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El estirón final del niño Arenas

Como la famosa magdalena que permitía a Proust recordar su vida, a Javier Arenas los churros de Ronda le transportan a sus propios días azules y a su sol de la infancia. En el Parador, las vistas al Tajo son también un balcón abierto a la memoria. Foto: EFE.

el 15 sep 2009 / 01:02 h.

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Como la famosa magdalena que permitía a Proust recordar su vida, a Javier Arenas los churros de Ronda le transportan a sus propios días azules y a su sol de la infancia. En la suite 204 del Parador, las espectaculares vistas al Tajo son también un balcón abierto a la memoria. Sobre la mesa, un reguero de periódicos, dos madrugadores marlboros sofocados en un vaso, el poso del primer descafeinado donde una pitonisa tendría mucho que leer. El servicio de habitaciones ha subido churros, "pero no los he tocado, no eran tejeringos", afirma el candidato. Proust tampoco habría aceptado bollería industrial.

Arenas, superviviente nato, cumplió 50 años el pasado Día de los Inocentes. Viste de sport, pantalones blancos, camisa a rayas y cazadora azul marino. Los gestos campechanos a flor de piel, la abolición del protocolo, son sus más visibles signos de vitalismo. No tolera el tratamiento de usted. Sólo las canas y la voz profunda subrayan su veteranía. Baja al vestíbulo para saludar a sus incondicionales -jóvenes impacientes, pertrechados con banderas y camisetas que hablan de cambio-, y echa a caminar en medio del compacto escuadrón de sudaderas azules.

Cuentan que Fraga saludaba con rápidos apretones de manos, farfullando un atropellado Póngamealospiesdesuseñora. Arenas es de muy otra escuela. Mientras camina por las calles de Ronda, fija la mirada en los curiosos que se le acercan y pronuncia un claro y reverberante Me alegro mucho de verle. Cuando quiere enfatizar un mensaje, en cambio, mira de medio lado y entorna los ojos, adoptando un registro de complicidad.

También han pasado los tiempos de firmar autógrafos en banderines y programas: ahora todo el mundo lleva a mano un móvil o una cámara digital, y quiere su foto. Arenas posa para media docena en apenas 200 metros. "Hay quien ha llegado a decirme que me tiene sobre el televisor, ¡o incluso en la mesita de noche!", se ufana.

Lo que no cambia, por muchos años que pasen, es el contacto físico, y esta mañana es intenso. "A veces llegas a casa y estás lleno de rasguños", comenta. Es natural en las dos direcciones: a un candidato no le basta con la fría estadística, necesita comprobar que el voto es de carne y hueso; y lo mismo quiere el votante, saber que no encomienda su papeleta al humo, que tras las siglas y las consignas hay formas corpóreas, tangibles, besables. La comunión entre los famosos de la política y el pueblo llano nunca es tan honda como en época electoral.

La campaña no sólo es una carrera de obstáculos que tiene como meta el próximo domingo. También es un viaje de ida y vuelta entre lo que un político fue y lo que aspira a ser, entre la memoria y el deseo. En la rondeña Plaza Socorro, vigilado por la estatua de un andalucísimo Hércules, el discurso de Arenas es de tono familiar. Su chuleta es esquemática, pergeñada a mano en grandes caracteres. Contra los habituales sarcasmos sobre su moreno caribeño, él invoca al niño que alguna vez corrió sobre estos mismos adoquines: "He sido renegrío desde chiquitito", concede sonriente. "Pero el color que tengo es de la calle, de recorrer pueblos y pueblos de Andalucía". Sólo tiene que girar levemente la cabeza para ver la fachada de la confitería Las Campanas. No preguntes por quién doblan: allí se despachan las deliciosas Yemas del Tajo, debilidad del candidato desde la más tierna infancia, otro de sus infalibles conjuros proustianos.

En el vehículo que le lleva a Marbella, dicen, suena a menudo el Himno de Andalucía de Rocío Jurado, hay informes y notas por todas partes, y nunca falta el agua, "mucha agua", recalca su hombre de confianza, Ricardo Tarno. ¿Cuánto es mucha agua? "Agua para todos". Tras una entrevista telefónica, un almuerzo rápido pero rico en hidratos de carbono. Los periodistas que han seguido las campañas del PP recuerdan que Teófila Martínez parecía no comer jamás. Su estética era la del sacrificio espartano, la luz de flexo que no se apaga nunca. Arenas no vende esa austeridad monacal; prefiere concentrar el esfuerzo, y ofrecer una imagen saludable, disfrutona, de político cumplidor, sí, pero que sabe desconectar.

Experiencia. Los móviles, por muy imprescindibles que resulten ya, le estresan, y a ratos pacta con sus colaboradores razonables treguas telefónicas. Tampoco existían esos artefactos ni sus melodías polifónicas cuando un Arenas de 19 años emprendió su primera campaña, la pionera de la democracia, en el 77. Desde entonces se ha embarcado en todas, incluidas autonómicas gallegas y catalanas. "He pasado más horas en coche que en casa", dice con convicción. Tantos miles de kilómetros le han dejado como saldo una notable experiencia y unas serias molestias cervicales que el ritmo electoral le obliga a ignorar, dentro de lo posible.

Durante décadas, el candidato ha sido para sus conmilitones El Niño Arenas: espontáneo, hiperactivo, jovial, ambicioso, con toda la vida por delante. "Era siempre el más joven, pero las canas han acabado con ese cuadro", se sonríe. "No te puedes permitir ser Peter Pan. En este oficio, o maduras o te hacen madurar". Pero el niño que fue, el que en el fondo resiste a todas las mudanzas de la edad, la pérdida de la inocencia y los achaques, es obstinado. En el hotel NH Alanda, donde entrena para el próximo debate con Chaves como un estudiante repasaría un examen, recuerda las vacaciones familiares en la Costa del Sol, cuando esta Marbella todavía no cabía en los sueños ni en las pesadillas de nadie. "En la furgoneta traíamos hasta la tabla de madera para lavar y el cámping gas. Mi padre tenía que prever si íbamos a cruzarnos con los autocares Portillo, que te sacaban de la carretera", evoca.

Con el periodista Paco Correal, también conocido como Paquiño cara de niño, pone a prueba su memoria para reproducir alineaciones de viejos equipos de fútbol, lo mismo que dos chavales intercambiando cromos. La primera camiseta que le pusieron los Reyes, su equipo de entonces -como media infancia en España- era del Atlético de Bilbao. "Los leones", recuerda: balompié conservador, pero de contragolpe efectivo.

Parece que Homero acertó al equiparar las edades del hombre con las fases del día: el Arenas nocturno que acude al último mitin de la jornada es, sin sombra de duda, el político maduro que recoge sus aplausos y pone proa de vuelta a Sevilla. Con suerte, llegará a tiempo para acostar a sus dos hijos y ver despierta a Macarena, su esposa. ¿Soñará esta noche con argumentarios y encuestas? ¿Sueña alguna vez con su más terco rival? "He soñado mucho con la reforma del Estatuto, pero nunca con Chaves", asegura. Sólo restan siete días más, con sus noches. Y el sol del 10 de marzo, sea del color que sea, saldrá para todos.

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