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El manto que todo lo cubre

La nieve caída sobre Madrid ha venido a ser un manto con el que cubrir la realidad de los hechos y dar pie a la crítica indiscriminada sin reparar en las contradicciones en las que se puede incurrir. No vamos a entrar en las circunstancias concretas de la copiosa nevada, entre otras razones porque no estamos en Madrid, pero sí en las cuestiones de fondo...

el 15 sep 2009 / 20:58 h.

La nieve caída sobre Madrid ha venido a ser un manto con el que cubrir la realidad de los hechos y dar pie a la crítica indiscriminada sin reparar en las contradicciones en las que se puede incurrir. No vamos a entrar en las circunstancias concretas de la copiosa nevada, entre otras razones porque no estamos en Madrid, pero sí en las cuestiones de fondo que no se han abordado en la polémica surgida al respecto.

Los ciudadanos han reclamado, y con razón, la intervención de las diferentes administraciones para paliar los efectos del fenómeno atmosférico, y han denunciado su ineficacia cuando se han visto atrapados irremediablemente en la carretera. Y esta actitud es lógica, pues el Estado debe estar para eso, para proteger a la ciudadanía de las adversidades. Sin embargo se ha de reparar que cuando se pide que los poderes públicos intervengan en la solución de nuestras necesidades, se está reclamando que estos cuenten con los medios necesarios para ello, es decir, se está requiriendo un Estado fuerte e interventor que ha de recaudar los fondos necesarios para poder cumplir con sus cometidos, y ello es incompatible con el neoliberarismo imperante, que clama por la rebaja de los impuestos y el protagonismo del sector privado en la dinámica social.

Pues es ese sector privado, pongamos por caso las compañías aéreas, el que se ha desentendido de los usuarios, al considerar que el carácter extraordinario de la intensa nevada les exime de cualquier responsabilidad en este asunto, y así hemos podido comprobar cómo alguna de estas compañías han remitido a sus viajeros al día 18 para que puedan viajar, o cómo las largas colas de pacientes consumidores se eternizan en el aeropuerto suplicando una solución.

A ellos no se les dice nada, pues consideramos comprensible que los que tienen como negocio un servicio público, y actúan con la superioridad del que impone las condiciones de los viajes, y se aprovechan de las necesidades del usuario, están legitimados para decidir según sus intereses. Una contradicción latente en nuestro modelo económico que hemos asumido con naturalidad.

Estas contradicciones son aún más evidentes en el partido de la oposición, al que le ha faltado tiempo para arremeter contra la ministra y reclamar una mayor presencia y eficacia de los medios públicos; una reclamación que se podría entender si no fuera porque sus responsables políticos enarbolan como bandera de su identidad ideológica la rebaja de los impuestos, el empequeñecimiento del Estado y el acierto de las privatizaciones de los servicios públicos para que sean más eficientes.

Si a ello le unimos la frivolidad de afirmar que en el aeropuerto de Barajas solo había "tres dedos de nieve" se colige que el principal partido de la oposición tiene un grave problema para definir su estrategia, porque al mismo tiempo que quiere ser fiel a su pensamiento político se apunta a cualquier tren que le pase cerca, sin reparar en la coherencia de su actitud.

De la misma manera se está comportando en otros temas, por ejemplo por sus comentarios sobre el número de parados, que en efecto alcanza una cifra dramática. No se dice nada respecto a que fueron ellos quienes clamaron sin cesar por una flexibilización del mercado laboral, quienes arremetieron sin pudor contra las prestaciones por desempleo, y ahora se quieren convertir en los firmes valedores de los trabajadores frente al comportamiento de las empresas, a las que, por otra parte, defienden decididamente. ¿Quieren mayor indefinición?

Rosario Valpuesta es catedrática de Derecho Civil de la Pablo de Olavide.

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