lunes, 10 diciembre 2018
21:07
, última actualización
Toros

El Juli: un año de tribulaciones

Gran parte del argumento de la temporada 2014 giró en torno a los duelos y quebrantos del diestro madrileño, que comenzó la campaña sin estar en Sevilla y la ha culminado volviendo a sus mejores fueros

el 10 nov 2014 / 12:00 h.

TAGS:

JuliTenemos que rebobinar en el tiempo. Fue el pasado 27 de febrero. La gente guapa se dejó ver por el Círculo de Bellas Artes de Madrid para asistir a un acto sin precedentes. La primera figura del toreo anunciaba a bombo y platillo una temporada cerrada de 30 actuaciones en una gala presentada por los televisivos Nuria Roca y José Ribagorda. Se prometían vino, rosas, gestos, orquestas, baños de multitudes, caricias a los niños y maravillas informáticas pero se obviaba una premisa fundamental que hace único el toreo:el argumento sólo lo marca el toro que sale cada tarde y, sobre todo, el definitivo ser y estar del matador. Olvidaron que en este mundillo no se escriben guiones... Aquella purpurina se ajó muy pronto. Los oropeles no podía ocultar que el gran diestro madrileño atravesaba un desierto interior.  El Juli no se encontraba preparado interiormente para estar a la altura de esa pretendida agenda de prodigios presentada entre celofanes. Tres acontecimientos encadenados pesaban en el ánimo del matador y alimentaban sus propios fantasmas: el primero y más personal -y el menos comentado- era el tremendo accidente automovilístico que había sufrido un año antes junto a su propia familia que -gracias a Dios- salió indemne del lance. El segundo, y más genuinamente taurino, era la cicatriz psicológica de la gravísima cornada sufrida en la Feria de Abril de 2013, la única que en toda su vida le hizo mirar a la otra orilla. El tercero tenía que ver con su supuesta condición -siempre negada- de capitán de las sucesivas asonadas y progresivos pronunciamientos que culminaron con la rebelión coral del G-5. Es historia reciente; Morante, el propio Juli, Manzanares, Perera y Talavante tacharon la plaza de la Maestranza de Sevilla en sus agendas buscando el desgaste de la empresa Pagés pero se encontraron con el derrumbe definitivo del abono y la pulverización de la misma categoría del coso que se reivindicaba en el breve papelito que justificó la asonada. No hay que darle más vueltas. Aquello salió al reves y a la postre se convirtió en la tercera puerta sin cerrar que atenazaba el talento, la capacidad y la valía del auténtico y mejor Juli. Aquella agenda de eventos presentados, lógicamente, no incluía su presencia en la feria de Sevilla que le había visto salir herido y triunfador en el año anterior. Para colmo, la empatía que se pretendía buscar puerilmente en el aficionado sevillano se enrarareció aún más con la decisión equivocada -El Juli acababa de ser padre de nuevo- de suspender el viaje para recoger el trofeo de los médicos sevillanos . Al final sólo se estaban refrescando las circunstancias que rodearon la tortuosa recuperación de la gravísima cornada del año anterio (sin encontrar la definitiva mejoría, El Juli llegó a pedir el alta en Sevilla para viajar a Zaragoza y ser operado de nuevo). Pero aquel mismo día tenía que haber estado en la entrega de los premios de la Real Maestranza de Sevilla. Envió a su mozo de espadas y dejó con un palmo de narices a las fuerzas vivas de la ciudad. En ese punto había fracasado por completo el alzamiento. En esa tesitura, después de barrer el confeti del Círculo de Bellas Artes, El Juli se anotó sucesivos y enrabietados triunfos en Olivenza y Valencia antes de encallar en la corrida pascual malagueña. El evento se había organizado como un pulso -fallido- al Domingo de Resurrección sevillano que mantuvo el músculo contra todo pronóstico. En Málaga no hubo lleno ni triunfo y entre medias se marchó al balneario de Aguascalientes antes de reanudar la auténtica batalla del toreo, que se dirime en este lado del océano. Es verdad que Julián mantuvo el tipo con profesionalidad. Había orejas, triunfos externos, pero algo fallaba por dentro y por fuera: a la crispación en las formas le acompañaba la impresión de encontrarse muy por debajo de sus propias posibilidades. Podemos poner un ejemplo en la yema del verano. El Juli cortó cuatro orejas en Huelva ante un encierro que nunca debió salir al coso de la Vega Larga pero dio la impresión de torero vulgar y tesonero. También habían fracasado los gestos pretendidamente toristas de Nimes -con una escandalosa corrida de Miura- y Bilbao, vuelto a atragantar con los santacolomas de la Quinta y refrescado con un toro de Garcigrande que le permitió tomar aire. A esas alturas, El Juli sabía de sobra que se había equivocado. Lo comenzó a admitir en sucesivas declaraciones que se convirtieron en actos de contrición y propósitos de enmienda. Comenzaban a cambiar las tornas y el torero, desembarazado de las camisas de fuerza que le atenazaban fuera de la arena comenzó a ser él mismo delante del toro. Había llegado la hora de preocuparse sólo de torear. El precoz maestro madrileño había recuperado la felicidad interior y paralelamente, se supo con premeditada antelación que Roberto Domínguez no le acompañaría el próximo año. Poco antes de finalizar la campaña se filtró que el madrileño había puesto sus complacencias en Luis Manuel Lozano. Aún tuvo que arrostrar el cachondeíto que acompaño otro invento malogrado vendido en espanglis, esa corrida de Vistalegre -The Maestros- en la que enseñó su mejor concepto con toros sin presencia y tendidos a medio gas. Ya  había decidido templar el clima de confrontación que le distrajo del ruedo y acabó la temporada a la altura de sí mismo. El primer cometido de su nuevo mentor será encajar a su torero en el abono sevillano sin repartir papeles de vencedores ni vencidos. No será fácil.

  • 1