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El extravagante caso del mandarino

Un árbol como no existe otro igual señala en la Alameda la tienda con los libros más bellos del mundo.

el 01 may 2012 / 18:52 h.

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El 77 de la Alameda de Hércules, por el costado donde da la sombra por las mañanas, es un patio enlosado del que destacan generalmente cuatro objetos (o mejor dicho, cuatro sujetos), sin perjuicio de otros que luego vayan buenamente entrando y saliendo: un gran planisferio pintado en rojo sobre la medianera; una bicicleta apoyada más o menos a la altura del Cabo de Hornos; un formidable mandarino cuajadito de libros; y una puerta con una rampita y un cartelón en lo alto que dice: La Extra Vagante Libros. Es el lugar de Sevilla donde se encuentran los libros más bellos del mundo, dándose la maravillosa circunstancia de que los venden. Es decir, es una tienda. Lleva allí tres años, pero es tan hermosa, son tales tesoros sus obras y están tan exquisitamente elegidas sus ausencias, que siempre que uno pasa por allí experimenta la sorpresa del hallazgo.

Maite dictamina que el mandarino es un librárbol. Maite Aragón y Claudio Gómez son los propietarios de La Extra Vagante, para quien no lo sepa o para aquellos que, aun sabiéndolo, gusten de experimentar también con ambos la sorpresa permanente del hallazgo. Porque ambos son también, en parte, obras de su propio establecimiento. Total, que dice Maite que la singularidad del árbol del patio es su disposición a que todo aquel que quiera (bueno, no exactamente todo aquel: solo quien forme parte de esa ambigüedad deliciosa denominada los amigos) vaya y le cuelgue un libro. Desde luego, dicho volumen ha de tener un forro de color naranja fuerte, o si no no sería un mandarino. Pero lo más importante es el porqué de todo esto: "Algunos", explica ella, "traen libros que, según ellos, necesitan madurar; otros, por la necesidad de sembrar grandes novelas y que se reproduzcan; otros, porque esos libros significaron algo importante en sus vidas y quieren así encomendarnos la experiencia..."  

Otra de las perplejidades de esta librería consiste en que entre las palabras Extra y Vagante se encuentra la silueta naranja de una avioneta. Porque para quien no lo sepa (o insista, una vez más, en redescubrir lo descubierto con idea de llevarse esa alegría), la especialidad del establecimiento son los libros relacionados con el mundo, los mundos y los viajes. Y como todo ello admite, naturalmente, un sentido metafórico, el resultado es que no hay allí dentro un solo ejemplar que un buen lector no quisiera tener, amar, acariciar y, si acaso, esconder para que no se lo pidan, en esta tierra donde te piden un libro por no pedirte un cigarro. Esa es la pura verdad de La Extra Vagante, lo crea o no.  

Es decir, que si uno se obsesiona con lo del mandarino, llegará a la conclusión de que está en una frutería de libros. Pero claro, esa amplitud de miras con la que aquí se despacha el asunto de qué cosas pueden ser consideradas un viaje o un mundo permite que, además de una frutería de libros, la tiendecita de detrás del patio sea también una estación de libros, un restaurante de libros, un parque de libros. Una granja de lectores y libreros, también, porque Maite y Claudio están trabajando en la idea de hacer de La Extra Vagante una librería asociativa, con ventajas especiales para quienes quieran apuntarse como socios y lectores. Ya venía siendo algo de eso, o si no no abriría hasta los domingos por la tarde; ni organizaría los viernes por la noche eso que llaman Nictolectoclub, y que responde exactamente a lo que su nombre presagia; ni tendrían un mandarino, sino un olmo, para que nadie fuese a pedirles peras. "Buscamos ser una alternativa a las grandes superficies, donde el libro pierde parte de su esencia y es más mercancía que cultura", dice ella. "Somos un negocio, y eso no lo olvidamos, pero no apostamos por los libros de gran tirada." 

En esta librería hay un baile nocturno de zíngaros a orillas del Danubio, de cuando la Europa de bigote, violín y bastón, y una joven marroquí que olía a bondad y a canela y que sabía escribir la palabra gracias en árabe, usando como pluma su índice y como papel una espalda (El esnobismo de las golondrinas, de Mauricio Wiesental). También hay una pelea de gatos en el matadero de Egipto, animadísimo por la inminencia de la Fiesta del Sacrificio, y contado en dibujos hechos con la propia sangre de las bestias (Los viajes de Emily Nudd Mitchell); y un recorrido extraordinario por el Londres de los ladrillos rojos, los trenes a su hora y los secretos de estado robados (Sherlock Holmes anotado, de Arthur Conan Doyle); y la bellísima narración sin palabras del doloroso viaje hacia la felicidad (Emigrantes, de Shaun Tan)... Y por supuesto (aunque estas cosas no deben suponerse nunca), todos los libros y todos los viajes que una persona sensata debe emprender en su vida.

Por no hablar de los chismes, que esa es otra, porque también tienen cosas no exactamente denominables libros, pero emparentadas con ellos en la misma pasión; "objetos curiosos que ambientan la librería, quizá no propios de una librería tradicional, pero que nos aportan la imagen que queremos en consonancia con lo romántico de explorar otros mundos y otras culturas. Los globos terráqueos, los mapamundis antiguos, los catalejos, los sextantes, las brújulas, las reproducciones de arte prehistórico o clásico...", va señalando Maite. "Muchos de esos objetos", resume, "que pueblan el horizonte de cualquier espíritu humanista con ansias de conocimiento. Todos esos artilugios que han sido los grandes compañeros de viajeros de toda época; porque el viaje, según lo entendemos nosotros, es el tránsito por la vida y el mundo y hay que sacarle todo el jugo a la experiencia de viajar con la mente, los sentidos y la imaginación." Un imperativo existencial y moral que la gente finge haber olvidado, pero que en estas páginas se va a repetir continuamente para que se lleve una y otra vez esa alegría.

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