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El muro escolar y el murito de la droga

A la altura del IES Albert Einstein, los vecinos denuncian el vandalismo creciente, pero también la solidaridad del barrio obrero.

el 08 dic 2012 / 21:23 h.

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Unos chavales abandonando el instituto Albert Einstein el pasado viernes por el muro de 20 metros derribado por los vándalos.

Señora, ¿hay mucho vandalismo por aquí? Y ella, entrada en los setenta y con chaquetón rosa, dice sí con la cabeza, y señala allí, hacia aquella plaza, donde confluyen las calles Fontaneros y Fresadores, los oficios obreros que caracterizan al barrio de Pino Montano , aquí no existen las avenidas de abogados ni de notarios. Es viernes, hay niebla, pasado el mediodía, casi la hora de almorzar. Conforme el periodista se acerca al lugar indicado, el aire se impregna de un olor a tabaco que no es tabaco. Mecheros encendidos y sus llamas moviéndose en las palmas de las manos de un grupo de chavales revelan a qué huele...

"Los billetes de cinco euros no se los pasan de unos a otros por la cara, digo yo, ya se sabe con qué trapichean...". Habla Felipe desde una tienda de chucherías. Hay gamberrismo, sí, pero tampoco esto es el Bronx. "Sí es un barrio obrero, con mucho paro, donde todo el mundo está tieso". Menudeo de droga, algunas peleas entre chicos, policías que vienen a caballo, en moto o en secreto y piden los carnés de identidad, y ya está, comenta. Por la prensa, dice, se ha enterado de que los vándalos, con maquinaria incluida, han tirado un muro del Instituto de Enseñanza Secundaria Albert Einstein . No era precisamente una endeble valla, sino una contundente tapia. A empujones, no.

"Fíjese a lo que estamos llegando". Rocío regenta una panadería. Sin soltar su sonrisa, cuenta que las cosas han ido a peor de dos años para acá, a la par que se agudizaba esta larguísima crisis económica. "¿Porque cuántos años llevamos ya?" Pues cinco, responde el reportero. "¿Tantos?" Sí. "Por estas calles de por aquí, claro, hay mucho paro, y, sobre todo, muchos jóvenes con mucho tiempo libre". "No hablamos tan sólo de chavales, sino de niños ¡qué fuman! ¿Qué fuman, niña?", pregunta a una chica que recién entrada en la tienda. "Ay, yo qué sé, lo llaman la base o algo así".

Se trata de un estupefaciente elaborado con residuos de cocaína y otras sustancias y que se consume mezclado con marihuana o tabaco. La llaman la droga de los pobres. Quizás sea porque quita el hambre.

Pero ni Felipe, que hace dos años sufrió varios hurtos en una misma semana, ni Rocío, que ninguno contabiliza, habla mal del barrio, diríase que es un pueblo pegado a la Ronda Supranorte. "Yo llevo aquí treinta años. Aquí está mi trabajo, mi vida. Jamás he tenido problemas, salvo algún que otro robo en el coche", señala Magdalena desde un puesto de periódicos y revistas.

Más abajo, Rosario, propietaria de una droguería, habla de la droga, de los robos que ha habido en su tienda, de que la cosa ha empeorado en los últimos años, de señoras que cuentan que les han quitado las bolsas de la compra en un descuido. Pero, acto seguido, destaca que el barrio, además de obrero, "es muy, muy solidario".

Mientras despacha un frasco de colonia a una clienta, juntas repasan las actuaciones desinteresadas en torno a la cercana iglesia, "donde no sólo se recogen y reparten alimentos, sino que también se les paga la luz y el agua a familias que lo están pasando muy mal". Comerciantes de la zona colaboran y las personas necesitadas obtienen vales para gastar en sus establecimientos. "Hay mucha penuria. Hasta yo misma robaría para darle un plato de comida a los míos en caso de necesidad extrema", una dice, la otra asiente.

Al lado está la charcutería de Francisco. "Éste es un barrio tranquilo, problemas hay, los normales". Y una clienta, mientras aguarda los filetes de pollo y el queso manchego, así lo constata. Hace unos meses, según relata, había muchos niñatos que daban tirones, incluso a personas mayores como ella, pero ya no. Y hay quien, desde atrás, suelta un "si no fuera por El Murito...". ¿Y qué es El Murito? El principal enclave de venta de droga de estas calles. Ojalá, suspiran, se derribara ese murito, y no el del instituto.

Son ya las 2 de la tarde. Hora de comer. Suenan las sirenas de los colegios públicos -hasta aquí los privados no llegan- aledaños al instituto Albert Einstein y su muro derribado. Por él, saltando entre los escombros, abandonan algunos adolescentes el centro. Decenas de padres, madres y abuelos aguardan para recoger a los pequeños. En un grupo de tres se pregunta. ¿Mucho vandalismo por aquí? Señalan a la otrora tapia y a varias palmeras calcinadas en el centro de la plaza. "Cuatro gamberros las quemaron cuando apenas habían abandonado los críos el colegio. Pero son cuatro".

Pedro Arias, director del Albert Einstein, preocupado por el material del centro educativo, revela que desde el pasado jueves no se ha arbitrado seguridad alguna para evitar posibles robos. "Sí enviaron a un técnico de educación y a un perito, y a esperar a que levanten el muro". Tanto él como el vecindario se preguntan si hay algo más allá de esta gamberrada. Una cinta de la Policía Local con mensajes de no pasar arrastra por el suelo. Al menos del suelo sí que no pasa.

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