Cultura

El mundo del flamenco se despide de Chano Lobato

El artista gaditano Juan Miguel Ramírez Sarabia, conocido como Chano Lobato, fue velado ayer en el tanatorio sevillano de la SE-30. El cantaor, fallecido a última hora del Domingo de Ramos en su domicilio de Triana, será incinerado hoy en el cementerio municipal de San Fernando.

el 16 sep 2009 / 01:01 h.

El artista gaditano Juan Miguel Ramírez Sarabia, conocido como Chano Lobato, fue velado ayer en el tanatorio sevillano de la SE-30. El cantaor, fallecido a última hora del Domingo de Ramos en su domicilio de Triana, será incinerado hoy en el cementerio municipal de San Fernando.

Juan Miguel Ramírez Sarabia, Chano Lobato por su padre, que fue también cantaor (San Fernando, 1903) se dejó ver por este mundo la primera vez en calle Botica de Santa María, uno de los barrios más castizos de Cádiz. Lo parió su madre, Carmen Sarabia Guillén, el 7 de diciembre de 1927. Era sagitario. Su padre murió trágicamente cuando nuestro cantaor tenía 14 años y, como suele ocurrir en estos casos de prematura orfandad paterna, Chano tuvo una primera etapa de su vida un tanto dura y comenzó pronto a mangar -buscarse la vida con el cante- en las fiestas, porque era el mayor de sus hermanos y la ausencia de su padre le obligó a ser el cabeza de familia. Su primera gira profesional la llevó a cabo con el cantaor Paco el Americano, lumbrera de la Ópera Flamenca -años 30 y 40- con cierto cartel que le dio oportunidades importantes, entre otras, la posibilidad de conocer Madrid y de hacer sus contactos para volver más adelante a conquistar sus tablaos, en los años 50. Antes de eso participó en el rodaje de una gran película de flamenco, Duende y Misterio del Flamenco, de Edgar Neville, estrenada con gran éxito en 1952.

Eligió Sevilla para vivir porque, según nos contó el mismo, "en Cádiz me emborrachaba todos los días una vez. Lo malo es que en Sevilla me achispaba dos veces al día", solía contar con su conocida gracia. En Sevilla trabajó en el Pasaje del Duque con Antonio Mairena y comenzó a probar con artistas del baile de la talla de Alejandro Vega y Matilde Coral.

Cuando en los años 50 comenzaron a abrir los tablaos de la capital de España, Chano hizo las maletas y no se lo pensó dos veces, porque seguía sin tener un sitio fuera de los cuadros de baile. Gitanillo de Triana le contrató para trabajar en El Duende, donde le cantó a Pastora Imperio y Carmen Amaya, con la que por cierto estuvo de gira por Francia. Ya se hablaba de que era el mejor cantaor de cuadro del momento, a pesar de que existían algunos muy buenos, como Antonio Mairena, contratado por Antonio el Bailarín en aquellos tiempos por recomendación de Valderrama.

Fue precisamente trabajando en El Duende donde un día le dijo Antonio el Bailarín a Chano Lobato que se fuera con él de gira por el mundo. Aceptó y estuvo con el genio sevillano cerca de dos décadas, participando en sus más célebres espectáculos y películas, como La nueva cenicienta, de Antonio y Marisol. A Chano, además, le vino muy bien irse con Antonio por el mundo porque la vida en el tablao estaba quemándolo y la férrea disciplina de Antonio Ruiz contribuyó a que el gaditano madurara como cantaor y comenzara a preparar su salida de los cuadros para lanzarse a cantar en en solitario.

obra maestra. Disuelta la compañía de Antonio, Chano empieza a hacer festivales y peñas flamencas, y se plantea retomar su carrera discográfica, que hasta esos años no había cuidado demasiado. El poeta arcense Antonio Murciano llevaba el apartado del flamenco en RCA, en los 70. Y se propuso en firme ayudar al cantaor gaditano a construir una obra discográfica que le permitiera al fin estar entre los mejores. En aquellos años Chano nos diría en este mismo periódico que no se creía lo que le estaba pasando: "Algunas veces creo que soy Frank Sinatra". Los cabales habían descubierto la calidad del gaditano como cantaor y, sobre todo, su condición humana. Le costó trabajo, sudó lo indecible, pero logró salir de detrás de las batas de cola y hacerse figura del cante con 55 años, en una época, además, en la que las había grandes.

No hay maestro del cante sin obra maestra. La discografía de Chano Lobato es mucho más importante de lo que se ha dicho siempre, aunque no tan ordenada como las de Mairena o Fosforito. Entre los discos de sus comienzos, compartidos con otros cantaores, y los que ya pudo grabar en solitario, el maestro impresionó más de treinta discos. Destacaríamos los que le produjo Antonio Murciano -sobre todo, Oído al cante de Chano Lobato-, y más adelante, en sus mejores momentos, Aromo (1987), La nuez moscá (1996) y Azúcar cande (2000).

En estos trabajos dejó claro que nadie le regaló nunca nada. Fue gran entendido del cante, aunque al final todos destaquen de él sus chistes y ocurrencias. Dominó una gran cantidad de palos, y brilló en los festeros, donde se ganó a pulso el título de Rey del compás, "a pesar de ser más gachó que un olivo", solía decír con ángel.

Por último, es justo decir que su arte ha sido reconocido como no ha ocurrido con ningún otro artista de su tiempo. Tantas placas le dieron en las peñas flamencas -al margen de las distinciones oficiales, que se las ha llevado todas-, que una vez dijo: "A ver si un día de estos me dais para el Sidol".

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