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El ocaso del Faraón

el 06 feb 2011 / 08:55 h.

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En árabe, rais significa jefe, presidente, líder, comandante, director, rector, cabecilla, caudillo, cacique. Se trata de un término con una gran flexibilidad semántica, que igual sirve para nombrar al patrón de una patera que al mismísimo y escurridizo cabecilla terrorista Osama Bin Laden.

También llaman rais al presidente de Egipto, Hosni Mubarak, que estos días se ha convertido en objeto de una masiva contestación social y política en un país considerado la llave de la estabilidad en Oriente Próximo. Claro que a Mubarak también lo llaman la vaca que ríe en alusión a la insultante sonrisa que luce en los omnipresentes retratos oficiales, señal de que treinta años de régimen autoritario han perfeccionado la no siempre inofensiva vía de escape del sentido del humor.

La llama prendió en Túnez, pero ha llegado a Egipto convertida en un clamor revolucionario que exige a Mubarak abandonar el cargo y permitir al país enfilar la senda democrática. ¿Quién es Mubarak? ¿Qué hay detrás del militar de porte imponente y mirada penetrante que sobrevivió al atentado que acabó con la vida del presidente Anwar el Sadat y le sucedió en la presidencia egipcia?

Hoy, Muhammad Hosni Sayyid Mubarak, popularmente Hosni Mubarak, es un anciano de 82 años lleno de achaques aunque con el pelo sospechosamente negro, negro de la misma tintada que su homólogo libio, Gadafi. Enfermo y todo, el rais se aferra al poder totalitario que ejerce con el apoyo de un ejército de 450.000 hombres, una policía de 350.000 y un cuerpo de élite de 22.000 guardias republicanos. De hecho, los manifestantes afectos al régimen que salieron de la nada esta semana -para hostigar y enfrentarse ferozmente con armas y cócteles molotov a los que reclamaban el fin de Mubarak en la céntrica plaza Tahrir de El Cairo- recordaban sospechosamente el entrenamiento y el porte marcial de la policía. Camuflados como ciudadanos leales al presidente, las fuerzas policiales hicieron su trabajo y ejercieron una represión brutal contra los desarmados manifestantes de la oposición.

Hace sólo unos meses se prorrogó el estado de emergencia vigente en el país desde el asesinato de Sadat, un estado de excepción realmente excepcional dado que ya dura 30 años y permite la detención indefinida y arbitraria de civiles y que éstos puedan ser juzgados por tribunales militares. La manifestación contra esta medida a las puertas de la cámara baja egipcia no pasó de dos centenares de personas a las que se sumaron los diputados de la oposición. Exigua fue la contestación ciudadana y política, pero haberla la hubo, lo mismo que una oleada de mofas en internet cuando, en septiembre pasado, el diario oficialista Al-Ahram manipuló burdamente una foto de las conversaciones de paz entre israelíes y palestinos para poner a Mubarak por delante de Obama. Quiere esto decir que el poder de Mubarak hace ya tiempo que es cuestionado, triunfe o no el estallido de descontento actual.

Nacido en 1928 en Menufia, una provincia del delta del Nilo, Hosni Mubarak, hijo de un funcionario de rango medio, entró en política desde el estamento militar. El mismo año de su graduación en la Academia Militar Egipcia, en 1949, se incorporó en la Fuerza Aérea y se formó como piloto de combate en la Unión Soviética, llegando a ganar honores de héroe de guerra. Escaló puestos rápidamente y fue jefe del estado mayor de la fuerza aérea, viceministro de Defensa y vicepresidente del Gobierno antes de que Sadat fuera asesinado por los islamistas y él alcanzara la presidencia para sorpresa de todos, porque era bastante desconocido.

En realidad poco se sabe de él, de su personalidad y de su vida privada, salvo que se casó con la hija de una enfermera galesa y un médico egipcio fascinada por la opulencia y que tienen dos hijos, Alaa y Gamal, éste último designado para sucederlo. Mubarak ha amasado una fortuna estimada en 40.000 millones de dólares y tiene propiedades no sólo en Londres -a donde su familia se desplazó nada más empezar la revuelta- sino también en Los Angeles, Washington y Nueva York, así como cuentas bancarias en entidades británicas, estadounidenses y suizas.

Mubarak es, antes que nada, un gran superviviente. Salvó la vida en aquella tribuna en la que murió Sadat a manos de los integristas islámicos por haber firmado la paz con Israel y ha conseguido no sólo sostener ese tratado, sino que ha sobrevivido, que se sepa, a seis intentos de asesinato. Además mantiene con firmeza, tanto con Israel como con Estados Unidos, una alianza privilegiada en la que sustenta sin duda su influencia internacional.
Hosni Mubarak, líder de la casta más poderosa y respetada de Egipto, la militar, ha expresado su intención de morir en el país, y tal como se están poniendo las cosas, de los de su casta va a depender que vea cumplido su deseo.

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