Economía

«El investigador es un funcionario extraño. Casi nunca se pone malo»

Tras siete años en la presidencia del Instituto Andaluz de Investigación y Formación Agraria, Hermosín pasa a ser la coordinadora del Área de Ciencias Agrarias del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y vislumbra un futuro de campos sembrados con fármacos y plantas con componentes funcionales. Foto: Javier Díaz.

el 15 sep 2009 / 19:28 h.

Tras siete años en la presidencia del Instituto Andaluz de Investigación y Formación Agraria, Hermosín pasa a ser la coordinadora del Área de Ciencias Agrarias del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y vislumbra un futuro de campos sembrados con fármacos y plantas con componentes funcionales.

-¿Se le quedó pequeño el Ifapa?

-No. En principio, yo me marqué un límite de cinco años para estar fuera de mi institución, que ha sido siempre el CSIC, y fuera de mi profesión, porque aunque seguía en contacto con la investigación, al fin y al cabo lo que hacía en el Ifapa era gestionar la investigación. Al final me sobrepasé, fueron siete años.

-¿Y cómo ha sido la vuelta?

-Justo cuando tenía pensado volver, desde la presidencia del CSIC se me propuso coordinar el Área de Ciencias Agrarias. Mi intención real era regresar a mi despacho y a mi grupo de investigación, aunque de él nunca me desligué del todo. Pero si mi institución me pedía un servicio, no se lo podía negar, pues lo había hecho ya para otra, el Ifapa, y además es más compatible con la investigación.

-¿Se es más o menos investigador si se lleva o no bata?

-Son distintas etapas en la profesión de un investigador. En las disciplinas agrarias, hace 15 años ser investigador y no llevar bata era extraño. Hoy, no. Ahí están los bioinformáticos, que trabajan con datos generados en laboratorios y que, a través de la teledetección, modelizan proteínas y virus para ver los cambios que se pueden generar en una planta... Eso sí, al final el laboratorio lo pisas cada vez menos, porque tienes que estar dedicada a la gestión de proyectos, a ver resultados, a escribir...

-¿Por dónde van y cómo se estructuran las investigaciones agroalimentarias en el CSIC?

-Son dos áreas pero con círculo común. Las ciencias agrarias se dedican a las producciones agraria y ganadera y a la investigación de la planta como biofarming, como factoría de productos de alto valor añadido, y su aprovechamiento energético. Después está el área de tecnología de los alimentos, donde se incluye la agroindustria. En algunos centros ambas áreas están compartidas, al buscar la misma estrategia. ¿Por dónde caminamos? En el caso de la agraria, hacia cultivos menos costosos para los agricultores y el medio ambiente y de alta calidad en los componentes que se buscan, tales como fibra, almidón u omega 3. En suma, alta calidad y sistema sostenible y, con las ventanas tecnológicas que se abren, la agricultura va a cambiar mucho.

-¿Cuántos centros y qué presupuesto?

-Propios del área, 16, pero otros 5 son compartidos con otras. No son estancos, sino que cada vez más se comparten con otras instituciones, como universidades y organismos investigadores de las comunidades. En cuanto al presupuesto, el propio es escaso al captarse mucho fuera, vía empresas y convocatorias públicas, en programas europeos o de la propia Junta de Andalucía. En total para las ciencias agrarias, unos 100 millones de euros. El presupuesto no es un problema, aunque quizás el año que viene con la crisis...

-¿Y personal?

-350 investigadores, siendo el crecimiento de la oferta de empleo público en estos últimos cuatro años del 30%, un esfuerzo que el CSIC ha cumplido con una política sostenida de recursos humanos no tanto en cantidad, pues siempre hay picos de máximos y mínimos, pero sí en calidad del personal. Quien siembra recoge, y eso es lo que está haciendo. La guinda del sistema ha sido el trabajar por objetivos, casi igual que en una empresa, con una organización a cuatro años que se evalúa al finalizar cada ejercicio, y en la que se detalla por centros qué grupo va a hacer qué, con cuánto personal y con qué financiación y de dónde la va a sacar. Si se alcanza el 100% de los objetivos, tenemos un premio, y si no...

-Hay quienes dicen que los centros públicos han estado más para mayor gloria del currículum del investigador que para una utilidad práctica.

-El investigador trabaja para lo que le pide el que le paga y, por supuesto, donde consigue los fondos, ni más ni menos. En 1985, su productividad comenzó a medirse por artículos científicos de calidad y eso constituyó un marchamo increíble y ha contribuido a colocar a la ciencia española entre los primeros puestos del ranking mundial. Y trabaja no sólo por el dinero de más, que al fin y al cabo es una miseria, sino por el prestigio de esa productividad y, además, por los fondos adicionales que se captaban para seguir investigando. El investigador, además, hoy día busca problemas reales, entre otras cosas porque es más satisfactorio resolver lo real que inventárselo sin estar seguro de que en lo que trabaja va a tener interés.

-Y entre esas dos alternativas, ¿cuál es la apuesta del CSIC?

-Por las dos cosas. Y aunque algunas no tengan ahora interés, hay que irlas trabajando para cuando lo tengan. Pero hoy día, eso sí, en general el investigador busca primero cuál es la conexión real o el resultado práctico. El chip ha cambiado, y la prueba está en la cantidad de investigadores que montan una empresa a raíz de una idea que ha cuajado de sus investigaciones. Patentes y empresas están ya en el currículum y en las ciencias agrarias estamos muy bien posicionados.

-Pues otro déficit clásico aún al uso es la falta de conexión entre la empresa y el investigador...

-Son muchos los proyectos que nos unen. Entre el 15% y el 20% de nuestra actividad investigadora está asociada a la petición concreta de una empresa. Sin ir más lejos, hace una semana una multinacional vino interesada en una planta con alto rendimiento en aceite para biodiésel pero con un componente venenoso, a ver cómo, modificándola genéticamente, lo eliminamos.

-Eso suena a transgénico.

-No. Es una modificación genética pero con las técnicas de mejora de toda la vida. La genética tiene un problema y es que la hemos vendido muy mal. ¿Qué ocurre con los medicamentos? El organismo humano tiene sus defensas y cuando éstas no lo protegen, llega la enfermedad. Con el medicamento, se aumentan o se refuerzan. Pues la genética hace lo mismo, con la diferencia de que la mejora natural, la clásica, tarda mucho, de ahí que se fuerce y se dirija en laboratorio.

-¿Transgénicos sí o no?

-Sí, siempre que se cuide la biodiversidad. ¿Por qué negarnos a un progreso que nos va a proporcionar una vida mejor cuando hoy los controles son intrínsecos a la labor de investigación? La insulina se obtiene de una planta transgénica, y muchas vacunas, también. Y es algo que necesitamos porque el mundo sigue pasando hambre.

-El CSIC está diseñando otro plan cuatrienal. En ciencias agrarias, ¿por dónde van los tiros?

-Seguiremos divididos en disciplinas, con 60 líneas de investigación, que comprenden desde la biotecnología hasta la mejora varietal clásica, dedicada tanto a alimentos de mayor calidad como a producir defensas contra enfermedades, pasando por un manejo adecuado del suelo, la teledetección, no sólo en los sistemas de riego, también en la detección de enfermedades y procesos bioquímicos de la planta, porque son claves tanto de su salud como de la salud del fruto. Vamos hacia una agricultura de precisión, no extensiva pero sí intensiva, orientada hacia una finalidad concreta, como fármacos o complementos de alto valor añadido y con una funcionalidad específica para los alimentos.

-En esas 60 líneas, ¿no hay rendija para colar transgénicos?

-Ya trabajamos con ellos en espacios confinados, pero son a nivel de experimentación, no podemos pasar de ahí.

Puede leer la entrevista completa en la edición impresa de El Correo de Andalucía.

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