Cultura

El mejor Morante retorna en Málaga sin acusar el percance

El cartel iba de arte, y oficiando de estilistas, los tres matadores pisaron el ruedo vestidos de azabache aunque el argumento principal del festejo no era otro que la precoz reaparición de Morante tras su percance en El Puerto.

el 16 sep 2009 / 07:22 h.

El cartel iba de arte, y oficiando de estilistas, los tres matadores pisaron el ruedo vestidos de azabache aunque el argumento principal del festejo no era otro que la precoz reaparición de Morante tras su percance en El Puerto.

Y el de La Puebla hizo su aparición rodeado de la expectación inherente a su renovada condición de as de la campaña 2009. Centro absoluto del cartel, partió la plaza con los dos lampreazos que largó al remiso tercero. Y aunque el de La Puebla venía a torear, el toro de Juan Pedro no era la mejor pareja de baile -no tuvo un solo muletazo- y la faena no pasó de apuntes entre el desencanto de la parroquia, que tendría que esperar.

Hubo garbo, salero y gracia en el incompleto recibo capotero al segundo de su lote, al que cuajó una faena iniciada con sabrosos ayudados en la que sólo faltó algo más de raza en el juampedro. Pero no importó. Hubo verdad y compromiso en el toreo de Morante, que estalló en una sedosa y templada serie al natural que siguió a un molinete sin tiempo.

El cigarrero siguió sobre esa mano, rebozado de torería y personalidad, muy por encima de la pobre condición de un toro al que le costaba seguir el engaño. Pero el mejor Morante estaba en el ruedo y los remates de la mejor imaginación, el arte más natural fueron los certificados más válidos de la recuperación del torero, que se sale del pellejo.

Por delante había salido Julio Aparicio, relajado y animado con el torete bobalicón y claudicante que rompió plaza en un puñado de muletazos adobados de su particular duende en una labor deslavazada rematada de un bajonazo. El cuarto hizo cosas raras en el capote, como de andar reparado de la vista, poniendo muchas dificultades a los banderilleros. En el último tercio se echó a las primeras de cambio y tuvo que ser apuntillado tras dos pinchazos desganados, de puro compromiso, de Julio Aparicio.

Conde toreaba en el patio de su casa, oficiando el doble papel de empresario y torero de la tierra. El malagueño sorteó en primer lugar un toro tan temperamental como rajado, protestón siempre, que se encontró con un torero inusualmente dispuesto a torear. Y aunque logró el acople en un puñado de muletazos vibrantes el toro acabó cantando su mansedumbre estropeando el pasodoble. Cuando trataba de igualarlo, en un descuido, se hirió con su propia espada lo que motivó el cambio en el orden de lidia para que diera tiempo a coserle la herida.

Hubo temple en los capotazos de Conde y sorpresa antes del brindis del sexto, que siguió a una sorprendente serie al natural improvisada cuando el toro se le vino a los medios. La faena, templada y personal, fue muy para él, escenificada con naturalidad y relajo, basada en el toreo fundamental estructurado en tandas de intensidad creciente adobadas de su peculiar personalidad. La oreja fue de ley.

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