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El ocaso de la luna

Esta luna de junio, ya en declive, terminará ahogándose en el agua mágica de San Juan. Con el ocaso de esta luna, con su desaparición en el cielo de la noche, habrán quedado atrás, para siempre e irremediablemente, los pálpitos de los meses del amor.

el 16 sep 2009 / 04:16 h.

Esta luna de junio, ya en declive, terminará ahogándose en el agua mágica de San Juan. Con el ocaso de esta luna, con su desaparición en el cielo de la noche, habrán quedado atrás, para siempre e irremediablemente, los pálpitos de los meses del amor. De aquí en adelante el duelo íntimo, a veces inconsciente, intentará mitigarse con veladas, festivales o charangas aunque de antemano se sepa que todo será inútil: las fiestas del verano tendrán el sello de la alegría conseguida a golpe de efecto y en las reuniones de flamenco habrá compás con sombras de impostura.

En la Casa de té de la Luna de agosto aprendíamos que en el Japón de los 10.000 años unas lunas son más viejas que otras, pero ésta en la que ahora estamos inmersos es con seguridad la más vieja de todas las del Mediterráneo, la que ha visto envejecer el tiempo cada año, cada siglo y cada milenio en el columpio del sol. Más arriba, en los mares fríos de Europa, fue donde la Luna perdió la primacía del firmamento y donde fue condenada a ser el astro de las brujas. ¿Para qué pueden necesitarlas los territorios con sólo dos estaciones?

Pero aquí sigue mandando en esta mitad del año que ahora se cumple. Sirvió a cientos de generaciones que apenas conocieron las nieves, que podían abrir las tierras que en el septentrión cubrían los hielos, para medir las siembras de invierno en las huertas o para hacer los quesos, para disponer los elementos de la fiesta y enzarzar las cuentas del amor. Ahora la luna se apaga, ya no contará en el tiempo que queda del año. Por eso estos días siempre fueron creadores de romances tristes como el del Conde Olinos, en los que los amantes mueren para que sobre su tumba florezcan rosales blancos y espinos albares. Esos aromas de los atardeceres de verano que sin saber por qué encienden la nostalgia.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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