de cierto, o tal vez es que el cuento ha hecho de su condición periférica una identidad que promover. Algo ha cambiado, desde luego: hay más visibilidad, hay infraestructuras que antes no existían, actividad académica en torno al género, profusión de antologías... Y además está internet, donde cabe todo, pero sobre todo los géneros breves que antes no encontraban sitio en el mercado. 

-Usted defiende que los libros de cuentos no deben ser unitarios, algo que siempre se ha elogiado. ¿Por qué?

-Creo que la unidad de los libros tenía que ver con una antigua idea de acercarse a la novela, una especie de hándicap. Si están bien hechos, no tengo nada en contra de los libros orgánicos, pero si es un complejo o una imposición, como una presión externa, esa unidad me parece muy opresora. La variedad te da la capacidad inmensa de empezar de cero en cada pieza, como en los poemas, o de reinventar tu propio estilo. Claro que esa fuerza atomizada pide a gritos, como en el chiste de la orgía, ¡organización!, pero eso no condiciona la esencia de las piezas, sólo las presenta de un modo determinado al lector... 

-En su libro se pasa con facilidad de la carcajada al estupor.

-Sí, cuando vi que me salían esos picos emocionales, esa secuencia que pasaba del descaro y la procacidad a la tragedia, sentí que iba a ser un libro montaña rusa, de subidas y bajadas. Un libro tragicómico. Cada vez me parecen más artificiales los géneros muy marcados, que predisponen al espectador, lo tranquilizan, lo adormecen. Yo busco historias que hagan algo con mis altibajos, que los conviertan en una cosa útil.

-Usted se toma el cuento como un laboratorio permanente, ¿nunca se acaban los experimentos?

-Me gustaría pensar que esa actitud del cuento pueda contaminar a otros terrenos, como el ensayo o la novela. Borges y Bolaño son dos ejemplos de que se puede. Yo no quiero tener un estilo, quiero morirme buscando. No quiero dominar mi oficio, sino perderlo cada vez que empiezo. El oficio y el estilo tienen algo de timo al lector. Si ya sabemos, lector y autor, cómo va a ser la cosa, ¿para qué perdemos el tiempo? Un escritor tiene que ser el primer desconcertado ante su obra.

-Y como conocedor de lo que se cuece hoy, ¿hacia dónde evoluciona el género?

-Creo que la ebullición actual nos ha permitido asumir una certeza: la convivencia de paradigmas. En realidad, ninguna época ha tenido un paradigma hegemónico, como mucho ha habido grupos que tenían el poder y la visibilidad. Pero eso pertenece a una época predigital. Hoy la realidad es compleja, mi generación hace cosas tan distintas que nadie se pone de acuerdo. Y la red lo permite, ¡por favor, discrepemos! Eso no tiene vuelta atrás, y me produce excitación y alivio. El panorama lo visualizo como un laberinto, donde cada uno puede hacer un descanso cuando le apetezca. Pero es un laberinto.

-Bogotá 39, Granta... ¿Son esfuerzos en un sentido contrario?

-Es muy difícil que un grupo, cuando adquiere una mínima aceptación, no empiece a disparar y reprimir a los que no son como ellos. Pero todo lo que pueda desactivar la idea de grupo homogéneo es preferible. Que haya demasiadas cosas evita la comodidad de que haya sólo una: detrás de quienes se quejan de la abundancia de autores, se esconde la necesidad religiosa de saber cuál es la Verdad.

-Usted ha firmado el manifiesto de apoyo a Agustín Fernández Mallo, que ha retirado un libro del mercado por presiones de María Kodama. ¿Cuánto se ha equivocado la viuda de Borges?

-Se ha equivocado en la lectura al pie de la letra de una ley incompetente para distinguir entre plagio, explotación y creación a partir de una obra. Se la ha hecho daño a un autor, pero también se ha manchado innecesariamente el nombre de Borges, que fue muchas cosas, pero nunca le complació la censura a otro escritor. Censurar un libro que Kodama admite no haber leído es convertir a sus abogados en árbitros literarios. Lo que ha hecho Agustín, guste más o menos, es algo que el arte lleva haciendo desde que el mundo es mundo.

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