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El jardín de los ricos

Un día de abril de 1992 la ciudad de Sevilla inauguró un jardín con 500 especies traídas en su mayoría desde 21 países hispanoamericanos. Las mismas variedades que habían sido clasificadas y dibujadas por primera vez por Celestino Mutis en su expedición al Nuevo Reino de Granada, a finales del XVIII. Tesoros botánicos destinados a consolidar en nuestra ciudad...

el 16 sep 2009 / 05:14 h.

Un día de abril de 1992 la ciudad de Sevilla inauguró un jardín con 500 especies traídas en su mayoría desde 21 países hispanoamericanos. Las mismas variedades que habían sido clasificadas y dibujadas por primera vez por Celestino Mutis en su expedición al Nuevo Reino de Granada, a finales del XVIII. Tesoros botánicos destinados a consolidar en nuestra ciudad un espacio verde único en el mundo. Un pulmón en la ribera del río que era a la vez un ancla para las historias comunes de Sevilla y América.

El jardín se fue marchitando a la vez que se apagaban los fuegos artificiales de la Expo 92 hasta caer en la distancia, que ha demostrado ser el olvido para las instituciones. A su vera fue creciendo un parque tecnológico y fue regándose profusa y onerosamente un parque temático de cartón piedra. Una isla falsamente mágica frente a la magia auténtica de la América enraizada que iba agostándose a orillas del Guadalquivir. Se invirtieron tantos recursos en las norias y los cacharritos de nueva generación y en la mentirosa piedra indiana de poliéster como se le negaron a los plantones que habían cruzado el charco.

Si algo caracteriza al pasado reciente de la abundancia es el haber actuado como nuevos ricos a los que todo nos sobraba. Auténticos ignorantes a los que todo nos era dado. Ha sido característico despreciar lo sencillo, lo pequeño.Se ha confundido valor y precio por gente que lo sabía todo y no comprendía nada y esa actitud nos ha empobrecido más por dentro que por fuera. El jardín americano es un ejemplo cercano y palpable. Ahora se anuncia el final del proyecto de su recuperación. Y no es más que un eufemismo: de las 600 especies originales sólo quedan 200, según las administraciones al cargo del proyecto.

Algunos colectivos y expertos calculan que no más de 40 han resistido los embates del tiempo y la desidia. En ese carrusel de trapacerías cometidas con lo público, la llamada y siempre ausente sociedad civil ha dado la cara por el proyecto. Ecologistas, plataformas ciudadanas, profesores, investigadores, gentes que llevan 17 años gritando al aire la pena de ver cómo se moría un espacio único. Nueve millones de euros -1.500 millones de pesetas- han sido necesarios invertir para recuperar el jardín.

Como si el dinero lo regalaran. Ha sido preciso montar un nuevo sistema informático para el control del riego, pese a que el sistema original fue presentado como la quintaesencia de la tecnología aplicada a estos usos y ya costó un riñón de los del 92. Pero da igual, esta sociedad por lo visto puede permitirse montar jardines fuera de hábitat, dejar que mueran y recuperarlos a base de talonario, como un Florentino Pérez cualquiera. Sin descartar que la misma negligencia se repita. ¿Por qué no iba a repetirse?

Si son ustedes de los que seleccionan con especial mimo las lecturas de verano, permítanme una recomendación encarecida: Sevilla, ciudad de las palabras, de Concha Caballero (RD editores). Aparte de ser uno de los libros mejor escritos que he leído en tiempo, es una joya que no deben perderse. El recorrido literario por Sevilla quita el aliento. Es imposible no deparar en cómo la belleza de la ciudad y de modo especial sus jardines, su naturaleza, deslumbraba a cuantos la visitaban y tenían la suerte de habitarla, muchos de ellos convencidos de haber llegado al Edén, como afirma la autora.

"Recordando mi dulce paraíso perdido/lo que me rodea se convierte en desierto y soledad/ la soberana pompa del caudalosos Nilo/ se eclipsa ante la gloria del Gran Guadalquivir", escribiría el historiador andalusí Ibn Said al-Magribí en el siglo XII, desde Egipto. Cuatro siglos después, el escritor Andrea Navagero viene a Sevilla como embajador de Venecia y le coge rápido el aire a la cosa: "Un poco distante de la orilla hay unas colinas bellas y fertilísimas, llenas de naranjos, limoneros y cidros y de toda clase de frutas delicadísimas, debido todo lo más a la naturaleza que al arte, porque la gente es tal que pone en esto poquísimo cuidado".

En pleno relato de la Inquisición, Concha Caballero, ha seleccionado un pasaje de Dostoievski en el que entre la negritud siniestra que sobrecoge al propio Papa Sixto IV -"proceden sin observar ningún orden de derecho, encarcelan a muchos injustamente, les someten a duros tormentos, les declaran herejes y expolian sus bienes de lo que han matado"- desliza la hermosura sensible y aterciopelada que destila la ciudad: "Muere el día, y una noche de luna, una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede".

Blanco White anhelará desde Liverpool "la fragancia de las auras, los murmullos de las fuentes, el hálito de los naranjos que casi trastorna los sentidos (..) cuánto realce les da la misteriosa estrechez de un jardín morisco". Rubén Darío hallaba "rosas en el invierno" sevillano y Cernuda recordaba el Jardín Antiguo: "En aquel jardín, sentado al borde de una fuente, soñaste un día la vida como embeleso inagotable. La amplitud del cielo te acuciaba a la acción; el alentar de las flores, las hojas y las aguas, a gozar sin remordimientos". Vivimos tiempos más prosaicos, pero no descartemos que algún vate contemporáneo le cante alguna vez a la insobornable belleza del programa informático para el control del riego de este edén que hemos resucitado por la módica cantidad de 9,5 millones de euros.

ahernandez@correoandalucia.es

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