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El inquilino de la Catedral

La increíble infancia de Juan Velasco, el ‘Oliver Twist sevillano’, seise, cicerone y cantor, es un viaje insólito y entrañable a los años cuarenta.

el 01 jun 2014 / 21:06 h.

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15788535 El inconfundible baile de los seises, un cuerpo al que perteneció el protagonista de esta historia durante unos tres años. / Jorge Zapata La pequeña gran historia de Juan Velasco comienza en un cuadro muy famoso: Las cigarreras, que se puede visitar en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Y termina en otro. Pero eso ya se verá. De momento, toca hacer las presentaciones: la mujer que está amamantando a un niño en el lienzo de Gonzalo Bilbao es la abuela de nuestro protagonista de hoy, conocida como Anita la Fernanda, y el bebé habría de ser su padre, Manuel. Juan –o Juani, como lo llamaban de chiquillo–, el benjamín de la casa, no llegó a conocer a sus padres; su madre murió de leucemia después de dar a luz a 16 criaturas, de las que solo sobrevivieron cuatro. A Manuel lo fusilaron los fascistas frente a las Mercedarias. Entre semejante profusión de calamidades desembocó en la vida Juani, que había venido al mundo con dos estrellas, una mala y otra buena. La mala, haberlo hecho en el año aciago de 1936. La buena, que fue en la noche del 5 de enero, mientras los ecos de la Cabalgata de los Reyes Magos, pasando por Santa Catalina, resonaban en su habitación de la antigua maternidad de la calle Santiago. El destino le anunciaba una vida de desdichas, pero le regalaba también, como antídoto para sobreponerse a ellas y como arma para vencerlas, el tesoro de la ilusión; como si un hada buena y otra mala le hubiesen hecho, cada una, un obsequio de bienvenida. Y con ambos presentes compuso este Oliver Twist sevillano el precioso, triste, insólito y maravilloso relato de su infancia, que aquí se va a contar por primera vez. 15788547 El señor Juan Velasco, testigo de la Sevilla de los años cuarenta. / Carlos Hernández «Mi madre murió con 36 años. Yo fui el último de sus hijos. Muchos de ellos murieron de tuberculosis y de otras muchas cosas que había entonces», cuenta Velasco. «Cuando fusilaron a mi padre me quedé al cuidado de mi abuela, Anita la Fernanda, una de las mujeres más buenas que he conocido en mi vida, que vivía en un corral de San Bernardo y la querían muchos los vecinos. Vivió hasta los 104 años. Nosotros éramos muy pobres. Yo estaba en la calle todo el día. Por las tardes veía pasar a los demás niños con su carne de membrillo o su pan con chocolate, y yo, con el hambre que tenía, me preguntaba de dónde lo sacarían, hasta que comprendí que les daban una merienda en el colegio. Un día, harto ya –tenía yo cinco añitos–, me dije que yo quería también lo mismo que ellos, así que me escapé, cogí y fui al colegio de los Jardines de Murillo, de donde eran estos niños que yo había visto, y llamé a la puerta. Sale una mujer vestida de blanco y me dice:¿Tú quién eres?, y le digo: Soy Juani. Quiero entrar en el colegio. Le haría gracia, porque me presentó a la directora, doña Isabel, y me dio de merendar. Hablaron con mi abuela y ya me metieron allí. Los babis de los niños tenían bordada cada uno una cosa diferente para distinguirlos. El mío tenía una guitarrita, porque yo cantaba. Cuando venía alguien, me llamaban para que cantara un fandango y me daban una gorda». El jorobado «Un día, estando yo ya en el colegio de San Bernardo con ocho años, apareció por el barrio un señor jorobado, que por lo visto era músico. Venía buscando niños huérfanos que supieran cantar para ir a los seises de la Catedral. Entonces los vecinos me señalaron a mí, como yo tenía buena voz y me gustaba... Mi abuela le dijo que eso cómo iba a ser, que iba a perder el colegio, pero él dijo que no perdería el colegio, porque vendría un señor a cuidarnos y a darnos clases todos los días dos o tres horas, y encima yo ganaría 60 pesetas al mes. Y a mi abuela –eran otros tiempos– le pareció bien». 15788538 Detalle de ‘Las cigarreras’, de Bilbao, con la escena de Anita la Fernanda. «Entré de seise en el año 44 y estuve hasta el 46. Llegué a ser el mejor niño cantor de Sevilla. Pero antes de eso, en maestro de capilla de la Catedral, don Norberto Armandoz, me hizo una prueba, me pidió que le diera la escala... y me eligieron. De día cantaba en la Catedral desde muy temprano, o ayudaba en las misas, y de noche me iba a casa a dormir. Hasta que, viendo los canónigos que los niños llegábamos tarde y éramos indisciplinados y eso, dijeron que lo que les interesaba era que nos quedáramos a dormir en el Colegio San Miguel, donde hoy está el Pasaje de los Seises. Éramos siete monaguillos y yo. Nos prepararon una nave que a los niños nos daba muchísimo miedo, repleta de cuadros de hombres mayores vestidos de negro que nos miraban a los ojos que parecía que estaban vivos». «Allí vivían también las costureras que cosían para los curas de la Catedral. Y un cojo [cuyo nombre no hace al caso] y que era de San Nicolás del Puerto, que vivía con su madre. Este era el que se suponía que iba a darnos dos horas de clases todos los días, y no nos dio nada. La madre era una mujer muy mayor y muy buena que se ve que estaba muy falta de cariño. A mí me quería mucho y me invitaba a pasar a su vivienda, y cuando sentíamos venir al hijo me escondía. Este tenía muchas peleas con la anciana:que si la comida estaba fría, que si le faltaba no sé qué camisa por planchar... Y a mí me daba mucha pena». La mayoría de estas discusiones las escuchaba Juani desde la nave en la que dormía con cada vez menos compañeros; los demás niños dejaron de ir a los pocos días porque les daba miedo la nave con sus retratos, vivían con una gran escasez de todo –«no teníamos jabón, ni toalla, ni peine; no comíamos allí»– y bastó que lo contaran en casa para que sus madres se los llevaran de vuelta. Juani, que nada más que tenía a una abuela cuya economía no era precisamente boyante, procuró tomárselo de otra manera, dentro de lo posible: «Por la mañana me levantaba y ayudaba a misa. Terminaba y a las diez empezaba el coro con don Servando. Luego tenía libre, y me iba a buscar extranjeros para enseñarles la Catedral y subirlos a la Giralda. Luego me iba y le llevaba a mi abuela el duro o lo que fuese que hubiera ganado haciendo de guía. Comía, jugaba y a las nueve y media de la noche volvía al Colegio San Miguel, porque a las diez tenía que estar ya acostado». En la cripta «Una noche sentí que el profesor le estaba pegando a su madre. Salté de la cama, me fui a la puerta, entré, lo agarré, tiró a la madre al suelo, me cogió a mí por la cabeza, cerró la puerta, se quitó la correa y me dio hasta que se cansó. Ese era el que tenía que cuidarnos», recuerda Juan Velasco, con las lágrimas asomándole a los párpados a sus 78 años: hay cosas que no se olvidan y dolores que jamás se restañan. La abuela fue a pedirle explicaciones cuando vio las marcas en la espalda del nieto, siempre según el relato de este, pero el tipo aquel le dijo que el problema es que el niño era muy travieso y al final ella, mal que bien, se conformó. Seguían siendo otros tiempos. Los canónigos de aquella época no tenían la menor idea de estos comportamientos, pues de otro modo los habrían corregido sin la menor duda: «Los niños no decíamos nada entonces», explica Juan. INVESTIGACION TUMBA DE COLON Mausoleo de Colón. «Unos días después, llego a dormir y me dice un peón de la Catedral (de los seis o siete que había, encargados de poner las sillas, montar cosas y todo lo que era el mantenimiento y eso), uno al que apodaban el Catalán y que era una bellísima persona, que no fuese a la nave de siempre. Me llevó a la Catedral. Había allí una losa con una argolla, cerca del mausoleo de Colón, levanta la tapa y me dice: Ahí abajo tienes que dormir. Esta vez, a diferencia de lo que había venido siendo su dormitorio al otro lado de la Avenida, no sintió miedo. La losa se quedaba levantada toda la noche y él salía y entraba para recorrer a su gusto, como un juego, la soledad inmensa y negra de la Catedral durante la noche, por más que la cripta fuese un poquito imponente: «Allí abajo había un sepulcro, un altar de mármol rosa, dos jarrones con flores resecas (como si hubiese pasado un año desde que las pusieron ahí), unas seis u ocho lápidas pequeñas en una pared y, para mí, un camastro con una mantita, un trozo de vela y una cajita de cerillas. Allí dormí meses». «Yo, de noche», prosigue Juani, «me iba a dar vueltas por la Catedral. Una noche, la víspera de la Virgen de los Reyes, sentí voces de madrugada y fui con mucho cuidado hasta la Capilla Real. Vi que estaban terminando de arreglar el paso con una escalerilla plegable. Serían las cuatro de la mañana, y lo ponían todo menos los nardos, que los dejaban en agua hasta última hora para que estuviesen frescos. Total, que los hombres aquellos se fueron dejando allí la escalera y yo me subí al paso y estuve un rato jugando con los zapatitos del niño y los anillos de la Virgen, y así seguí por lo menos quince o veinte minutos». De incógnito Un día decidió que tocaba darle un cambio a su vida, dejó todo aquello y se fue adonde su olfato le decía que podía estar el negocio: en la calle, buscando a turistas para mostrarles la Catedral. «El problema es que allí fuera había unos señores con permisos del Ayuntamiento, autorizados para acompañar a los forasteros, y veían con muy mala cara que yo me llevaba a una pareja, y luego a otra, y a otra, y les dio mucho coraje. Hasta que cogieron y fueron al Palacio Arzobispal a quejarse al cardenal Segura». Todo el mundo sabe cómo se las gastaba su eminencia reverendísima. El primero que lo sabía era Franco, y de ahí para abajo toda la pirámide de población. No era el hombre más adecuado para ir a tocarle las narices. Pero Juani tuvo suerte, según su narración. «Segura me llamó y me dijo: ¿A ti qué te pasa con esto que me cuentan de los turistas?, y yo le dije que me hacía falta el dinero para comer. Y me dice el cardenal: Pues mira, tú, cuando quieras, vas y los llevas a ver la Catedral. Y si alguien te dice algo, vienes y me lo dices a mí». Eso tuvo que ser impresionante. «Y entonces dio orden:A este niño no se le toca. Es asunto mío. ¡Y por lo que me contaron luego, les formó una bulla a los guías...!». Y más suerte tuvo todavía el mozalbete. «Un día me ofrecí como guía a una pareja, me aceptaron y me di cuenta de que eran el Aga Khan y Rita Hayworth, que estaban de incógnito. No subieron a la Giralda (eso, que lo hiciera el rey San Fernando que tiene el pecho de lata). Los acompañé de vuelta al Hotel Alfonso XIII y me dieron 300 pesetas. ¿Usted sabe lo que eran entonces 300 pesetas? Pues le voy a contar lo que hice: en el Cine Coliseo estaban echando una película famosísima, El ladrón de Bagdad. Entonces me fui a la confitería La rosa, que estaba frente al Sagrario, y me compré una docena de pasteles, me metí en el Coliseo y me subí arriba a ver El ladrón de Bagdad mientras me los zampaba». «Al cardenal Segura le gustaban mucho las peladillas. Él estaba en su despacho y yo, cuando iba a verlo, me sentaba allí con un tebeo. Me mandaba a La española, en Tetuán, a por dos bollos de leche y peladillas», recuerda Juan Velasco. El hombre del jamón Segura se empeñó en hacer de él un hombre de provecho. Le dijo que ya estaba bien de andar por la calle y que tenía que entrar en un seminario. «Yo le dije que no quería ser cura, y él me contestó que no tenía por qué serlo, que en los seminarios de entonces enseñaban a muchos chiquillos. Que fuera de su parte». Y eso hice. Pero en vez de ir a clase me metí en la cocina, me subí en una mesa y me puse a cantar. Y las monjas me cogían en brazos, me daban chocolate. Estuve yendo unos días». Viendo que había errado el tiro, el cardenal le dijo que fuese al conservatorio, ya que lo que le gustaba era el arte, «pero yo hice lo mismo: fui un par de días y volví a irme a la calle, a cantar ». Su eminencia le dijo que si no le gustaba el seminario y tampoco el conservatorio, que estudiara Artes y Oficios, «porque dibujaba bastante bien». Resultado: «Tampoco le hice caso». Pero al menos, en el ambientillo artístico, se fijó en él el artista Juan Miguel Sánchez. «Y entonces me pintó en un cuadro suyo dedicado a los seises, que está también en el Museo de Bellas Artes de Sevilla». Si su historia había comenzado con un prestigioso óleo, su infancia concluía de este modo con otro que acabaría en el mismo museo. «Me dio mil pesetas», recuerda Juani. Pero más recuerda todavía aquella tarde en que estaban su abuela y él asomados al balcón del Corral del Hornillo, en el 25 de la calle San Bernardo, cuando envuelto en una nube de chiquillos vieron llegar a un transportista cargado con un canasto lleno de embutidos, delicias diversas y un buen jamón en lo alto. Era un regalo del artista por el éxito de su cuadro». La historia continuó, pero ya por otros derroteros. Velasco fue al fin un hombre de provecho y si llegó a dormir en una cripta también lo hizo en hoteles de cuatro estrellas. Sigue siendo un guía formidable de la Catedral (solo para sus íntimos). Tanto así que la semana que viene contará aquí uno de sus más curiosos, extraordinarios y desconocidos secretos. Por lo pronto, ya ha desvelado en esta entrega de hoy cuál es el monumento más importante y más grande que tiene Sevilla: la memoria de sus mayores. Hablar con ellos, escucharlos. He ahí el destino por excelencia.

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