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El guardia que frenó a Henri Parot

Se cumplen 20 años del arresto del etarra con 300 kilos de explosivos

el 03 jul 2010 / 17:42 h.

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La Hermandad de amigos de la Guardia Civil durante la entrega de un diploma

Al etarra Henri Parot lo traicionó llevar el coche tan cargado cuando se cruzó con un control rutinario de la Guardia Civil en la carretera de Santiponce. No porque los guardias pudiesen sospechar que llevaba en el maletero 300 kilos de explosivos que quería activar en el parking subterráneo de la Gavidia, lo que hubiera supuesto una masacre sin precedentes en Sevilla, sino porque el jefe del control pensó que podía ser... un ladrón rural. “Estábamos acostumbrados a que la gente cargase dos o tres sacos de trigo del campo en el maletero, y a los ladrones de naranjas o melones. No podíamos pensar que fuera ETA, porque en Sevilla nunca habían hecho nada”, explica el cabo José María Infante, que recibió tres tiros antes de detener a Parot, el sanguinario terrorista al que se le demostraron 82 asesinatos, el 2 de julio de 1990, hace ahora 20 años.
Infante fue llevado al hospital por sus compañeros sangrando profusamente, sin saber que habían arrestado a un etarra ni que llevaba explosivos como para volar media ciudad. Parot, al verlo herido, le dijo “tranquilo, chaval”. Luego, en el hospital, sus compañeros le contaron lo ocurrido. Fue su último servicio, porque en la operación le abrieron el brazo de arriba a abajo y no pudieron salvarle el nervio mediano, esencial para el movimiento. Tenía 31 años y sólo llevaba 12 en la Guardia Civil, en la que había ingresado “por vocación” y en la que no deja herederos: sus dos hijos “nunca han dicho nada” de ser guardias.


Parot fue listo, y no se saltó el control sin más. “En el primer punto fue avanzando lento y haciendo señas, como preguntando dónde tenía que detenerse pero sin parar, hasta que pasó la barrera de pinchos. Entonces aceleró”. Infante estaba en el segundo control. Él y su compañero Adolfo López se pusieron en medio de la carretera y le indicaron que parara. Pero aceleró. “Nos apartamos, tiré de los pinchos y se le reventaron tres ruedas, pero siguió adelante”, recuerda. “Nos metimos en el Land Rover para perseguirlo pero empezó a disparar, había balas por todos lados y tuvimos que salir, cada uno por una puerta. Él disparaba alternando”.
Los guardias también dispararon. Infante nunca había tenido que hacerlo, “no contra una persona”, en la década larga que llevaba en el cuerpo. Recibió tres impactos, y su compañero otro.


Entonces el terrorista se quedó sin balas, levantó los brazos para entregarse y todo se precipitó. Llegaron refuerzos del primer control y a él lo llevaron al hospital sangrando mucho. Tardó meses en curar, y nunca pudo volver a la Guardia Civil.


Ahora, al ver noticias sobre ETA en televisión, sólo piensa que “ojalá el terrorismo se acabe y podamos vivir tranquilos”. El guardia, hombre de carácter seco, no quiere ni oir hablar de la petición de la Hermandad de Amigos de la Guardia Civil de pedir una calle para él. “En todo caso, para los siete que estuvimos allí. Es verdad que yo me llevé la peor parte, pero otro hubiera hecho lo mismo”.

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