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"El golpe del 23-F era previsible"

Un historiador y cuatro testigos en el Congreso recuerdan el asalto a nuestra democracia 30 años después.

el 20 feb 2011 / 19:58 h.

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Antonio Tejero asalta arma en mano el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981.

El miércoles se cumplen 30 años del golpe de Estado que pudo cambiar la historia reciente de España y que dejó para el recuerdo aquel grito del ex teniente coronel Antonio Tejero, cuando pistola en mano irrumpió en el Congreso durante la votación que iba a designar presidente del país a Leopoldo Calvo-Sotelo: "¡Quieto todo el mundo!".

El jefe del Ejecutivo, Adolfo Suárez, había presentado su dimisión debido a la fuerte crisis que sufría el país. Su partido, la UCD, era una batalla continúa de luchas internas. "A Suárez se le fue el Gobierno de las manos porque antes se le había ido el partido". Quien afirma esto es Carlos Barrera, profesor de Historia Política de la España Reciente de la Universidad de Navarra. Y a la pregunta de si aquel golpe de Estado era previsible responde sin dudar: "Sí, lo era".

¿Pero por qué era previsible? Hubo cuatro importantes factores que mezclados formaron "un cóctel explosivo", Según Barrera. El primero de ellos es el ya mencionado de la ingobernabilidad de la UCD. "Un partido -recuerda Barrera- que sólo ha estado en el poder". El segundo de los ingredientes lo formaba el "galopante terrorismo" que asediaba a los españoles y que provocó que "en 1980 hubiera una muerte cada tres días". A todo esto había que sumarle la importante crisis económica que azotaba a los ciudadanos así como el "desorden en la iniciación del proceso autonómico". Además en el ambiente que se respiraba "estaba muy presente la idea de cambios y no hay que olvidar que el Ejército era franquista".

De sobra es de todos conocido lo que pasó el 23-F. A las 18.23 horas, mientras se procedía a la segunda votación para designar a Leopoldo Calvo-Sotelo presidente del Gobierno, un grupos de guardias civiles armados y liderados por Tejero asaltaron el Congreso y retuvieron hasta la mañana siguiente a los diputados a la espera de que llegara "la autoridad militar competente". Tejero era partidario de un "golpe duro" e instaurar un Gobierno militar, mientras que el capitán general Jaime Milans del Bosch (también uno de los ideólogos del golpe) era partidario del "golpe blando" que promovía el general Alfonso Armada. "La descoordinación de los tres cabezas visibles y la actuación del Rey ganando aquella noche la guerra de los teléfonos lograron que no prosperara al golpe de Estado", matiza Barrera.

UN DÍA DE MIEDOS. Aunque una cámara de TVE fue testigo directo del golpe, quienes estuvieron allí presentes guardan aún decenas de recuerdos que con el paso de los años se han convertido en anécdotas; pero que en aquel momento fueron una experiencia más que desagradable. Una de ellas la narra el expresidente de Extremadura Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que aquel día ocupada su escaño "allí arriba en lo que llamábamos el tendido 8". Cuando Tejero entró Rodríguez Ibarra lo confundió en un primer momento con el comandante Ynestrillas, pero se dio cuenta de que era un golpe de Estado. "Vi a Manuel Marín -expresidente del Congreso- correr por las escaleras para intentar huir", rememora.

No fue el único. Los cuatro testigos de excepción del 23-F con los que ha hablado El Correo -Manuel Chaves, Soledad Becerril, Jaime Mayor Oreja e Ibarra- recuerdan haber sentido aquella jornada mucho temor.

Ibarra evoca al poco tiempo del asalto de la Cámara Baja comenzaron los disparos y todos al suelo: "Me dije: qué suerte tengo que están matando a todos menos a mí". Ibarra no sabía hacía donde se dirigían los disparos. Sin saber por qué, le dio por ponerse y quitarse las gafas una y otra vez mientras estuvo tirado en el suelo. "Es absurdo, pero lo hacía". Como estuvieron tantas horas retenidos, les pilló sin tabaco -entonces se podía fumar en el Congreso- y Rodríguez Ibarra reconoce que no tuvo más opción que volver a fumarse sus propias colillas de Ducados. Tampoco olvida la "humillación" que sufrieron a la salida por parte de los guardias civiles. "Se pusieron en fila de a dos y nos hicieron pasar por el medio mientras nos insultaba". Tres décadas después el socialista insiste en que los agentes sabían perfectamente lo que hacían, conocían los vericuetos del Congreso al dedillo e incluso a uno de ellos le escuchó decir: "Si hay que disparar, sé a las cuatro personas que tengo que matar".

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