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El león y el mito

Decía Don Julio Caro Baroja en su nunca bien ponderada obra Los moriscos del reino de Granada que, a veces un texto perdido entre mil resulta fundamental y lo mismo podría decirse de algunas de las noticias del periódico. Me refiero a la del descubrimiento casual (casi milagroso) de una cabeza de león en el espacio donde se levantó el Traianeum...

el 15 sep 2009 / 21:59 h.

Decía Don Julio Caro Baroja en su nunca bien ponderada obra Los moriscos del reino de Granada que, a veces un texto perdido entre mil resulta fundamental y lo mismo podría decirse de algunas de las noticias del periódico. Me refiero a la del descubrimiento casual (casi milagroso) de una cabeza de león en el espacio donde se levantó el Traianeum, el templo dedicado a Trajano en Itálica que, firmada por F.V., llenaba ayer la página 27 de éste; además de dar cuenta del hallazgo, relataba la actividad a la que los monjes de San Isidoro del Campo se habían dedicado durante mucho tiempo siguiendo el lema Ora et labora de San Bernardo.

Por ahí nos hemos enterado de que aquellos monjes eran en el fondo alquimistas: convertían en cal la piedra de columnas y capiteles corintios, esculturas con cánones de Praxíteles y lápidas que rememoraban las hazañas de los veteranos de Publio Cornelio Escipión el Africano. En el siglo XIX fueron muchos los libros que, siguiendo pautas de la Estoria de España, de Alfonso X, hablaban de la terrible destrucción de los restos de la antigüedad romana por las hordas de Tarik y de Muza y de cómo, por culpa de esa voluntad iconoclasta, Sevilla no tenía ni palacios romanos ni catedrales visigodas que demostraran su importancia.

Ahora resulta que fueron los monjes. Pero no hagamos recaer sobre ellos una culpa demasiado pesada. Posiblemente no querían ocultar nada; lo harían por ignorancia y porque, cuando la peste y el cólera asolaban inmisericorde y persistentemente la ciudad, de algún sitio había de salir la cal purificadora que apaciguara la epidemia. Entonces reinaba la ingenuidad; seguro que no pretendieron, diluyendo las piezas romanas en el hervor de la cal viva, construir ese mito. Aquello no fue, ni mucho menos, como el espionaje del PP de Madrid.

Antonio Zoido es escritor e historiador.

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