Cultura

El Gazpacho recuperó su espíritu y tuvo su 'sopeao'

En Plaza de Toros de Morón de la Frontera, a las once menos veinte de la noche, la mágica guitarra de Paco del Gastor invoca los acordes de su tío Diego, al que se homenajeó la noche del pasado sábado. El ruedo estaba lleno de aficionados, en cómodas sillas de plástico, y el rasgueo profundo de Paco puso al personal en situación.

el 15 sep 2009 / 08:47 h.

En Plaza de Toros de Morón de la Frontera, a las once menos veinte de la noche, la mágica guitarra de Paco del Gastor invoca los acordes de su tío Diego, al que se homenajeó la noche del pasado sábado. El ruedo estaba lleno de aficionados, en cómodas sillas de plástico, y el rasgueo profundo de Paco puso al personal en situación.

La noche prometía torniscones, que no tardaron mucho en llegar. Cancanilla de Marbella, conducido por un francés de Utrera, Antonio Moya, se quejó con duende y nos traspasó el alma con soleares de Juaniquí, el Santiago y Santa Ana de Manuel Torre y unas bulerías que le animaron a pegarse una pataíta con salero. ¿Quién ha dicho que ya no quedan cantaores de pellizcos gitanos?

Tan bien cantó el malagueño y tanto nos dolió su hondura, que Carmen Linares nos supo a otra cosa. Es la más larga, de acuerdo; sabe más que los ratones coloraos, sin duda; es una profesional de cuerpo entero, por supuesto. Pero su gélido sentido de la perfección y esa su voz que suena como a almendras trituradas sobre un cristal, le restan emoción y embeleso. No obstante, es de justicia destacar sus cantes de levante, en especial la hermosa cartagenera de Barbeito.

Todo lo contrario que le ocurrió a Luis el Zambo, el jerezano de la calle de la Sangre, que hasta hace poco vendía pescado en una plaza de abastos y ahora, porque lo lleva dentro, porque tiene el don y el son, porque hiere, es cantaor de relumbrón.

Tenía el compromiso de cantar acompañado por Paco del Gastor y, al parecer, se le fue la olla y se trajo a un guitarrista de Jerez, despreciando, por tanto, el toque del maestro moronero. ¡Hombre, Luis! Cuando acabó de erizarnos el vello con sus seguiriyas y bulerías, se tuvo que najar para Jerez porque lo iban a pelar gratis. Fue la nota más malage de la noche, de la que el público ni se enteró.

En el descanso, degustación gratis del rico gazpacho andaluz y búsqueda desesperada de los palmeros de El Zambo que, según el cantaor de Santiago, se fueron a por bocadillos y no volvieron. Algo se olerían. Hay días que es mejor no levantarse de la cama, primo.

El coso taurino era ya una romería, con las mesas llenas de gambas, bocadillos y vasos de gazpacho, el aire cargado de partículas de albero y las estrellas con ganas de escuchar a Marina Heredia. Apareció vestida con un hermoso y ajustado traje y no se pueden imaginar la cara que se le quedó a algunos de los presentes en el ruedo.

Marina es de una belleza impresionante, que marea, pero es mejor cantaora aún. Lo demostró en una tanda de soleares apolás y cordobesas, en unos encantadores tangos y, sobre todo, en unas bulerías que pusieron a bailar al gallo de hierro de la rotonda de al lado. Pedazo de artista. Después salió Menese y las estrellas se ocultaron en la sierra de Coripe, suponemos que temiéndole y dejando la noche algo umbrosa.

El morisco apareció sin fuerzas, con la voz apagada, sin recursos, y ofreció su lado más triste. En vista de que no podía hacer otra cosa, se dejó el alma en el escenario y, por poco, la cabeza en la escalera. Como diría el gran filósofo Chiquito de la Calzada, una mala noche la tiene cualquiera.

Menos mal que Juana Amaya, la bailaora de Morón, se encargó de cerrar el XLII Gazpacho Andaluz con el clásico sopeao, o sea, echándole al caldo lo que hace falta para que el aficionado saliera con la sensación de que había estado de verdad en el Gazpacho de Morón, que este año se puede decir que ha recuperado su espíritu, el que nunca debió perder, el que amaba Diego del Gastor.

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