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El increíble hombre martillo

Peter Parker se convirtió en Spiderman tras la picadura de una araña radiactiva. Bruce Banner dio el estirón como el Increíble Hulk cuando le explotó la bomba gamma con la que trabajaba. Si alguna verdad subyace en los tebeos de la Marvel, tal vez Baltasar Garzón Real mutó enMartillomán, el CompetenteNiño Vicente de la judicatura española, por ingerir accidentalmente un buchito...

el 15 sep 2009 / 17:26 h.

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Peter Parker se convirtió en Spiderman tras la picadura de una araña radiactiva. Bruce Banner dio el estirón como el Increíble Hulk cuando le explotó la bomba gamma con la que trabajaba. Si alguna verdad subyace en los tebeos de la Marvel, tal vez Baltasar Garzón Real mutó enMartillomán, el CompetenteNiño Vicente de la judicatura española, por ingerir accidentalmente un buchito de súper en la gasolinera donde trabajaba para costearse los estudios. Sólo desde el universo mítico del cómic puede explicarse la proeza lograda por el segundo de los cinco hijos de un humilde agricultor de Torres

(Jaén), un muchachete que iba para cura y que hoy, día en que cumple 53 años, si necesitara una foto suya no tendría más que irse al Google y preguntar por la defenestración del clan gallego de los Charlines, la demolición del entramado financiero de la ETA, el desmantelamiento del GAL, la detención de Augusto Pinochet, la imputación por genocidio de Cavallo y otros noventa militares argentinos, la ilegalización de Batasuna y la apertura de un juicio de facto almismísimo Franco, que es lo

que pretende ahora salvo que le demuestren que el gallego está lo bastante muerto como para considerar extinta su responsabilidad penal. Todo eso lo ha hecho con la mano del martillo; con la otra se ha escrito mientras tanto tres libracos, uno de ellos sobre sí mismo visto desde la perspectiva de la historia, o sea, bajo el título Un mundo sin miedo. Como corresponde alnumber one del star system de la Audiencia Nacional, Garzón tiene muchas puñetas, pero lo peor que dicen de él es que es vanidoso y que se encanta. De ahí que lo llamen también Superego, que es nombre de superhéroe puesto a mala idea por sus adversarios habituales, el Duendecillo Facha y otros supervillanos de tebeo. Sabe Dios si

es verdad o sólo la clásica calumnia asociada al éxito. Siempre hay un velo de intriga alrededor de los semidio ses y de sus defectos. Y de sus debilidades. Hay quienes murmuran que la peor de todas se le manifestó en la primavera de 1993 cuando, tras muchos años de castidad ideológica, acabó perdiendo la virginidad política con Felipe González, con quien accedió a irse al lecho del poder, dicen que por amor, sin sospechar el pobre que habría de despertar en una cama fría y sin más compañía que la

de un sobre en la mesilla donde le habían dejado una triste Secretaría de Estado. Ignoraba el jaenés que a los gobernantes siempre les ha gustado irse de jueces, pero de aquel desengaño acabó sacando dos cualidades que lo harían único en lo sucesivo: una, la decisión de reconciliarse con su independencia de toda la vida, para no volver a sufrir semejantes cuitas; otra, un mechoncillo blanco que se le formó sobre la frente y que hacía pensar que estaba a punto de convertirse en un gremlim malo y plenipotenciario, como Guizmo, cuando en verdad era el origen de un encanecimiento general, de una sublimación a lo Charlton Heston en Los Diez Mandamientos, a lo Luz Blanca de Tolkien, a lo Juez Estrella, a lo mago Dumbledore capaz de enfrentarse con su varita en forma demartillo a todos los mortífagos de las tinieblas. Ahora quiere el Mago Baltasar abrir las fosas para ver cuántos nombres

muertos y cuántos crímenes inéditos ocultan, y hay quien se queja mucho. Lo malo de ser superhéroe

es ese incordio de estar rodeado de arañas radiactivas prestas a pegarle a uno un picotazo al menor descuido, pero, de momento, cada vez que él actúa son otros los que se suben por las paredes o los que se rasgan las vestiduras. Dice Su Señoría, impertérrita ella ante esas críticas, que no hay nada como entregarse uno a la ley en cuerpo y alma, pero lo cierto es que nunca se le ha visto sonreír tan a gusto como cuando dio su primer mitin. Quién dijo miedo, podría haber titulado su libro. Eran otros tiempos.

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