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El pacificador de San Gregorio

El exhermano mayor del Buen Fin se ha convertido, sin pretenderlo, en el séptimo presidente en la historia del Consejo de Cofradías.

el 11 nov 2012 / 20:31 h.

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Jamás ambicionó puesto alguno ni mayor protagonismo que el que irremediablemente le ha terminado reportando su faceta como personaje público de Sevilla, pero a veces Dios escribe derecho con renglones torcidos. Es lo que tiene el encontrarse en el sitio apropiado en el momento justo. A este conocido empresario del sector inmobiliario le gustan los retos difíciles. Debe ser que tras ese rictus serio de secuaz de Pancho Villa se esconde un alma de pacificador o de casco azul de la ONU. Lo suyo en los últimos años ha sido aterrizar casi en paracaídas en instituciones que no atraviesan un buen momento para intentar apagar fuegos y reflotar su imagen. Primero en el Ateneo, donde en febrero del año pasado le invitaron a cubrir la baja dejada por la dimisión del abogado Francisco Baena Bocanegra como vicepresidente de la Hermandad de los Reyes Magos. Y ahora en el Consejo de Cofradías, donde la renuncia de otro abogado le ha aupado al primer escalón del podio de la actualidad local con una misión a cuestas harto compleja: la de sembrar la pax bourreliana en el seno de una institución en la que el Bueno, el Feo y el Malo se hubieran sentido como pez en el agua brindando uno de sus inolvidables duelos al sol por un puñado de votos (bang-bang).

Cuando el dimisionario Adolfo Arenas lo sondeó en 2008 para embarcarlo en unas inciertas elecciones al Consejo de Cofradías como segundo de a bordo de una lista que ni siquiera era la oficial, el ahora flamante presidente de la institución cofradiera y su antecesor apenas se conocían en las distancias cortas. Hombre conocido en Sevilla por sus actividades empresariales, Arenas se fijó en este afable y bien relacionado hombre de negocios por su brillante hoja de servicios como hermano mayor del Buen Fin, corporación en la que se inscribió atraído por el ingreso de sus hermanas en el coro del grupo joven. Pocos hermanos mayores pueden presumir de cuajar en un solo mandato, de 2004 a 2008, tan destacado palmarés: la coronación canónica de su dolorosa, la Virgen de la Palma (2005), la elección de su Crucificado para presidir el Viacrucis de las Cofradías (2008) y, de lo que se sabe más orgulloso, la ampliación de las dependencias del Centro de Estimulación Precoz Cristo del Buen Fin, un proyecto social encomiable bajo cuyo auspicio pasó de atender de 69 a 240 niños. Fue precisamente el reconocimiento a la "extraordinaria labor social" de este centro, espejo para muchas hermandades de Sevilla, el que llevó al Ateneo a premiarle con la corona del rey Melchor en la Cabalgata de 2009.

La candidatura de Arenas terminó imponiéndose sorpresivamente en aquellas elecciones de 2008, sentando a nuestro personaje en el cómodo sillón de vicepresidente del Consejo, un cargo casi decorativo que apenas le obligaba a cubrir la representación institucional del presidente allí donde la carencia del don de la ubicuidad le impedía llegar a éste.

Carlos Bourrellier (Sevilla, 1951) se las prometía felices, dispuesto a vivir un segundo y plácido mandato viendo los toros casi desde la barrera. Él era vicepresidente "sin derecho a sucesión", solía repetir. Pero las fracturas internas y las presiones ejercidas por un núcleo de consejeros de Penitencia dispuesto a imponer sus criterios y a mandar más que el presidente terminaron por dinamitar la convivencia en el seno de la institución. Arenas buscó que le echaran un salvavidas desde el Palacio Arzobispal, pero la Iglesia prefirió mirar para otro lado y hacer correr el escalafón.

Y ahí le tienen, convertido sin pretenderlo en el séptimo presidente seglar en la historia del Consejo y empeñado en llevar la paz donde antes hubo guerra. Cualidades y tesón no le faltan a este exdirector comercial del grupo Anaya al que la tempranera muerte de su padre le obligó muy joven a interrumpir sus estudios de comercio y a forjarse un futuro en las islas Canarias. Comendador Gran Plaza de la Orden de San Clemente -por si algún cargo le faltaba-, este vecino de la Alfalfa, padre de dos hijas y abuelo de tres nietos, es un hombre experto en aunar criterios a base de un ejercicio permanente de tolerancia, paciencia y bondad. Su estrella puede que brille menos que otras en el firmamento cofradiero, pero ahora su luz, sencilla y sin dobleces, puede ser la más válida y eficaz para recomponer la imagen de una institución que ha tocado fondo. Amante de los caballos, simpatizante del Betis por tradición familiar -dicen que en su juventud llegó a jugar en el Don Bosco, donde coincidió con Pablo Blanco- y experto nadador sobre las aguas del Mar Muerto -documentos gráficos hay que lo atestiguan-, a Bourrellier no se le conoce más hobbies que el de trabajar por lograr lo que se le mete entre ceja y ceja. Y ahora toca pacificar el Consejo. En su casa, María Antonia, no hay día que no rece el rosario por que se hagan realidad sus intenciones. Seguro que lo logra.

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