Cultura

El Maestranza y 'Julio César' sellan un pacto eterno

Por incomprensible que parezca, hasta esta temporada, el director de escena Herbert Wernicke ha estado ausente en las programaciones del Maestranza -imperdonable si se tiene en cuenta que tuvo residencia en Cádiz-. Foto: Paco Cazalla.

el 15 sep 2009 / 18:50 h.

Por incomprensible que parezca, hasta esta temporada, el director de escena Herbert Wernicke ha estado ausente en las programaciones del Maestranza -imperdonable si se tiene en cuenta que tuvo residencia en Cádiz-. Su clarividente Julio César, cuyo telón seguirá levantándose esta semana, no es sólo una brillante y ácida lectura de la historia clásica, es también, una lúcida aproximación contemporánea al personaje.

Wernicke dispone una inmensa piedra Rosetta (punto de encuentro entre Occidente y el mundo egipcio), sobre la que actúan los personajes y cuenta también con un espejo móvil que crea espectaculares efectos de luz. Luego, une alegorías y humor -un cocodrilo representa a Egipto- y se permite jugar al barroco alterando la partitura original para añadir arias de otras óperas haendelianas, algo por otra parte habitual en la época.

Todo en este Julio César está pasado por la óptica de Wernicke, quien pese a su profusa intervención no astilla un sólo encanto de la creación del compositor de El Mesías. Además, el reparto de la producción se paseó por la escena en absoluta sintonía con el ideario desplegado por el alemán.

El peso de Julio César recayó sobre el contratenor Lawrence Zazzo, una voz central de tono cálido y de excelente proyección. Impactante fue su control del fraseo y su inapreciable vibrato en el famoso aria Va tacito e nascosto en la que estuvo acompañado impecablemente por la trompa natural de Jorge Rentería. En él se concitó un talento para la actuación que le permitió dar con el justo punto de bufón coronado con el que Wernicke le reviste.

De las muchas ovaciones de la noche -el sector más conservador decidió quedarse en casa o doblegarse ante la evidencia de una producción fabulosa-, la soprano Elena de la Merced cosechó una de las más cerradas ovaciones. Su Cleopatra -papel que le ha reportado algunos de sus mayores éxitos- tuvo garra dramática, además de un estilo y una voz exquisita. De la Merced es una soprano lírico ligera dueña de un instrumento poderoso y bien proyectado, además de soberbiamente asentado en los extremos.

Menos convincente fue el esforzado Tolomeo del contratenor David Hansen, con inexactitudes vocales en las declamaciones y ornamentaciones excesivas en sus arias. A gran nivel, Cornelia y Sesto, Marina Rodríguez Cusí y Lola Casariego, respectivamente, que despidieron a dúo el primer acto con la sobria y encendida plegaria dramática Son nata a lagrimar, son nato a sospirar, mientras que sus figuras se iban desdibujando en la oscuridad con la inmensa piedra Rosetta sobre ellas.

No canta, pero actúa, y de qué manera, el 'cocodrilo' Héctor Manzanares, un bailarín encargado de reptar por el escenario durante las cuatro horas de función preso de un axfisiante disfraz que le convierte en la estrella invitada de una producción de Julio César que asume lo disparatado de su libreto, y lo aprovecha para esparcir apuntes de comedia. A ello se aprestó el barítono en alza José Julián Frontal, encarnando a un simpático general Achilla.

Al éxito del conjunto colaboró la Orquesta Barroca de Sevilla, que volvió a demostrar por qué debe tener cada temporada una cita en el Maestranza. El público no huyó y entró en el juego, sedoso y cálido en lo musical, desplegado por la batuta de Andras Spering. Puede que le faltara algo de más definición en el tono vivo de las arias del primer acto, pero rápidamente hicieron suyo el reto y cerraron un Haendel brioso y acerado. Ejemplar el continuo -otra vez penetrante y rico del clave de Alejandro Casal y el chelo de Mercedes Ruiz-. Un lujo contar con un conjunto de época, del que se había visto huérfano en otras presentaciones europeas esta definitiva producción de Julio César.

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