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El mercadillo de la fe

Las congregaciones religiosas exponen sus carismas a los jóvenes en el Festival de las Vocaciones

el 12 ago 2011 / 20:06 h.

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Como un joven más, el padre Álvaro Pereira explicaba a un amplio grupo de peregrinos brasileños el carisma de una vida dedicada a Dios. Les hacía reír, bromeaba con ellos, incluso jugaba, ayudándoles a encontrar todo el sentido al hecho de haber recorrido miles de kilómetros para llegar a Sevilla, movidos por la esperanza. Su testimonio no era más que una de tantas experiencias de vida que el Festival de las Vocaciones busca arraigar en el alma de los más de 3.000 jóvenes de todo el mundo que hacen estos días escala de fe en la ciudad, antes de su viaje a Madrid.


En su peculiar mercadillo del Patio de los Naranjos, más de una decena de congregaciones y movimientos de la diócesis mostraban, a modo de expositores, su particular visión de una vida vertebrada por el carisma que les caracteriza. Su género era el valor de seguir a Dios, su precio, la sonrisa de cada uno de los peregrinos que se les acercan y sus beneficios el lograr que sus testimonios de esperanza y fe compartida llegaran a los países de origen de estos miles de jóvenes. Por ello, predicar con el ejemplo se convirtió desde ayer en la mejor carta de presentación de unos movimientos religiosos que buscaban demostrar que la fe sí es capaz de mover montañas.


En uno de los stand, la hermana María Madre del Redentor recibía a los cientos de peregrinos que se acercaban. Su saludo ya allanaba el camino del primer contacto, pues daba la bienvenida a los jóvenes entre una enorme sonrisa. Con el relato de su experiencia reflejaba el sentido de una congregación, la Familia Religiosa del Verbo Encarnado, que lleva apenas 25 años trabajando por los más necesitados en los cinco continentes. Su acento delataba sus raíces latinoamericanas que le hacían tener una visión distinta del modo en que los jóvenes viven su fe. "Estos días son un reflejo de esperanza, de ver que la Iglesia está viva con los jóvenes, y eso nos llena de ilusión", relataba entre la montaña de libros que recogían el testimonio.


Sus palabras se confundían con el murmullo de los cientos de peregrinos que poco a poco iban llenando la carpa habilitada junto a la Catedral. Envueltos en banderas y vestidos con las camisetas de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), su presencia inundaba de color todo el Patio de los Naranjos, en una experiencia visual que no dejaba indiferente a ninguno de los visitantes que se acercaban. El color era también el reflejo del carisma que el Movimiento de Cursillos Cristianos exponía en su stand del festival. Isabel Olivares y Paco Galindo, dos de sus miembros, ofrecían a los peregrinos pañuelos y un sinfín de recuerdos en tonos vivos con los que buscaban "arrancarles una sonrisa". Era ése el carisma de fe que querían transmitir, el hacer ver a los más jóvenes que a través de Dios pueden llegar a encontrar la felicidad.


La alegría era patente entre todos los peregrinos, que combinaban sus experiencias de vida con otros instantes de profunda devoción. El contraste llegó cuando las campanas de la Giralda marcaron el mediodía. Era la hora del Ángelus y el murmullo y algarabía que poblaba el Patio de los Naranjos dejó paso a un instante de oración que llenó de silencio el patio y unió a los peregrinos en un gesto de fe común. Era el reflejo del carisma compartido que el festival buscaba impregnar entre los más jóvenes, invitándolos a proclamar juntos su fe. "A veces los cristianos podemos sentirnos un poquito acomplejados por la avalancha laicista que nos rodea, pero el comprobar que somos millones de jóvenes es una fuente de esperanza", señalaba monseñor Asenjo durante la visita que realizó al festival.


La esperanza era de los jóvenes y la ilusión que se apreciaba, también. A su llegada al Patio de los Naranjos, un amplio grupo de peregrinos venidos de Canadá, Hong Kong y Estados Unidos, al calor de la congregación de los Hermanos de la Salle, volvían a avivar la llama. Marc, un joven de Detroit, expresaba su agradecimiento por la oportunidad de vivir una experiencia "en la que la fe es un componente importante", aunque sin renunciar, a modo de confesión, a otros aspectos culturales e históricos que habían motivado que este grupo de 60 estadounidenses llegaran a Sevilla durante estos días. Con ellos caminaban, a modo de cicerones, dos jóvenes sevillanos comprometidos como voluntarios de los Días en la Diócesis. Juanmi Gálvez y Pedro Sánchez relataban su aventura al frente de este amplio grupo de peregrinos que les estaba permitiendo "vivir un carisma, conocer otras culturas y hasta practicar algo de inglés", bromeaban.


Al final de la visita, una amplia cruz de papel blanco despedía a los peregrinos. En ella, los jóvenes del Servicio de Asistencia Religiosa de la Universidad de Sevilla (SARUS) querían encerrar las oraciones y agradecimientos de todos los cristianos que pasaran por el festival, llenándola de pegatinas de colores que le iban dando forma. Era el último de los recuerdos de una experiencia única que demostraba que el carisma de los jóvenes cristianos está más vivo que nunca. Estos universitarios no dudaban de ello. Por eso advertían en su stand a todo el que pasaba que el verano no es una época apropiada para ponerse a estudiar. En la asignatura del amor, mostraban en un amplio cartel, será mejor "no dejar a Dios para septiembre".

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