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El herrero en su fragua

Más que empresario es un profesional de la causa empresarial. Su apellido le hace justicia. Forja a hierro los acuerdos sociales. Trabajador, agotador, duro, machacante, exigente a la vez que comprensivo, serio, leal, riguroso, concienzudo y magnífico amigo. Todo esto comentan de él quienes les rodean.

el 29 nov 2009 / 10:20 h.

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Cogió un hierro incandescente y, martillo en mano, le forjó una ce. El segundo, que se le resistía, lo curvó hasta formar la e. Del último sacó tres, los compuso y afloró una a. Y entonces juntó las letras que dieron nombre a la fragua: CEA. Las miró y, con su acento sevillano, leyó Sea.

Se dice de este herrero que, junto con Antonio Carrillo, fue quien dio fuelle al fuego de la patronal regional, siempre a la sombra de sus presidentes hasta que, un buen Día de Andalucía de 2002, cogiera el yunque para marcarle su ritmo. Se perdió así la gracia de su inmediato antecesor, Rafael Álvarez Colunga, pero se ganó a un profesional de la causa empresarial, y no tanto empresario porque sus empresas, de hecho, las llevan otros, una libertad que le permite dedicarle a la organización todo el tiempo, y más.

Trabajador, agotador, duro, machacante, exigente a la vez que comprensivo, serio, leal, riguroso, concienzudo y magnífico amigo. Todo esto comentan de él quienes les rodean, y entiéndase que entre éstos no están los sindicatos, que lo tachan de astuta arpía a la hora de negociar, mientras que en la Junta de Andalucía lo reciben con recelos, a ver qué nos pide esta vez. En ideologías, y aunque se le presupone, nunca ha dicho esta boca es mía, pero no duda en pararle los pies a sus afines, y así lo ha hecho esta semana a quienes sugirieron la compra de voluntades en la concertación social, elijan entre PP e IU, la cosa está clara.

Si en algo está curtido, es en el tira y afloja. De hecho, aunque sólo ha estampado su firma en los dos últimos acuerdos tripartitos, ha negociado los siete rubricados hasta ahora en la comunidad. En el más reciente, cambió de estrategia pues, durante las reuniones, en vez de hablar, como suele, el tercero, tras las voces de CCOO y UGT, saltó el primero, táctica que trataba de encarrilar el diálogo hacia la que, a su juicio, era la urgencia de la crisis, el respaldo a los sectores más tradicionales, léase ladrillo y turismo.

Se tiznó entonces de las críticas de sus contrincantes, que le acusaron de mirar sólo por las grandes familias de la CEA, sin visión del conjunto del empresariado, y se sacudió el hollín sosteniendo, cual revelación de infidelidad que hiciera Apolo en La fragua de Vulcano, que las industrias emergentes son eso, emergentes, y el maná del futuro no puede ocultar la comida del presente.

Nuestro herrero quiso fundir una CEA más ilustre y apagar la percepción que, de Despeñaperros para arriba, todavía se tiene del patrón andaluz montado a caballo y con sombrero de ala ancha. Nadie conoce a ciencia cierta por qué, aun sabiendo que iba a perder, le plantó cara a Gerardo Díaz Ferrán, elegido por el dedo índice de José María Cuevas, tú serás mi sucesor en las riendas de la CEOE.

Sus allegados juran que no fue ni por orgullo ni por ambición personal, y sí por hacerse oír en la capital del Reino, lanzándole a la cúpula patronal un aquí estamos, cuidado, en tiempos en los que la bonanza económica y, quizás, la mala influencia de algunos ladrilleros hicieron que pecara de ciertos aires de grandeza. La pesadilla de la crisis le despertó del sueño, porque era sólo eso, un sueño, de moldear sendas masas de capital que compraran un banco y tomaran, a través de una Sicav, que es una sociedad de inversión para ricos, participaciones en grupos de relevancia para Andalucía, cuando a duras penas se arranca de esos ricos la cuota de pertenencia a la organización.

Tras ser derrotado, mandó dardos a Díaz Ferrán, poco menos que diciéndole esta CEOE es ahora un caos, aunque se tragó el orgullo y renunció a un segundo asalto al aceptar la Presidencia de su Comisión de Relaciones Laborales. Desde ésta, como otrora a la sombra y que otro haga de malo (nunca ha pronunciado la palabra reforma), es partícipe del fracaso del diálogo social. Una cosa es Madrid, donde se habla de modelos de contratación (y, por tanto, de despidos), y otra bien distinta, Sevilla, pues aquí se juega con los incentivos como reina del tablero.

Al indagar sobre la persona, de entrada te advierten de que el herrador no es Colunga, no es que sea seco como una mojama, pero tampoco la alegría de la huerta. Coinciden, eso sí, en que es "el mejor amigo de sus amigos" y un amante de las tradiciones andaluzas. Cada Lunes Santo se mete en la túnica de nazareno de su sobria Hermandad de las Penas y presume de jinete consagrado, rociero, bailaor de sevillanas, sevillista, andador más que deportista y entendido de toros. Es poco de alcohol y come como una lima.

Debilidad por sus nietas, y esto pasa por ser padre de tres varones. "Salud y persistencia de hierro", bromean amigos al comentar que su apellido, "en todos los sentidos", le viene al pelo, éste blanco por completo, típico de un abuelo de padre cántabro y madre de Villanueva del Ariscal, pueblo que lo tiene como hijo adoptivo, y él orgulloso.

Es accionista de ocho empresas y suma media docena de cargos en consejos de administración y consejos asesores, pero más que empresario, atiende al perfil de profesional -y a sueldo- de la patronal, para la que trabaja desde 1977. Cuando se licenció en Derecho, Santiago Herrero (17 de agosto de 1947) quiso ser funcionario público. Hoy lo es de una fragua llamada CEA.

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