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El mérito del turista

Se han ido para Madrid una familia de amigos que han venido a pasar unos días con nosotros, y conocer todo el arte que aquí se encierra. Que es mucho y bueno, pero que se distribuya por un extenso territorio sometido a un clima feroz. No entiendo cómo han...

el 16 sep 2009 / 05:11 h.

Se han ido para Madrid una familia de amigos que han venido a pasar unos días con nosotros, y conocer todo el arte que aquí se encierra. Que es mucho y bueno, pero que se distribuya por un extenso territorio sometido a un clima feroz. No entiendo cómo han sobrevivido las criaturas a esas jornadas de cuarenta grados recorriéndose unas calles en las que se podían freír huevos. La madre me prohibió que les tradujera los grados nuestros a Fahrenheit a los niños, para evitarles la impresión.

Tenían pocos días para ver mucho; y pocas horas en el día para tanto arte. Pocas horas, porque el calor recorta las utilizables, y los horarios de apertura les pegan un segundo tajo. Siempre sorprende conocer el horario de visita de nuestros monumentos, ya que parece que pretendemos conservarlos mediante la falta de uso. El descanso de los trabajadores se convierte en el infierno de los visitantes, que tienen que visitar la catedral antes de las cuatro de la tarde, subida a la Giralda incluida. Salen a la calle cuando la ciudadanía local se encierra, pero no porque quieran, sino porque les fuerzan a ello nuestras instituciones culturales.

¿No nos dicen que tenemos que cuidar al turismo como a nuestras murallas? (Bueno, mejor, teniendo en cuenta lo que hicimos con ellas) Con este clima nuestro, tiembla nuestra primera industria. Por más iglesias y monumentos, por más arte y duende, por más vida nocturna, nada compensa a la larga la canícula y el sofocón. Hagamos algo pensando en esta gente; tenemos una cultura de la convivencia con el calor que debe servirnos de algo. Cerremos a mediodía, pero abramos al atardecer, y multipliquemos las visitas nocturnas. Aseguremos que las iglesias estén siempre abiertas. Mejoremos las sombras por las calles, que cada vez son menos, con más árboles y más toldos. Protejamos a quiénes hacen cola en la puerta de algún monumento. Liberemos plazas de veladores para poner bancos y arbolillos, y así se las devolvemos al público. Pongamos fuentes por las calles, de las de beber y de las otras, o hasta algún microclima como se hizo en la Expo. Ayudemos a esta gente, que tanto nos ayudan a nosotros. Pensemos en ellos, y no sólo en nosotros.

Catedrático de Derecho del Trabajo

miguelrpr@ono.com

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