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El museo secreto

Hay una forma fantasiosa y muy sugerente de visitar el Museo de Bellas Artes, poniendo atención en detalles que darían para diez novelas de Dan Brown.

el 04 nov 2011 / 20:50 h.

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Dios siempre ha sido un triángulo: el famoso Ojo de Dios. Es un simbolismo facilón, se aprende en primaria. Sin embargo, los alquimistas y los esotéricos lo colocaban invertido para referirse a la espiritualidad que desciende sobre la Tierra. Para los adeptos a las fuerzas oscuras y las artes mágicas, tal figura geométrica dispuesta de ese modo lo que representa es el abracadabra, las once letras, el conjuro por excelencia cuyo origen habla de Egipto y de Persia, y que algunos traducen como Lanza tu rayo hacia la muerte. Pero como el ocultismo suele hacer honor a su nombre, a la mayoría de los paisanos que deambulan por la sala VIII del Museo de Bellas Artes de Sevilla les pasa inadvertido el detalle de que allí al fondo, presidiendo la Inmaculada de Valdés Leal y coronando la cabeza de la Virgen, el pintor colocase un gran triángulo invertido y refulgente, del que salen, qué curioso, unos rayos cegadores que rasgan el cielo. ¿Qué quiso decir el maestro tenebrista? ¿Era solo una inocente representación esquemática de Yavé?

El Museo de Bellas Artes no es solo Murillo, como sabe todo aquel que lo ha visitado. Sus obras de arte, así como el edificio mismo (el antiguo convento de la Merced, todavía vivo e imponente tras los cuadros), son la iconografía de los sueños, las pesadillas, los anhelos íntimos y las creencias más o menos inconfesables de docenas de portentosos creadores. Nada más entrar en las salas de la planta baja se observa otro ejemplo curiosísimo: fíjese en la obra escultórica del sevillano Pedro Millán titulada Llanto sobre Cristo muerto, de finales del siglo XV. Observe las formas de este precioso barro cocido que tiene ese dramatismo tan rudimentario y tan escalofriante del último gótico. ¿Qué ve en él? Pues ve, si quiere verlo, que una de las figuras muestra un cáliz a un individuo, quizá Nicodemo, de cuyo cinturón cuelgan unas herramientas. Si eso no es que le confían el secreto del Santo Grial a un masón, es que aquí nadie se ha leído una sola línea de Dan Brown.

Debe de ser la impronta de calmosa pesadumbre que dejó en sus muros y sus patios el haber sido convento mercedario; o puede que sea el aura que emana de esos lienzos piadosos, procedentes muchos de ellos de la desamortización de los bienes de la Iglesia en 1840; pero lo cierto es que desde el mismísimo patio del aljibe donde comienza la visita, con su pozo quebrado y sus aguas sombrías, se respira la atmósfera fascinante y extraordinaria del edificio, que se extiende también por sus salas y desciende como una bruma pesada desde sus galerías altas hasta los claustros de azulejería riquísima. Bajo esa sugestión, se hace imponente el artesonado de calaveras, condenados y demonios de la sala II, el antiguo refectorio. ¿Qué atormentados planteamientos éticos y estéticos podían haber impuesto esa enfermiza decoración en el comedor del convento, que eso es lo que era esta sala antes de que se colgasen en ella los cuadros de El Greco y de los primitivos flamencos?

Las preguntas no cesarán ya en todo el recorrido. Las provoca por ejemplo la escultura de la Virgen con el Niño, de Mercadante, cuyo cinturón, inusualmente largo, está sujeto por la hebilla en el agujero número 11, como 11 son las estrellas de la aureola que corona a la Inmaculada en muchos de los cuadros. ¿Cuándo dijo la Iglesia Católica que se diese rango de divinidad a esa cifra? Nunca. Su simbolismo de espiritualidad proviene de más lejos, de más atrás. Es lo que los ocultistas llaman un número maestro y representa el equilibrio, el karma, la idea de que se recoge lo que se siembra. Y es por eso por lo que dio tanto que hablar en esos círculos esotéricos cuando el 11-S, el 11-M, el que hubiese 911 días entre ambos o que desde el 11-S hasta el fin de año medien 111 días. Lo cual sólo quiere decir dos cosas: que hay gente con mucho tiempo libre en este mundo y, sobre todo, que quien quiere decir algo lo dice, aunque sea veladamente, aunque sea ante las barbas de los curas, en un cuadro de la Virgen, por ejemplo.

De entre todos estos, el de Murillo que preside la antigua iglesia conventual, bajo la despampanante bóveda blanca y dorada, es sin duda el más conmovedor y buscado. Su nombre es lo bastante elocuente de su condición: La Colosal. Cuando esté ante esta joya, preguntándose a sus pies cuán impresionantes serían en su tiempo los conventos de San Agustín y de Capuchinos con tantísimas maravillas colgadas (todas las que hay allí), recuerde darse la media vuelta y fijarse en los pilares del crucero, decorados con frescos. En ellos verá pinturas y citas en latín: nada extraño, en principio... salvo que tenga usted en mente inspirarse en ellas para una novela de misterio, porque le van a venir de perlas. Una de ellas, a la derecha, es extrañísima; es una cita del Libro de los Reyes consistente en una profecía terrible contra Jeroboam y su familia (como no había citas bíblicas, se fue a escoger esta la orden mercedaria). Pero lo más singular y raro está en el pilar de la izquierda, según se mira: Quoniam tu es qui extrasisti me de ventre (Porque tú eres quien me sacó del vientre), y la pintura es la de un tipo con un puñal amenazando a una mujer acostada. No es un versículo cualquiera: pertenece al Salmo 21, probablemente la invocación más triste y desesperada de toda la Biblia, la soledad y el abandono hechos palabras; es la oración que comienza con la exclamación que mucho más tarde, tal vez acordándose de este salmo de David, profirió Jesús desde la Cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y es tan terrible, tanto, que inspiró una película de terror titulada, precisamente, Salmo 21. ¿Alguien quería que se le pusieran los vellos de punta? Pues ahí tienen el Museo de Bellas Artes. Señoría, no hay más preguntas.

¿O sí las hay? Pues claro. Entre los contadísimos muebles del museo, ¿qué pinta un escritorio decorado con estrellas de David, o un pequeño piano de cola de 1750 de origen desconocido? ¿Qué dice la mirada de la Virgen de las Cuevas, de Juan de Mesa, procedente de la Cartuja? ¿Qué mensaje ofrece la sobrecogedora cabeza del Bautista cortada y con todo su porte de arterias, traquea y todas esas cosas que la gente tiene por dentro? ¿Es la estatua de alguien que está en el Paraíso o la de un triste trozo de carne mortal con cuya muerte acaba todo? Es lo bueno del arte: que admite todas las preguntas y casi todas las respuestas, incluso las de quien busca misterios con la única intención de que le embellezcan una lluviosa mañana de otoño en Sevilla.

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