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El huracán

el 31 oct 2012 / 20:44 h.

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Como española viviendo en Nueva York en un principio pensé que poco tengo que contar, pues mi experiencia del huracán ha sucedido en el calor de un apartamento que no se ha visto afectado, en la suerte de una calle siempre iluminada, en la ventaja de tener la despensa llena de comida y agua. En efecto, mi vida no se ha visto interrumpida, sino todo lo contrario. Ha sido entonces cuando, al pensar en mi propia respuesta, he visto el ojo del huracán:

El huracán ha sido para mí no solo el encierro amable que requiero para mi escritura, sino la pausa, como por encantamiento, de un huracán mucho más silencioso y dañino. Un huracán que va más allá de los vientos que me han despertado estas últimas noches, los árboles desraizados que he visto por las ventanas, las imágenes que todo el mundo ha seguido por las noticias. El huracán del que hablo no se llama Sandy. No tiene nombre porque nadie le llama. Es el huracán de todos los días, la pesadez de la miseria ignorada, del bebé en la teta de la adolescente que pide limosna en el metro. Es el huracán que sopla en el desempleo de mi país. La tempestad del racismo, la ponzoña financiera y la destrucción del planeta a nuestras manos. Ahora que Sandy se ha ido me toca enfrentarme con nuestro huracán diario, con nosotros, con ese viento que también yo soplo con mis labios, irresponsable; pero ahora, ojalá, más consciente.

Mis pensamientos están con todos los que han sufrido los daños de Sandy, y con todos aquellos que, lejos de estas inundaciones con nombre, se hunden a espaldas de los poderes mediáticos.

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