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El ocio no es un juego

Save the Children organiza campamentos y escuelas de verano para menores en riesgo de exclusión social de barrios como Torreblanca, Bellavista y San Pablo donde se garantiza a los niños un desayuno y su «derecho» a jugar

el 09 jul 2014 / 11:00 h.

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CAMPAMENTO DE VERANO PARA NIÑOS DESFAVORECIDOSLos Estados partes reconocen el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes» (art. 31 de la Convención sobre los derechos del niño aprobada como tratado internacional el 20 de noviembre de 1989). Cuando organizaciones como Save the Children alertan de que uno de cada tres niños españoles vive en riesgo de exclusión social y bajo el umbral de la pobreza, la imagen que acude a la mente es la de menores sin las necesidades básicas cubiertas como la alimentación, la higiene, la vivienda, la educación y la sanidad. Es así, por lo que cabe imaginar que si falta lo más primario, la preocupación por garantizarles un ocio que les aleje de las difíciles situaciones por las que atraviesa su entorno está a la cola. Sin embargo, jugar está reconocido como un derecho de los niños básico para su pleno desarrollo y si durante el curso escolar, el programa Proinfancia que desarrolla Save the Children con la financiación de la Obra Social de La Caixa se preocupe del refuerzo educativo, la formación en valores, el trabajo con las familias, etc..., las escuelas y campamentos de verano buscan normalizar las vacaciones de estos niños cuyas familias no pueden permitirse ofrecerles un veraneo como el de sus compañeros de colegio. Los 18 niños de entre 5 y 14 años del Polígono de San Pablo que desde el día 1 de julio acuden a la escuela de verano del Colegio San Ignacio de Loyola lo tienen claro cuando se les pregunta qué es lo que más le gusta de las actividades que realizan:«jugar», dicen varios al unísono. Save the children oferta 600 plazas para estas escuelas de verano (4.000 entre Madrid, Barcelona y Valencia que son las otras ciudades donde se realizan), que se desarrollan en las instalaciones de colegios públicos y centros cívicos de Palmete, Torreblanca, Bellavista, San Pablo, Tiro de Línea y Nervión, además de en La Algaba e Isla Mayor. En las mismas, los niños desayunan cada día y, según reconocen Isabel y Yolanda, las responsables de la escuela de verano de San Pablo, hay zonas en las que detectan que es la única comida que toman los niños. Las actividades programadas en estas escuelas de verano son lúdicas pero con un fondo de «educación en valores y sobre diversidad y coeducación o participación», así como la promoción de un ocio alternativo en el que frente a las «maquinitas» se recuperan «juegos populares y en equipo». Teatro, pintura, miniparaolimpiadas para tomar consciencia de las dificultades que encuentran en su día a día las personas con discapacidad, taller de fruta para aprender a comer sano y jornadas en la piscina pública de Torreblanca son algunas de las actividades programadas. El responsable de Save the Children en Andalucía, Javier Cuenca, tiene claro que «en ocasiones, para estos niños, quedarse en casa es peor porque no tienen propuestas de ocio adecuadas o están deambulando por la calle que, según la zona en la que vivan, pueden estar expuestos a ciertos peligros». Son los servicios sociales comunitarios, dependientes del Ayuntamiento, quienes hacen una valoración de la situación familiar para seleccionar a los menores participantes, fundamentalmente según el nivel de renta aunque también se tienen en cuenta situaciones psicosociales. Save the Children exige un compromiso a las familias conscientes de que si la intervención no es global no sirve de nada. La mayoría de los participantes provienen de los programas que desarrolla la organización durante el curso escolar y Cuenca reconoce que la implicación de las familias va a más. «Al principio buscan la ayuda material, que les aseguremos una comida al día o el material escolar, pero cuando ven cómo evolucionan, que mejoran sus notas y su actitud de esfuerzo, se implican más». En San Pablo, Francisco, de 5 años, es el benjamín. Su hermana es una de las 50 afortunadas en Sevilla que, por sorteo, participa en un campamento externo de 15 días con otros 150 niños de Madrid, Valencia y Barcelona, que este año se desarrolla en la Sierra de Córdoba. Esperanza, de 13 años, no le quita ojo, siempre pendiente de él. «Suele pasar cuando se mezclan niños de varias edades, los mayores ellos mismos al verlos tan pequeños cuidan de ellos y ellos así también se sienten mayores», explica Isabel, psicóloga y junto a Yolanda, pedagoga, encargada del grupo de San Pablo. Esperanza es veterana en las escuelas de verano –el programa se realiza desde 2007– y al igual que Ainhoa, de 12 años, presume de haber aprobado todo y pasar este año a Secundaria. Tras el bocadillo del desayuno, toca taller de frutas –melón, kiwi y plátano que no gusta a todos, como a Adrián, pese a las divertidas formas en las que los cortan con unos moldes–. Es la primera semana y el grupo aún no tiene nombre. Se debaten entre Los Tutti Frutti y Los Diablos de Tierra, el claro favorito de Yan, de 10 años, que no obstante, reconoce que «lo vamos a decidir a votación por mayoría». Es la fórmula democrática, que también usan para decidir el orden de los juegos. Ese sistema que debería garantizar sus derechos.

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