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El Lebrijano echó mano de su música y nos emocionó

‘Casablanca' es un espectáculo en el que el veterano cantaor derrocha sensibilidad.

el 17 sep 2010 / 05:28 h.

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El maestro fue creciéndose en el escenario del Casino.

Me gusta Juan el Lebrijano cuando canta la soleá, la bulería por soleá, la seguiriya, la cantiña, el tango y la bulería. En estos palos, y en otros muchos, el hijo rubio de María la Perrata ha aportado matices de una manera extraordinaria. Su profundidad -eso que algunos no van a tener nunca, porque te lo pega a la piel tu madre cuando te pare- y sentido del compás han hecho historia. Pero Juan el Grande anda flojo y es consciente de que para pelearse con esos cantes fundamentales hay que estar en forma. Anoche nos quedamos con las ganas de que nos arañara la piel hasta hacernos sangre, de que nos llevara con su honda y venusta voz a la marisma lebrijana con el agridulce de las cabrillas y el vino de la tierra.

Su voz ya no es el latigazo emocional de hace unos años, pero ha madurado y su cabeza se parece cada día más a la de Juan Talega, el león de Dos Hermanas. Hubiera dado anoche cualquier cosa por escucharle la soleá de Juaniquí o la seguiriya de Tío José de Paula, las cantiñas de Popá Pinini o los tientos de Pepe Pinto. Pero anoche, el maestro echó mano de otras cosas, de sus cosas, de esas otras aportaciones musicales que también nos encantan y nos hacen pensar y nos emocionan y son tan necesarias como los ayes lastimeros de Diego el Marrurro o el son de Pinini.

Anoche, con la bombonera del Casino de la Exposición llena de aficionados fieles al de Lebrija, con la presencia de quienes siguen adorando al más Peña de los Peña; anoche, digo, el maestro nos quiso llenar el corazón de música "en estado puro", como dijo en repetidas ocasiones, con cosas de algunos de sus últimos discos, su fusión del flamenco con la música andalusí que tantas satisfacciones artísticas le ha dado y nos ha dado a todos. Aunque él dijera en la rueda de prensa del pasado martes que fue el inventor de la fusión en el flamenco, es incierto: es tan vieja como el flamenco mismo. Pero es bien cierto que fue él quien hace ya décadas se empeñó en acercar lo que un día se separó y nos hizo más endebles musicalmente. Con un inmejorable grupo de músicos, con el prodigioso violín de Falcal Kourrich, la delicada guitarra de su sobrino Pedro María Peña, la precisa percusión de Agustín Henke, la d'arbuka de Josed Boud y el teclado y la impresionante voz de Redouane Kourrich, don Juan Peña nos embelesó con una hermosa música y piezas musicales como En el Soto, El profeta Isaías, Calle San Francisco, Sueños en el aire o Lágrimas de cera. Estaba presente en el patio de butacas Castro Márquez, autor de algunas de estas canciones aflamencadas. Con ellas, en un ritmo quizás algo monótono, el maestro demostró que cuando un cantaor es un creador, cuando ha sabido crear una gran obra, el drama es menor al mermar las facultades debido a los años y a los lógicos achaques. Es un músico tan grande y ha creado tantas piezas musicales, que podría vivir diez veces sin necesidad de imitar a nadie encima de un escenario. Por eso es tan grande, por eso es un clásico, por eso es indestructible, por eso es artista.

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