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El otro acuario de Sevilla

El Pabellón de Mónaco de la antigua Expo sigue abierto al público para acoger este espacio, gestionado por Emasesa, que muestra la variedad de especies que viven en las aguas del Guadalquivir.

el 07 dic 2014 / 11:37 h.

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Acuario pabellon Monaco Las visitas escolares son muy frecuentes en el pabellón de Mónaco. / Inma Flores Existe aún un pabellón de la antigua Expo 92 donde se siguen viendo (dos veces al año, eso sí) esas laaaargas colas de entonces. Se trata del Pabellón de Mónaco, actual sede de Emasesa, que guarda en su interior el primigenio acuario que tuvo Sevilla. Actualmente, el espacio sigue acogiendo las mismas instalaciones, «pero con variaciones», comenta Ana Basanta, responsable de Ecología Acuática y Gestión Ambiental en el centro. «Ahora son carpas y barbos los que llenan el tanque por el que un día nadaba un tiburón». «Cuando acaba la Expo el Ayuntamiento y la Universidad mantienen negociaciones para mantener abierto el pabellón, que en principio era de los elementos efímeros que había que destruir», relata Basanta. «El compromiso para conseguirlo fue que el espacio debía estar dedicado a temas del agua, que era el leit motiv del país en la exposición». Por este motivo, la que una vez fue sede monegasca, acoge un centro de trabajo de Emasesa donde desarrollan labores de investigación y gestión 11 personas en dos áreas muy separadas «pero muy relacionadas»: la ecología acuática y la gestión ambiental. Además, los profesionales que trabajan desde hace 22 años en este espacio garantizan la conservación del primer acuario que tuvo Sevilla. «Actualmente acoge las especies que habitan el bajo Guadalquivir», afirma Basanta. Durante la Exposición Universal el tanque lo componían especies del Mediterráneo. «Hubo hasta un tiburón con un buzo que entraba y todo», rememora. «Desde el mismo año 1993 comenzamos a trabajar por cambiar las antiguas especies por las de agua dulce de nuestro río. Fue un proceso largo, de años, en los que Emasesa se encargó de la gestión y la Universidad de Sevilla del asesoramiento científico», comenta. A partir de 1997 empezaron las visitas, que están abiertas gratuitamente a todos los sevillanos, bajo petición, un par de veces al día. El recorrido, que tiene un fin principalmente educativo y divulgativo, se enmarca dentro del programa de Educación Ambiental desarrollado por el Ayuntamiento de Sevilla. El público de este centro es muy variado. «Vienen desde colegios con niños de tres años a institutos, asociaciones de vecinos o universitarios. Las visitas se adaptan al público que viene», dice Basanta, «normalmente las generales se realizan de la mano de otro grupo de trabajo y nosotros nos centramos en dar a conocer el centro y nuestro trabajo en él a científicos y expertos en la materia». En las piscinas de este acuario se ha conseguido recrear la flora y la fauna del Guadalquivir. «Las especies de nuestro río son menos llamativas que las marinas con colores, rayas, puntos... pero son nuestra riqueza ambiental», asegura la responsable de la Estación de ecología acuática. En sus pasadizos y túneles sumergidos está reflejado parte del fondo del río. «Quizá no es atractivo a nivel visual, pero tiene los peces necesarios para desarrollar una tarea ambiental». Y es que, recuerda Basanta, en esta sede de Emasesa, «queremos no sólo enseñar el río, si no que quienes vienen sepan cómo funciona, qué interés tiene, qué consecuencias tienen las actuaciones del hombre en el Guadalquivir (dragados, presas, embalses, pesca...)». «El río es como una ciudad sumergida», afirma Carmelo Escot, responsable de ecología acuática. «Igual que la ciudad, Sevilla, funciona gracias a muchos mecanismos y todos y cada uno de ellos son fundamentales para que todo marche, pues bajo el agua pasa igual. Es necesario que todo encaje para garantizar la conservación». En cuanto a las especies que pueblan las aguas bajas de nuestro río, muchas de ellas son introducidas y migradoras. «Las menos son las autóctonas, pero es lo normal», comenta Escot. «Los ríos son sistemas vivos, las especies van cambiando. Algunas autóctonas desaparecen, otras introducidas llevan tantos años que forman parte de nuestro ecosistema». Es el caso, por ejemplo, del famoso esturión, «por el que tanta gente nos pregunta cuando viene». El tiempo, la contaminación, la pesca, la acción del hombre ha hecho que, aunque hace años hasta se hacía caviar en Coria, lamentablemente no haya más esturiones en el Guadalquivir. «Fue en el año 1992 cuando se tiene constancia de que se pescara un ejemplar de esta especie por última vez en el Guadalquivir, así que la especie se da por desaparecida». De ahí la importancia del trabajo que se desarrolla en estos centros para la conservación de los ecosistemas. Aunque la variedad y el atractivo de los ejemplares de río no es tan amplia como en otras partes del mundo, en nuestras aguas hay bogas, salinetes, colminejas, truchas, barbos, albures o anguilas. Muchas de ellas pueden verse en la piscina central del acuario monegasco. Otras como el pez-sol o percasol, están en un tanque independiente pues se trata de una especie invasora y en peligro de extinción. Durante estos años, acumulan alguna que otra anécdota. «En alguna ocasión nos han traído un pez cogido en la dársena, muy parecido a una piraña, para preguntarnos de qué especie se trataba», dice Escot. Además, parte de la colección del acuario de la Cartuja se ha dotado de algunas especies gracias a un anónimo. Es el caso de las carpas de colores que hace tiempo nos trajo una persona que tenía un acuario y que se iba a deshacer de ellas. Aunque, advierten: «no podemos recoger todo lo que ya no quieran mantener los dueños de los acuarios». Una joya sumergida por descubrir en plena Cartuja de Sevilla.

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