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El 'no' de Irlanda

Tras el fracaso de la Constitución europea, sometida a consulta popular, los dirigentes de la Unión consensuaron en Lisboa un nuevo texto europeo, remedo de Carta Constitucional, que permitiera seguir avanzando en la construcción europea. La mayoría de los países miembros decidieron refrendar ese texto en los respectivos parlamentos.

el 15 sep 2009 / 06:42 h.

Tras el fracaso de la Constitución europea, sometida a consulta popular, los dirigentes de la Unión consensuaron en Lisboa un nuevo texto europeo, remedo de Carta Constitucional, que permitiera seguir avanzando en la construcción europea. La mayoría de los países miembros decidieron refrendar ese texto en los respectivos parlamentos, evitando así la participación directa de los ciudadanos, salvo Irlanda, que acordó realizar un referéndum consultivo para que los irlandeses pudieran expresar con voto libre y secreto su opinión sobre el texto sometido a consulta.

El resultado de la consulta ya es conocido por todos; ganó el No a la ratificación del tratado surgido en la cumbre portuguesa. Fue una diferencia mínima (apenas cien mil votos de los partidarios del No respecto a los partidarios del Sí). Leyendo las opiniones de los irlandeses se pueden extraer diversas consecuencias y lecturas del fenómeno:

1. Parece que los ganadores de la consulta se frotan las manos porque Irlanda consolida su carácter nacional y nacionalista frente a la unificadora Europa y a la poderosa Gran Bretaña. El Sinn Fein alardea de haber obtenido una victoria histórica que los sitúa en las antípodas del fortalecimiento de una Europa unida.

2. Los nacionalistas irlandeses olvidan un par de detalles: Irlanda se ha convertido en los últimos diez años en la segunda nación con mayor crecimiento europeo como consecuencia de que allí se habla inglés y no gaélico; esa lengua que tanto detestan algunos irlandeses como forma de poner en valor su lengua vernácula, es la que ha permitido la instalación de muchas empresas, sobre todo de las nuevas tecnologías, que de haber existido el gaélico como lengua oficial y única, no hubieran hecho acto de presencia en aquella isla periférica. Indudablemente, muchos colegios europeos y muchas familias continentales no hubieran enviado a sus hijos allí a perfeccionar el idioma si el gaélico hubiera eliminado al inglés. Irlanda ha crecido en los últimos diez años a una media del 6,5%, siendo ese un crecimiento importantísimo, como consecuencia del esfuerzo de los irlandeses y del conjunto de los fondos estructurales de la Unión Europea que aportó durante ese tiempo un 4% de ese crecimiento. Quiere ello decir que si la isla hubiera permanecido fuera de la Unión Europea, el crecimiento irlandés no hubiera sido el segundo de la Unión, sino que se hubiera situado por debajo de la media.

3.No sabemos si a los irlandeses se les han explicado con claridad las dos circunstancias señaladas en el punto anterior; si han sido explicadas y, a pesar de ello y de la ventaja que para Irlanda ha supuesto su presencia en la Unión Europea, los ciudadanos han dicho que no al nuevo tratado sometido a su consulta, significará que no han sabido valorar la ventaja cuantitativa y cualitativa de su presencia en un club que les dio más de lo que les exigió. Si por el contrario no se supo poner en valor el beneficio obtenido por su presencia en Europa, las consecuencias de la decisión irlandesa deberían tener un coste para ellos y no para el conjunto de los ciudadanos europeos.

4.Los dirigentes políticos europeos, después del fracaso irlandés, andan especulando sobre la forma en que deben afrontar una derrota inesperada. El tono general de las declaraciones se parece mucho a "dejemos enfriar la cosa hasta después del verano". Seguramente en los contactos entre ellos en esta semana, se habrán articulado estrategias tendentes a ayudar al primer ministro irlandés, con la vana idea de encontrar un mecanismo que diluya la negativa irlandesa y salve la cara del Gobierno de ese país. Si así fuera, estaríamos ante una estrategia equivocada y perjudicial para el avance de la Unión. El primer ministro irlandés ha sometido a consulta de los ciudadanos un texto, consensuado con el resto de representantes europeos, y firmado por él mismo en la cumbre de Lisboa. Los ciudadanos irlandeses le han dicho que no a su primer ministro, luego, la decisión inapelablemente democrática debería ser la dimisión del máximo mandatario irlandés. Quien acuerda algo con el resto de los colegas europeos y no tiene credibilidad para hacérselo comprender a sus ciudadanos, no tiene otro camino que el de la dimisión, su credibilidad ha quedado absolutamente tocada y, en democracia, el que pierde un referéndum, no tiene otra salida que la dimisión. Por otra parte, la respuesta del resto de países europeos que tratan de ratificar el acuerdo no debe ser la de mirar para otro lado, intentando dejar pasar el tiempo para ver si escampa. La respuesta es sencilla y elemental: Hagan el favor de molestar lo menos posible; quédense fuera de la Unión Europea por un tiempo, dejen que sigamos avanzando y dentro de un año o dos, lo piensan nuevamente y nos dicen si quieren incorporarse, de nuevo, al proyecto europeo. Es mucho lo que nos jugamos en esta apuesta como para que los ciudadanos de cada país puedan jugar y apostar libremente sabiendo que, sea cual sea su respuesta ante una consulta, el coste a pagar sea cero. Si los ciudadanos europeos supieran el precio a pagar por cada decisión en asuntos que nos son comunes, las decisiones tomadas en referéndum serían, como mínimo, más cuidadosas y responsables. Claro que para exigir eso hay que tener una enorme autoridad moral y política en el proceso de construcción europea y un liderazgo creíble en la Europa de los veintisiete. Sarkozy, después del NO de Francia al texto constituyente anterior, no parece ser la persona más adecuada para dar lecciones de coherencia y creencia europea a los irlandeses.

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