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El hechizo de la hora turquesa

El lugar más bello de Sevilla es también de los más pestilentes. Ruidoso y molesto, sólo con el crepúsculo vuelve a ser un paraíso.

el 20 mar 2011 / 21:19 h.

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Qué de ruido, qué peste, qué incomodidad de sitio, para ser el más hermoso de Sevilla. Hacía ya muchísimo tiempo desde la última cita al pie de la Giralda y la memoria estaba borrosa o dañada; la otra mañana, durante una espera que resultó ser en vano, costaba distinguir si lo que se percibía allí era lo mismo de antaño o un producto nuevo del insolente desparpajo propio de Sevilla: cocheros ululando sinsentidos entre carcajadas e invocaciones al turista, mientras sus carruajes van y vienen y giran y reculan sin cesar; coches entrando a todo meter en la plaza, sin importarles un comino el espíritu peatonal del lugar ni la expresión de súplica de la muchacha que esperaba para pasar con su cochecito de bebé; cinco camiones y furgonetas amontonados en una esquina (¿está eso permitido, a la una y media de la tarde?); la imposibilidad de permanecer más de diez segundos sobre una misma loseta, porque siempre se está estorbando a los de las fotos y a los de las carretillas; los montones de excrementos, uno de ellos delante de la mismísima cancela de la Catedral; las del romero, más pesadas que una vaca en brazos... Encima, acababan de recoger las naranjas y estaba todo hecho un asco. Hasta sonaba impropio el histérico repiqueteo del campanil del convento, estando como estaba su puerta cerrada: ¿a quién se supone que llamaban? ¿Al cerrajero? Pero he aquí que menos de seis horas después, aquella plaza era el lugar más bello del mundo.

Fue durante un fenómeno que se podría llamar la hora turquesa. Va desde las siete y pico hasta las ocho y algo, y es el trance en el que Sevilla está como si se acabara de arreglar para salir: qué preciosidad. La ciudad vieja se llena de reflejos sonrosados y piedras azules, el aire se vuelve acuarela, la gente amaina en sus ansias y la calle adquiere su población justa, su tono de voz natural, su paso. La comercialización de la belleza se detiene por fin: ahí está la razón de todo. Ya nadie quiere vender nada en la calle y ésta se vuelve apacible. Ocurre un detalle espectacular: que un montón de pequeños picotazos brillantes lo envuelven todo: son los fogonazos de las cámaras de los turistas, ya de regreso y sin grupos, haciendo fotos de la Catedral. Impresiona esa lluvia fina de luz. Como impresiona también que el sonido del crepúsculo sevillano sea el de las ruedecitas de los trolleys, de vuelta de las escuelas o camino de los hoteles, atravesando la plaza y cualquier otro lugar al que alcance a llegar la hora turquesa.

Una bonita ruta para disfrutarla es la que nace en el Parque de María Luisa y acaba, tras rodear la Catedral, en Santa María la Blanca. Tres hitos no ha de perderse en este insólito paseo: el primero, que los árboles del Parque se vuelven todos azules. El segundo, admirar el último hilillo de vida universitaria, con cuchicheos de parejas y pisadas de losa, en el patio del reloj de la antigua Fábrica de Tabacos; allí, en penumbra y a los pies de la estatua al fundador de la Hispalense, Fernández de Santaella, verá las luces blancas de los faroles y las amarillas de las lámparas: vaya despidiéndose de estas últimas, porque pronto no quedarán luces amarillas en ningún rincón de Sevilla en evitación de derroches (de electricidad y de melancolía). El tercero, ver a los turistas duchaditos ya en los sillones de mimbre de los hostales de San Bartolomé, esperando para ir a Modesto a por calamares del campo, mientras fuera los erasmus se cruzan con la bohemia al regresar a sus pisos cargados con sus carpetones. No hay nada como acabar un paseo con una inocente ficción de cosmopolitismo.

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