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El juego del alba

Miles de historias menudas y bostezos grises escriben cada amanecer el tierno y provinciano despertar de Sevilla.

el 25 abr 2011 / 19:24 h.

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Una muchacha con cara de haber dormido muy poco (y de no tener la menor intención de hacerlo en las próximas fechas) se chuperretea la rodilla en el cartelón de la marquesina de la parada del 1. Ni Loewe ni loewa: puede usted jurar que eso es lo último que apetece hacer a esa hora, las siete y veinte de la mañana, en esa Enramadilla donde el apeadero de San Bernardo arroja cada cuarto de hora, antes del amanecer, su vómito matinal de malpagados. Más que lamerse las articulaciones, en esos vagones del cercanías lo que hay es mucha gente que se da con un canto en los dientes, como vulgarmente se dice, por tener un empleo al que acudir pese al terrible madrugón. Una horda de afortunados, en definitiva, cuya mitad dormita en el tren o reduerme (que viene a ser más o menos como recalentar un sueño) o se espanta las legañas. Alguna lleva el pelo tan agreste que las horquillas dan la sensación de estar atrancando la puerta de un castillo repleto de civiles aterrorizados mientras una horda de orcos arremete con arietes rematados con hierros en forma de cabeza de carnero. Bajo esas cabelleras barrocamente talladas por la almohada y tras esas comisuras caídas de cansancio, todavía hay quienes consideran adecuado aprovechar ese tránsito ferroviario de quince minutos formando su espíritu, o sea, creando poco a poco su propio destino. De entre la media docena larga que van leyendo en ese vagón, hay una muchacha bravamente enfrentada a los codiciosos intentos de obtener el poder, que no es poco enfrentamiento: Capitanes y reyes, de Taylor Caldwell. Lo lleva muy avanzado, pobre familia Armagh (¿pobre?). Los bordes tienen el color que cogen los libros en el mueble bar de una casa de fumadores, lo cual lo convierte, a su vez, en un libro medio dormido o sacado de un largo sopor, que es lo que pega en este tren silencioso desde cuyos ventanales se divisa (malamente, porque fuera es de noche y dentro es de neón, y eso da unos reflejos espantosos) el primer gran atasco de la SE-30, repleta de luces de frenos.

Por alguna razón no relacionada con la prisa en sí, sino con la prisa interior, la gente parece especialmente interesada en alcanzar la escalerilla mecánica antes que todos los demás, aunque sea a costa de hincarle la bicicleta al prójimo en el bazo (hablando de arietes). Arriba, en la calle, aún quedan aparcamientos. Tres mujeres, las mismas de todas las mañanas, toman café en un velador del bar del apeadero y un arrullo incesante de palomas y tórtolas, mezclado con el choteo de los mirlos, escolta todo el camino hacia el centro bajo los últimos jirones de la madrugada, que empieza a azulear sin que se oiga una sola palabra entre la legión dispersa que camina hacia San Fernando.

Es un trecho para recorrer admirando los brotes nuevos de los plátanos de la Avenida de Carlos V, antes que mirando ese suelo como sucio de tres días que habla a las claras de la condición del sevillano: paquetes de tabaco, topes de plástico para obras en medio del carril bici sin que nadie se tome la molestia de apartarlos, papelotes, una vomitera en la esquina con la Borbolla, porquerías inclasificables a todo lo largo del perímetro de los Jardines del Prado... Incluso así de cochambrosa, es tan bella Sevilla a esas horas que da la sensación de que uno está jugando a ir al trabajo. Es un placer hacerlo en mangas de camisa, bajo un relente en retirada que ya no muerde, lleno de olor a parque que despierta.

Los pájaros, el aroma a mañana fresca, el bellezón de los árboles en flor ante la Universidad... ¿ensueño, poesía? "¡¡¡Ponle un chupito de cerveza, que verás como no te dice que nooooo!!! Juaaa, ja, ja, ja", brama un camarero, o tal vez dos, arrastrando mesas y haciendo añicos a grito pelado el embeleso de la escena anterior. Es el habla inhóspita y desaprensiva que no distingue entre oreja ajena y muralla de Jericó, entre decibelio y homicidio, entre persona y venado. Y ahí que, espoleados por ese desabrido griterío de una sola voz, empiezan a hablar también los peatones, y a una muchacha se le oye que está firmemente dispuesta a saltarse "la primera monserga", que a juzgar por el tono debe de tratarse, lo crean o no, de alguna especie de asignatura de entre las menos estimulantes del cuatrimestre. Después viene un cascabelero buenos días que se dan ex aequo dos señores con corbata, por un lado, y una señora con aspecto de jefa de negociado, por otro, llenando de ecos de taconazos la fachada de Correos. Más allá, frente al Sagrario, un señor de mediana edad con alegre sonrisa de oficinista hace sonar el timbre de su bici para saludar a otro colega; se ve que nada de eso ocurre por primera vez. ¿Qué indica esto? Que debería ser inhabilitado ipso facto como testigo de un juicio aquel que encuentre algún parecido entre Sevilla y una gran ciudad europea, con sus fragores matinales a lo Cecil B. DeMille, sus rejillas humeantes y su olor a hojalata quemada. Sevilla, antes de las ocho de la mañana, es un atasco con forma de rueda de calentitos en cuyo calmoso interior se desperezan tres gatos.

Un olor a bollos calientes de mantequilla se desparrama por la Punta del Diamante desde el silencioso Horno de San Buenaventura. Ha ocurrido imperceptiblemente, quizá en diez años, tal vez en menos: los amaneceres de Sevilla han perdido su sonido clásico a lechera en estado de fusión nuclear, a platitos blancos cayendo en cascada, a dame dos de churros a voces limpias. Se creyó la hostelería que podría seguir así indefinidamente, que ahí había que hocicar, y no. Ahora, relucientes y calladas franquicias las sustituyen en el noble arte de la media con jamón mientras la gente aligera al otro lado de sus cristaleras. El tranvía los espanta como a gallinas con su sugerente anuncio de Saimaza en el costado: Empieza bien el día, recomienda el eslogan. Y en esto que se apagan las farolas fernandinas. Son las ocho en punto de la mañana. El primer rayo de sol extiende su lechada sobre las rendijas de las azoteas y embellece la bruma del campanario. En el silencio pueblerino de Álvarez Quintero, todavía de color lila a esa hora, como esperando al Corpus, suena un despertador. Una nueva tanda de jugadores se lanzan al tablero, tan hermoso que dan ganas de recorrerlo de rodillas. Cosas más raras se ven por las marquesinas.

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