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El genuino holandés errante

Obra de teatro de Fitzball, novela de Wasington Irving u ópera de Wagner, el mito de "The Flying Dutchman", ese buque condenado a tocar puerto sólo una vez cada siete años, se ajusta como anillo al dedo a Guus Hiddink, un técnico holandés que ha impartido su magisterio en tres continentes.
Foto: EFE

el 15 sep 2009 / 06:55 h.

Obra de teatro de Fitzball, novela de Wasington Irving u ópera de Wagner, el mito de "The Flying Dutchman", ese buque condenado a tocar puerto sólo una vez cada siete años, se ajusta como anillo al dedo a Guus Hiddink, un técnico holandés que ha impartido su magisterio en tres continentes.

Guus Hiddink ya sabe lo que es eliminar a la selección española de una gran competición internacional. Lo logró en el Mundial de Corea al frente de la selección anfitriona, con la que completó el milagro de alcanzar las semifinales. Bien es verdad que en aquella ocasión contó con la inestimable ayuda de un árbitro egipcio de cuyo nombre no quiere acordarse nadie. Es de esperar que su casi paisano, el belga De Bleeckere, sea un poco más imparcial aunque su precedente con la selección asusta: fue el que pitó en "la debacle de Belfast", última derrota de España y última aparición de Raúl con "la roja".

Sin embargo, la trayectoria de Guus Hiddink en su cuarto de siglo en los banquillos no puede reducirse a aquella epopeya asiática. Desde Corea saltó al Pacífico Sur, a Australia, a la que logró clasificar para una fase final mundialista por primera vez en su historia dejando en la cuneta a toda una bicampeona mundial como Uruguay. Con los novatos 'socceroos' apeó a Croacia para hacérselas pasar canutas a Italia en los octavos de final, encuentro que decidió un más que discutible penalti pitado por el sevillano Medina Cantalejo a favor de los italianos en el último minuto, cuando los futuros campeones estaban contra las cuerdas.

Fue la alemana su tercera experiencia mundialista: la primera la vivió en Francia 98, donde llegó hasta las semifinales al frente de la selección holandesa. Tras cobrarse la piel de Argentina en cuartos, sólo Brasil, en la tanda de penaltis, le vedó el acceso a la gran final.

Hiddink no fue un futbolista recordado. Por edad, coincidió en los campos con Johann Cruyff (tiene un año más que el astro) pero jamás entró en los planes de los responsables de la Naranja Mecánica. Su trayectoria de entrenador fue idéntica a la que tuvo como jugador, pasar de De Graafschap al PSV.

Con la diferencia de que en el banquillo tuvo la fortuna que no le sonrió en el césped. Al calor de los florines de la Phillips, en cuatro años en Eindhoven ganó tres ligas, tres copas y, sobre todo, una Copa de Europa en la que empató los cinco últimos partidos: los dos de cuartos ante el Girondins (1-1 y 0-0), los dos de semifinales contra el Real Madrid (1-1 y 0-0) y la final frente al Benfica (0-0 y triunfo en los penaltis).

Entre 1990 y 2003, año en el que regresó al PSV, no ganó más título que una Intercontinental con el Real Madrid (el día en el que Raúl inventó "el aguanís", su regate particular), pero tanto en el Fenerbahçe, como en el Valencia y como en el propio Madrid dejó una estela de hombre cabal y de excelente técnico. Excepto en el Betis, donde vino a llevárselo crudo y se fue a Segunda.

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