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El Guardián de la ortodoxia

La difícil época que le tocó vivir, no impidió al Papa Benedicto XVI realizar su sueño de entregar su vida a la Iglesia. Fue arzobispo, cardenal, y ahora con más de 80 años de edad es Papa.

el 24 sep 2009 / 10:03 h.

Benedicto XVI
Cuando el cardenal chileno Jorge Arturo Medina salió al balcón de San Pedro el 19 de mayo de 2005 para decir a la humanidad aquello de "Habemus Papam, cardenal Joseph Ratzinger", una gran mayoría de católicos frunció el ceño. Sabían que el nuevo máximo mandatario de San Pedro es un hombre de mano dura, poco amigo de los vanguardismos y con una forma de pensar muy opuesta a la de muchos católicos, practicantes o no, de hoy día.

Benedicto XVI, nacido en Baviera (Alemania) el 16 de abril de 1927 (Sábado Santo), ya no podría hoy ser elegido Papa por tener más de 80 años. Definió su elección como un deseo de Dios. "Por favor, no me hagas esto", dicen que masculló durante el recuento de papeletas. En su primera eucaristía como Benedicto XVI ya pegó la primera en la frente: la ofició en latín, idioma oficial de la Iglesia.
Ratzinger, tercer hijo de un policía, recibió las aguas bautismales el mismo día que nació. A los cinco años participó junto a otros niños en la bienvenida que hicieron en su pueblo al cardenal arzobispo de Munich y fue tal la impresión que le causó que ahí decidió que quería ser como él. Brillante y disciplinado alumno, habla seis idiomas y toca el piano a la perfección. Ingresó en el seminario en 1939. Por obligación fue inscrito en las Juventudes Hitlerianas y desempeñó su tarea como estratega evitando el paso de los carros blindados aliados. Su biografía oficial no lo oculta. Desertó de la milicia, fue hecho prisionero en 1945 y seis años después consiguió ser ordenado sacerdote junto a su hermano Georgh. En 1977, máximo ejemplo de su meteórico ascenso, fue nombrado arzobispo y meses después, cardenal. Ese mismo año conoció en persona a Karol Wojtyla, con el que había intercambiado ya numerosa correspondencia.

Precisamente, Wojtyla, ya como Juan Pablo II, designó a Ratzinger en 1981 como Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe. Un dicasterio, sucesor moderno de la Santa Inquisición, que promueve y tutela la doctrina de la fe y la moral en todo el mundo. Y ahí es donde al Santo Padre le han llovido más palos. Sus partidarios y seguidores, que también se cuentan por miles, dicen que es un sabio y que posee un gran espíritu generoso y cristiano. Sus detractores, miles también, afirman que ha suprimido en el Vaticano la discusión y el debate. Para el Papa, el cristianismo actual está en una era neopagana sujeta al dinero, al placer y al poder. También calificó la homosexualidad como un mal moral y se manifestó contra el aborto y la contraconcepción. Durante su último viaje a África llegó a decir que el preservativo no servía para frenar el sida, sino todo lo contrario. Muchos le piden más aperturismo al mundo dado que su figura continúa siendo vista, por muchos, como la de un hombre dentro de un palacio poco amigo de salir y tomarle el pulso a la gente.

La doctrina y pensamientos principales de un Papa se transmiten a través de las encíclicas, cartas que el Santo Padre dirige a todos los fieles. Ratzinger lleva tres. En la primera rechazaba de lleno la reducción del amor al sexo con fines comerciales y reafirmaba que la Iglesia nunca debía meterse a hacer política, aunque desde el Gobierno español seguramente piensen justo lo contrario. En la segunda dejaba claro que la ciencia no redime al hombre y en la tercera, del pasado 7 de julio, se metió un poco a banquero y político: Pidió una reforma de la ONU y de la economía financiera mundial, además de apoyar la investigación en energías renovables. Lo que se ha renovado es la mano. Una caída en el baño le partió hace unos días la muñeca. Ahora la tiene nueva, y es la derecha.

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