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El mar también es siempre el mismo, y también levanta pasiones

**Teatro Lope de Vega. 17 de septiembre de 2012. Baile: Joaquín Grilo. Guitarra: Juan Requena. Cante: José Valencia, Carmen Grilo. Armónica y teclado: Antonio Serrano. Percusión: Ángel Sánchez ‘Cepillo’. Palmas: Manuel Jesús Montes, Antonio Lucas Montes “Los Melli”. Entrada: Sanaa Lathan, Raoul Bova

el 18 sep 2012 / 07:32 h.

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En la puerta del Lope de Vega, un aficionado un poco derrotista hacía este vaticinio: "Verás que esto, en vez de La mar de flamenco, va a ser Mar de lo mismo" Lo decía con guasa, pero también con un poso de amargura: la de quien lleva mucho tiempo esperando el gran espectáculo de El Grilo y comprueba que las elevadas expectativas no acaban de tener respuesta. Ayer tampoco, a pesar de la exhibición de facultades físicas y recursos rítmicos que el del Pozo Olivar desplegó ayer sobre las tablas.

Quien nunca ha visto un espectáculo flamenco -también para ellos escribimos- no puede hacerse una idea de la cantidad de cosas que este hombre es capaz de hacer en un solo compás. Es un prodigio. Su creatividad y su capacidad de improvisación es ilimitada. Sabe bailar recio y también fingir desaliño, con ese estilo tan suyo que Manolo Bohórquez ha dado en llamar de bailaor de trapo, sin perder jamás los tiempos. El jerezano acudía este año a la Bienal con un ambicioso montaje en el que, según sus propias palabras, pretendía abordar la dimensión americana del flamenco. Para ello, concibió una escenografía que representa la cubierta de un barco, vistió a sus músicos acompañantes a guisa de tripulación -de tripulación muy navegada, casi náufraga, a juzgar por el vestuario hecho jirones- y regó el conjunto con una efusión de vapor de agua que hacía un bonito juego con las luces.

También aseguraba El Grilo que Cádiz tendría no poco protagonismo en su propuesta, como puente entre las dos orillas atlánticas y correa de transmisión de tantos cantes mestizos. Sin embargo, las alegrías con las que arrancó el montaje carecieron del menor perfume caletero, ni siquiera beduino.

Para buscar esas sales hubo que irse casi al final, con la guajira ligada con un guaguancó. Ahí podría El Grilo haber remedado alguna guapería a lo Benny Moré, que le habría ido como anillo al dedo; sin embargo, decidió seguir siendo El Grilo a tiempo completo y no salir de Jerez.

Todo esto no quiere decir que no hubiera cosas estupendas en la hora larga que duró el espectáculo. Juan Requena brindó una rumba resultona. José Valencia se pegó una simpática pataíta por bulerías e hizo méritos para que vayamos a oír su vozarrón descomunal el día 18 en Santa Clara, aunque le hemos conocido noches mejores. El Grilo brilló en los momentos en los que su teatralidad queda más atemperada y apuesta por la transmisión de las emociones: hablamos, sobre todo, de la impresionante farruca. Y, last but not least, estuvo ahí, en la proa, Antonio Serrano, acompañante habitual de Paco de Lucía y uno de los músicos más interesantes del momento. Sonó más celta que hispano, pero con qué gusto.

El Grilo es un bailaor asombroso atrapado en El Grilo. Mar de lo mismo, aunque nunca se sepa por dónde puede salir. También el mar es un espectáculo monótono, siempre el mismo y siempre diferente, y también levanta pasiones.

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